Cómo una promesa a medias de la OTAN alimentó la crisis de Ucrania

Dan Sabbagh

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Ya han pasado más de 13 años desde la cumbre de la OTAN en Bucarest, donde se acordó que los antiguos Estados soviéticos de Ucrania y Georgia se convertirían en miembros de la alianza occidental. Pero, en muchos sentidos, la actual crisis por Ucrania deriva del legado de esa reunión de abril de 2008 –la última del bloque a la que asistió Vladimir Putin–.

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George W. Bush llegó con una mentalidad expansionista y con la idea de dejar atrás la Guerra Fría y presionó para que Ucrania y Georgia recibieran una hoja de ruta para conseguir el acceso a la OTAN. Semejante plan permitiría a ambos países seguir el camino de otros Estados del antiguo bloque del Este a los que se les permitió unirse a la alianza defensiva a partir de 1999.

Putin, sin embargo, se dirigió a los líderes reunidos al comienzo de la cumbre y describió la estrategia como una “amenaza directa” a la seguridad rusa. “Recuerdo que dijo claramente a Angela Merkel y a Bush: ‘Para mí Ucrania no es realmente un país’”, dice Jamie Shea, que pasó 38 años trabajando en la OTAN.

El lenguaje utilizado por Putin ayudó a producir una retirada parcial de la alianza atlántica, así como un equilibrio problemático.

“Hubo una negociación feroz con Merkel y Nicolas Sarkozy [el entonces presidente de Francia] y el resultado fue que le ofrecerían la membresía a Ucrania en el futuro pero no habría un plan de acción para lograrlo, ni una fecha fija para su ingreso a la OTAN”, dice Shea.

El resultado fue que el problema persistió y la OTAN y sus miembros no se comprometieron con Ucrania. “Yo estuve allí”, dijo Jens Stoltenberg, el secretario general de la OTAN, en una aparición ante la prensa con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, la semana pasada. “Seguimos sosteniendo esa decisión”.

Pero la promesa a medias continúa siendo una herida abierta para el líder ruso, obsesionado por la larga historia común previa a 1991 en la que ambos países eran uno solo. “Estoy convencido de que la verdadera soberanía de Ucrania solo es posible con la colaboración de Rusia”, escribió Putin en un ensayo histórico publicado por el Kremlin en julio. “Porque somos un único pueblo”.

Durante la crisis de este invierno, Rusia ha desplegado aproximadamente 100.000 tropas al norte, este y sur de Ucrania, despertando el temor entre los aliados de la OTAN a una invasión y un conflicto “en una escala no vista desde la Segunda Guerra Mundial”, según señaló el nuevo líder de las fuerzas armadas británicas, el almirante Sir Tony Radakin. Sin embargo, durante la semana pasada, el Kremlin ha virado hacia una serie de demandas diplomáticas.

Rusia presentó el borrador de un tratado de seguridad a EEUU antes de hacerlo público. Sus cláusulas dicen que EEUU deberá evitar que Ucrania, Georgia y otros antiguos Estados soviéticos se unan a la OTAN. También insisten en que EEUU no deberá construir bases militares ni involucrarse siquiera en “cooperación militar bilateral” con Ucrania ni cualquier otro antiguo Estado soviético que no sea miembro de la OTAN –un intento por establecer una esfera de influencia rusa claramente demarcada–.

Semejante idea es evidentemente polémica, en especial para Europa del Este, donde sobrevive la memoria de la dominación comunista. “Los dos borradores de tratados propuestos por Rusia el 17 de diciembre describen la configuración de una Europa de dos niveles –una tendría el derecho a defenderse del avance ruso, mientras que la otra tendría que aceptar la supremacía de Rusia como una nueva realidad geopolítica–”, escribió Orysia Lustevych, analista del think tank Chatham House, en una publicación reciente.

