EN PRIMERA PERSONA

Un temblor eterno y aterrador: así he vivido los terremotos en mi apartamento de Caracas

Caracas —
25 de junio de 2026 18:03 h

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Estaba viendo una película en el ordenador el miércoles a última hora de la tarde. No recuerdo la hora exacta porque era fiesta nacional: el 205º aniversario de la batalla de Carabobo. De repente, el móvil empezó a mostrar unas líneas rojas, como de un electrocardiograma, y un mensaje: “Hubo un terremoto cerca de donde usted está. Muévase de lugar”.

Miré el teléfono varias veces, durante unos nanosegundos, y pensé: “Este celular ya empezó a echar vaina (se dañó, en criollo venezolano)”. Al instante todo empezó a temblar, cada vez con más fuerza. El movimiento no paraba y yo veía cómo se caían cuadros, adornos y espejos por todo el apartamento. Lo más impresionante era que las paredes se abrían con un rugido que venía de la tierra.

Mis gatas corrieron despavoridas a buscar refugio. Yo no sabía bien qué hacer y me metí bajo el marco de una puerta a esperar a que pasara lo que supuse que era un temblor. Pero fue infinito.

Cuando se detuvo el movimiento, corrí a la puerta y bajé. La mayoría de mis vecinos ya estaban en la calle, junto con los de otros edificios de alrededor. Todos tenían cara de angustia y de pavor, y se contaban entre sí qué hacían cuando ocurrió el terremoto.

No teníamos claro que habíamos vivido un terremoto, porque la información de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas nunca está al día (y por eso siempre es motivo de burla). Este miércoles publicó su reporte a las 21:00 horas y los terremotos habían sido a las 18:00.

Sin luz ni teléfono

Nuestra fuente oficial fue el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, por sus siglas en inglés). Por su página supimos que no había sido un terremoto, sino dos. ¡Dos! Y que el segundo, más fuerte que el primero, ocurrió 39 segundos después. Por eso todo el mundo tuvo esa sensación de un movimiento telúrico eterno.

El más potente, de 7,5, se produjo después del primero, de 7,2. El USGS explicó que ambos terremotos formaron un fenómeno llamado “doblete sísmico”. Los dos tuvieron su epicentro a menos de 30 kilómetros al sureste de la ciudad de Yumare, en el estado Yaracuy. Caracas está a unos 200 kilómetros al este de Yumare. Me duele imaginar lo que habrá pasado en esa ciudad.

Todo el mundo intentaba llamar o escribir a sus familiares y amigos en todo el país, pero era imposible: las operadoras de telefonía estaban caídas. Por las redes nos enteramos de que algunas zonas de Caracas, hacia el oeste, no había electricidad ni manera de comunicarse.

Vi los arañazos de cemento caído en casi todas las paredes. Una pared tenía un hueco tan grande que podías meter la mano hasta la muñeca

Entre las personas sin luz estaba mi gran amiga Ascensión Reyes. Periodista, como yo. La llamaba a cada rato, pero su móvil repicaba y ella no atendía. No le di rienda suelta a mi imaginación ,porque supuse que todo era un caos. Subí de nuevo a mi apartamento porque ahí sí tenía internet. Con el wifi traté de comunicarme con mi amiga y con mis hermanos. El que vive en Argentina donde me llamaba sin parar; el de Inglaterra dormía, y lo desperté. “¿Pasó algo?”, me escribió, ya alarmado. Al segundo lo llamé:

—Coño, claro. Hubo un terremoto en Caracas…

Calló un segundo y luego me interrogó. Después me pidió que me fuera del apartamento, que tuviera cuidado con las réplicas y que buscara un refugio. Me entró un ataque de risa y de ternura. Cómo se nota que lleva más de 20 años fuera. No he visto un refugio en Caracas jamás y por mi barrio no había pasado ni por casualidad un policía a orientar a la gente del barrio.

