Viaje al corazón obrero de Brasil: declive industrial, repartidores y tensión electoral en la cuna sindical de Lula

Bernardo Gutiérrez

São Bernardo do Campo (São Paulo) —
29 de septiembre de 2026 22:31 h

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Leandro Urbino nunca imaginó que una pandemia obligaría a cerrar Giulia Festas, su tienda de productos para celebraciones infantiles, en su momento dorado. Pero, en 2020, dejaron de celebrarse cumpleaños y tuvo que despedir a sus 18 empleados. Con 37 años y un bebé recién nacido, empezó a ofrecer servicios de transporte y reparto en coche a través de la plataforma Uber en São Bernardo do Campo, la ciudad del área metropolitana de São Paulo de 850.000 habitantes donde el presidente Lula da Silva fraguó su carrera sindical y política. Tras perder el automóvil, Leandro alquiló una moto para seguir con los repartos. “El mínimo es 7,5 reales por entrega (1,2 euros). Tengo que hacer 35 al día. Los sindicatos no hacen nada. Hay que acabar con ellos”, carga.

La opinión de Urbino sobre el Gobierno de Lula es nefasta: “No hizo nada por nosotros”. Critica el proyecto Move Brasil del Ejecutivo, una línea de crédito para comprar coches, porque apenas “retrasa la deuda”. Tampoco valora el espacio Parada Certa (segura) donde descansa, equipado con baños, cocina y televisión, que el Gobierno lanzó para ayudar a los motoboys (repartidores) y conductores que trabajan a través de la aplicación. Leandro elogia al expresidente Jair Bolsonaro. “Nos dejó trabajar durante el confinamiento”, alega. Votará a su hijo, Flávio Bolsonaro, en las elecciones presidenciales, cuya primera vuelta se celebra el próximo domingo. Cree que es “el menos malo de los candidatos”. 

A un kilómetro de la Parada Certa, Wellington Damasceno, presidente del Sindicato dos Metalúrgicos do ABC, que Lula lideró entre 1975 y 1981, reflexiona sobre el mercado laboral. “No supimos dialogar con los nuevos trabajadores de las aplicaciones. Criticamos la precarización de esas plataformas, sin entender que muchos prefieren eso a trabajar 44 horas semanales, con la presión del jefe”, afirma. Damasceno, de 41 años, cree que los sindicatos y la izquierda tienen que dar respuesta a una gran transición.

Porque quienes teletrabajan apenas pisan las oficinas, los autónomos son precarios y el propio sindicato, que contaba con 115.000 afiliados en 2011, tiene hoy 73.000. El cierre de la fábrica de Ford aún pasa factura. “El problema es que los niños quieren ser youtubers o influencers. Los jóvenes que entran en el mercado laboral crecieron con smartphones. Quieren ser emprendedores, y la extrema derecha controla esa narrativa”, asegura.

El proceso de desindustrialización modificó la región. Hoy, mucha gente trabaja en São Paulo. El movimiento sindical perdió fuerza. Con la crisis del 'lulismo' después de 2015, el PT se debilita en la región y el antipetismo se consolida en los sectores conservadores

Damasceno está preocupado por el debilitamiento de la izquierda en las siete ciudades del ABC Paulista (las siglas del abecedario vienen de los nombres de las tres urbes originales de la conurbación: Santo André, São Bernardo do Campo y São Caetano do Sul). Con sus 2,8 millones de habitantes, sigue siendo una de las áreas más industrializadas de América Latina (industria automovilística, aeronáutica y siderúrgica, principalmente).

En la segunda vuelta de 2002, Lula conquistó el 60,1% de los votos válidos en São Bernardo do Campo. En 2022, el 53,83%. En las siete ciudades del ABC, Lula tuvo el 51,97%. Para Damasceno, las elecciones de 2026 son cruciales, porque “con la excepción de Lula, el resto de candidatos quiere desmontar el sistema de protección social”. ¿Conseguirá Flávio Bolsonaro arañar votos en la cuna política de Lula, donde arrancó la campaña de 2026 con el lema “Donde todo comenzó”?