Otros expertos sostienen que la OTAN padece de un exceso de confianza. Joshua Shifrinson, profesor asociado de Relaciones Internacionales de la Universidad de Boston, dice que EEUU y Occidente “han perdido sensibilidad por las preocupaciones rusas ante el avance de las relaciones posteriores a la Guerra Fría”, perdiendo perspectiva sobre los intereses vitales del Kremlin.

“Rusia no quiere la presencia de otras agrupaciones políticas cerca de sus tierras. Eso no es difícil de comprender. Imagine si China estableciera una alianza con Canadá. Los Estados poderosos no quieren que otros poderes conformen alianzas cerca de sus fronteras”, dice.

Shifrinson, historiador de formación, dice que hacia el final de la Guerra Fría los estrategas estadounidenses y alemanes habían dado “señales muy claras” de que la OTAN no se ampliaría hacia el Este si permitían la reunificación de Alemania. Pero el compromiso con esa esfera de influencia se abandonó rápidamente en la década de 1990 y comienzos de los 2000, cuando Rusia luchaba por ser un país independiente y un grupo de países del bloque del este se unía a la OTAN y la UE.

Los críticos con esta visión sostienen que, a lo sumo, el apoyo que la OTAN ha brindado a Ucrania es demasiado sutil. “La falta de acciones resolutivas en el pasado le ha enseñado a Rusia que puede precipitar o detener una crisis cuando quiera”, dice William Alberque, un extrabajador de la OTAN y ahora director del think tank International Institute for Strategic Studies. “Rusia tiene todo el impulso en la crisis actual”, agrega, mientras EEUU y la OTAN han acordado reunirse con los diplomáticos del Kremlin el 10 de enero.

Ucrania ya ha tenido que soportar la guerra de 2014, cuando Rusia ocupó Crimea y ayudó a crear una crisis que dejó a la región oriental de Dombás bajo el control de los separatistas, donde un conflicto irresuelto de baja intensidad se ha cobrado la vida de aproximadamente 14.000 personas. Los aliados de la OTAN han respondido con un apoyo militar constante pero modesto desde 2014.

Cerca de cien entrenadores militares de Estados Unidos están estacionados en el oeste del país, muy lejos del frente de batalla. Washington ha proporcionado 2.500 millones de dólares en asistencia militar, incluyendo misiles Javelin antitanque, desde que Rusia ocupó Crimea como parte de una estrategia gradual para modernizar las fuerzas de Kiev y un paso previo en el camino de Ucrania hacia la pertenencia a la OTAN.

Para el Kremlin ha sido más irritante la compra de Kiev de al menos seis drones TB2 de Turquía, cuya efectividad contra el blindaje de fabricación rusa quedó demostrada en la breve guerra de Nagorno-Karabaj del año pasado, cuando Azerbaiyán los empleó contra Armenia. El despliegue de los drones fue “una provocación”, le dijo Putin a su contraparte turco, Recep Tayyip Erdoğan, en una llamada telefónica a comienzos de diciembre.

La OTAN ha destacado repetidas veces que no representa una amenaza militar para Rusia. A comienzos de este mes, por ejemplo, el secretario de defensa del Reino Unido, Ben Wallace, dijo que es “altamente improbable” que se enviaran tropas occidentales para defender Ucrania en caso de ataque.

Pero Shifrinson dice que, aun si Occidente cree que avanza con moderación, debería comprender mejor cómo son percibidas sus acciones. “Moscú comprende que Ucrania no se está armando hasta los dientes, ni quedará aferrada a Occidente mañana, pero a la vez se pregunta qué rumbo tomará Ucrania en el futuro”.

Traducción de Ignacio Rial-Schies

Ya han pasado más de 13 años desde la cumbre de la OTAN en Bucarest, donde se acordó que los antiguos Estados soviéticos de Ucrania y Georgia se convertirían en miembros de la alianza occidental. Pero, en muchos sentidos, la actual crisis por Ucrania deriva del legado de esa reunión de abril de 2008 –la última del bloque a la que asistió Vladimir Putin–.