—Estamos a la deriva. Qué refugio ni qué coño. A mí lo único que me preocupa es Frida, mi gatita. No la encuentro por ningún lado.

Los daños en las viviendas y las réplicas continuas llevaron a muchos caraqueños a dormir a la intemperie, ante la falta de refugios para quienes se quedaron sin techo. Hasta ahora van más de 30 réplicas.

Seguí llamando a mi amiga y me metí en todos los chats de periodistas para informarme de algo, aunque fuese de boca en boca o por vídeos caseros. Ya eran pasadas las 19:00 horas y el Gobierno seguía en silencio, sin decir nada de lo que pasaba. Las redes orientaron a la ciudadanía y a los corresponsales que no encontraban información oficial.

Por vídeos que circulaban por los chats vi un edificio que se derrumbó en Altamira y otro con daños graves. También vi un directo de Instagram de Gustavo Duque, el alcalde del municipio Chacao, una zona sísmica, que con un megáfono arreaba a los vecinos hacia dos refugios improvisados para evitar más tragedias. En ese momento, un periodista le preguntó si había víctimas mortales y el alcalde contestó que habían salvado 18 vidas. Y que esperaban salvar más. Todo el que lo escuchó entendió: había muertos, pero él estaba desesperado por encontrar y rescatar heridos.

Arrimar el hombro

Yo seguía sin encontrar a la gatita, así que me puse a recorrer el apartamento. Allí vi los arañazos de cemento caído en casi todas las paredes. Una pared tenía un hueco tan grande que podías meter la mano hasta la muñeca.

El ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello, pedía a la gente que saliera de sus edificios y buscara refugio. ¿Dónde? ¿Dónde guarecerse con el apoyo de alguna autoridad?

Cuando empecé a ver los daños en mi casa, pensaba: ¿cómo voy a recuperar esto? Luego encendí la compu y vi las noticias internacionales sobre Venezuela, las galerías de fotos, el vídeo del hundimiento de una parte del aeropuerto internacional de Maiquetía y los edificios desplomados en un barrio muy cercano al mío. Entonces mi angustia por el apartamento se disipó. Estaba sin aliento, viendo el horror que puede causar la naturaleza, pero estaba viva, con el apartamento maltrecho y sin haber perdido a nadie de mi entorno. He tenido suerte.

Ya cerca de las 21:00 horas, el ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello, informó en la televisión estatal (VTV) lo que ya todo el mundo en Venezuela sabía y medio país había vivido: dos terremotos. Le pedía a la gente que saliera de sus edificios y buscara refugio. ¿Dónde? ¿Dónde guarecerse con el apoyo de alguna autoridad?

En uno de los libros donde recorre medio mundo, el escritor argentino Martín Caparrós dice que la pobreza también se mide por cómo los países se preparan para encarar los fenómenos naturales. Dejé de ver las noticias a las 22:00, cuando la presidenta, Delcy Rodríguez, informó, de nuevo por el canal estatal, de que había 32 muertos y cientos de heridos, que en algunos lugares no había electricidad y que se habían hecho cortes preventivos de gas directo. Rodríguez declaró el estado de emergencia en el país y suspendió las clases, el metro y los trenes, y todos los servicios no esenciales.

A eso de las 5:00 de la mañana sentí que me miraban. Abrí los ojos y era Frida, mi gatita, que me había ido a despertar. La besé, la acaricié y pensé: todo está bien. Monté el café y encendí la compu: decenas de fallecidos y cientos de heridos (188 y 1.520, según el último balance oficial). El Gobierno está recibiendo ayuda de distintos países y creó un fondo de emergencia de 200 millones de dólares. Las redes de solidaridad se han activado y todo el mundo está aportando alimentos, agua y mantas para los heridos.

Mientras termino este texto, siguen las réplicas y se me caen las lágrimas, aunque me niego a llorar. Un amigo creó una app para registrar a las personas desaparecidas y se la estoy pasando a todos mis conocidos. Ahora solo toca arrimar el hombro y seguir.