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George W. Bush llegó con una mentalidad expansionista y con la idea de dejar atrás la Guerra Fría y presionó para que Ucrania y Georgia recibieran una hoja de ruta para conseguir el acceso a la OTAN. Semejante plan permitiría a ambos países seguir el camino de otros Estados del antiguo bloque del Este a los que se les permitió unirse a la alianza defensiva a partir de 1999.

Putin, sin embargo, se dirigió a los líderes reunidos al comienzo de la cumbre y describió la estrategia como una “amenaza directa” a la seguridad rusa. “Recuerdo que dijo claramente a Angela Merkel y a Bush: ‘Para mí Ucrania no es realmente un país’”, dice Jamie Shea, que pasó 38 años trabajando en la OTAN.

El lenguaje utilizado por Putin ayudó a producir una retirada parcial de la alianza atlántica, así como un equilibrio problemático.

“Hubo una negociación feroz con Merkel y Nicolas Sarkozy [el entonces presidente de Francia] y el resultado fue que le ofrecerían la membresía a Ucrania en el futuro pero no habría un plan de acción para lograrlo, ni una fecha fija para su ingreso a la OTAN”, dice Shea.

El resultado fue que el problema persistió y la OTAN y sus miembros no se comprometieron con Ucrania. “Yo estuve allí”, dijo Jens Stoltenberg, el secretario general de la OTAN, en una aparición ante la prensa con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, la semana pasada. “Seguimos sosteniendo esa decisión”.

Pero la promesa a medias continúa siendo una herida abierta para el líder ruso, obsesionado por la larga historia común previa a 1991 en la que ambos países eran uno solo. “Estoy convencido de que la verdadera soberanía de Ucrania solo es posible con la colaboración de Rusia”, escribió Putin en un ensayo histórico publicado por el Kremlin en julio. “Porque somos un único pueblo”.

Durante la crisis de este invierno, Rusia ha desplegado aproximadamente 100.000 tropas al norte, este y sur de Ucrania, despertando el temor entre los aliados de la OTAN a una invasión y un conflicto “en una escala no vista desde la Segunda Guerra Mundial”, según señaló el nuevo líder de las fuerzas armadas británicas, el almirante Sir Tony Radakin. Sin embargo, durante la semana pasada, el Kremlin ha virado hacia una serie de demandas diplomáticas.

Rusia presentó el borrador de un tratado de seguridad a EEUU antes de hacerlo público. Sus cláusulas dicen que EEUU deberá evitar que Ucrania, Georgia y otros antiguos Estados soviéticos se unan a la OTAN. También insisten en que EEUU no deberá construir bases militares ni involucrarse siquiera en “cooperación militar bilateral” con Ucrania ni cualquier otro antiguo Estado soviético que no sea miembro de la OTAN –un intento por establecer una esfera de influencia rusa claramente demarcada–.

Semejante idea es evidentemente polémica, en especial para Europa del Este, donde sobrevive la memoria de la dominación comunista. “Los dos borradores de tratados propuestos por Rusia el 17 de diciembre describen la configuración de una Europa de dos niveles –una tendría el derecho a defenderse del avance ruso, mientras que la otra tendría que aceptar la supremacía de Rusia como una nueva realidad geopolítica–”, escribió Orysia Lustevych, analista del think tank Chatham House, en una publicación reciente.

Otros expertos sostienen que la OTAN padece de un exceso de confianza. Joshua Shifrinson, profesor asociado de Relaciones Internacionales de la Universidad de Boston, dice que EEUU y Occidente “han perdido sensibilidad por las preocupaciones rusas ante el avance de las relaciones posteriores a la Guerra Fría”, perdiendo perspectiva sobre los intereses vitales del Kremlin.

“Rusia no quiere la presencia de otras agrupaciones políticas cerca de sus tierras. Eso no es difícil de comprender. Imagine si China estableciera una alianza con Canadá. Los Estados poderosos no quieren que otros poderes conformen alianzas cerca de sus fronteras”, dice.

Shifrinson, historiador de formación, dice que hacia el final de la Guerra Fría los estrategas estadounidenses y alemanes habían dado “señales muy claras” de que la OTAN no se ampliaría hacia el Este si permitían la reunificación de Alemania. Pero el compromiso con esa esfera de influencia se abandonó rápidamente en la década de 1990 y comienzos de los 2000, cuando Rusia luchaba por ser un país independiente y un grupo de países del bloque del este se unía a la OTAN y la UE.

Los críticos con esta visión sostienen que, a lo sumo, el apoyo que la OTAN ha brindado a Ucrania es demasiado sutil. “La falta de acciones resolutivas en el pasado le ha enseñado a Rusia que puede precipitar o detener una crisis cuando quiera”, dice William Alberque, un extrabajador de la OTAN y ahora director del think tank International Institute for Strategic Studies. “Rusia tiene todo el impulso en la crisis actual”, agrega, mientras EEUU y la OTAN han acordado reunirse con los diplomáticos del Kremlin el 10 de enero.

Ucrania ya ha tenido que soportar la guerra de 2014, cuando Rusia ocupó Crimea y ayudó a crear una crisis que dejó a la región oriental de Dombás bajo el control de los separatistas, donde un conflicto irresuelto de baja intensidad se ha cobrado la vida de aproximadamente 14.000 personas. Los aliados de la OTAN han respondido con un apoyo militar constante pero modesto desde 2014.

Cerca de cien entrenadores militares de Estados Unidos están estacionados en el oeste del país, muy lejos del frente de batalla. Washington ha proporcionado 2.500 millones de dólares en asistencia militar, incluyendo misiles Javelin antitanque, desde que Rusia ocupó Crimea como parte de una estrategia gradual para modernizar las fuerzas de Kiev y un paso previo en el camino de Ucrania hacia la pertenencia a la OTAN.

Para el Kremlin ha sido más irritante la compra de Kiev de al menos seis drones TB2 de Turquía, cuya efectividad contra el blindaje de fabricación rusa quedó demostrada en la breve guerra de Nagorno-Karabaj del año pasado, cuando Azerbaiyán los empleó contra Armenia. El despliegue de los drones fue “una provocación”, le dijo Putin a su contraparte turco, Recep Tayyip Erdoğan, en una llamada telefónica a comienzos de diciembre.

La OTAN ha destacado repetidas veces que no representa una amenaza militar para Rusia. A comienzos de este mes, por ejemplo, el secretario de defensa del Reino Unido, Ben Wallace, dijo que es “altamente improbable” que se enviaran tropas occidentales para defender Ucrania en caso de ataque.

Pero Shifrinson dice que, aun si Occidente cree que avanza con moderación, debería comprender mejor cómo son percibidas sus acciones. “Moscú comprende que Ucrania no se está armando hasta los dientes, ni quedará aferrada a Occidente mañana, pero a la vez se pregunta qué rumbo tomará Ucrania en el futuro”.

Traducción de Ignacio Rial-Schies

Ya han pasado más de 13 años desde la cumbre de la OTAN en Bucarest, donde se acordó que los antiguos Estados soviéticos de Ucrania y Georgia se convertirían en miembros de la alianza occidental. Pero, en muchos sentidos, la actual crisis por Ucrania deriva del legado de esa reunión de abril de 2008 –la última del bloque a la que asistió Vladimir Putin–.

La UE se reivindica ante Biden y Putin: "No puede hablarse de Europa sin Europa"

Saber más

George W. Bush llegó con una mentalidad expansionista y con la idea de dejar atrás la Guerra Fría y presionó para que Ucrania y Georgia recibieran una hoja de ruta para conseguir el acceso a la OTAN. Semejante plan permitiría a ambos países seguir el camino de otros Estados del antiguo bloque del Este a los que se les permitió unirse a la alianza defensiva a partir de 1999.