‘Bolsonarismo’ a pie de calle

El despacho de Nina Braga, concejala del Partido Liberal (PL) de la cámara municipal de São Bernardo do Campo, está forrado con carteles contra Lula (“Lula ladrón”). Ana y José, dos asesores de Braga, comentan que el voto bolsonarista es transversal. “Yo vengo de la favela, y la periferia ya no es petista (que apoya al Partido de los Trabajadores, PT)”, argumenta José. Nina Braga, que no atendió a este medio, es una de los tres concejales del partido de Flávio Bolsonaro de un pleno donde apenas cuatro de los 21 son progresistas.

Desde 2016, tras cuatro mandatos de izquierda, la derecha gobierna São Bernardo. En las elecciones municipales de 2024, el PT ni pasó al segundo turno. En el ABC, el PT solo gobierna Mauá. La extrema derecha gestiona dos ciudades. Los partidos del centrão (gran centro), inclinados a la derecha, el resto. “El proceso de desindustrialización modificó el ABC. Hoy, mucha gente trabaja en São Paulo. El movimiento sindical perdió fuerza. Con la crisis del lulismo después de 2015, el PT se debilita en la región y el antipetismo se consolida en los sectores conservadores”, asegura a elDiario.es Cláudio Penteado, doctor en ciencias políticas y profesor de la Universidad Federal del ABC (UFABC). 

¿Hasta qué punto el bolsonarismo es transversal en el cinturón industrial de São Paulo? Marcelo Ferreira, de 45 años, dueño de Bernô Automotive, una tienda de piezas mecánicas, confiesa que votó a Jair Bolsonaro tras saber, dice, que la diputada petista Éryka Kokay “incentivaba el incesto familiar”, algo falso. Cita como supuesta prueba un vídeo del pastor evangélico Silas Malafaia, bolsonarista radical. Marcelo, cuyo padre fue asesinado, apoya a Flávio. Quiere mano dura contra la delincuencia. Por su parte, Anderson Pedrosa, de 32 años, trabajador de una gasolinera, despotrica contra Lula. “Todo está caro, y la izquierda no para de robar. Bolsonaro lo intentó, pero le metieron preso”, opina.

Ambos encajan con el perfil que, según la empresa de encuestas Datafolha, apoya más a Flávio Bolsonaro: hombre entre 25 y 44 años. Marcelo, que tenía 37 años cuando votó a Jair Bolsonaro, confiesa que antes “no le interesaba la política”. Esa generación, según explican los periodistas José Roberto de Toledo y Thais Bilenky en el pódcast A hora, es mucho más crítica con Lula, más antipetista, tiende más a Flávio, y no porque les guste (el 53% votaría al candidato de la ultraderecha, frente al 37% proclive al presidente).

Autocrítica del PT

En la puerta de la sede del PT de São Bernardo do Campo —construida en 1979, cuando el partido aún era ilegal— un motoboy pasa gritando: “Lula ladrón”. “Asociar la corrupción a Lula es como un tatuaje en la piel de Brasil”, afirma con resignación Dircéu Marcos, de 63 años, afiliado al partido desde 1983. Confiesa que el bolsonarismo le resulta inexplicable: “El Gobierno Bolsonaro fue un desastre económico, político, social, humano. Negó las vacunas en la pandemia”.

Dirceu salió de la favela Alves Dias en el año 2000, cuando empezó a trabajar como metalúrgico. A los 40 años, durante el primer mandato de Lula, estudió sociología. En 2010, tenía ya dos posgrados. Opina que la izquierda ha perdido la calle: “Antiguamente, salíamos, debatíamos, conversábamos con las personas”. Cita las comunidades eclesiásticas de base, vinculadas a la teología de la liberación, claves en la fundación del PT. “Hoy vas a una iglesia católica y estás todo el rato de pie. Nadie te abraza ni te acoge. La acogida está en las iglesias evangélicas”, asegura.

Somos la categoría más jodida, nadie nos mira

En la parte trasera de la iglesia de la Matriz, María Aparecida da Costa, Dona Cida, de 81 años, una figura histórica de la Pastoral Obrera, recuerda que, durante las huelgas de Lula, el obispo protegía a los trabajadores de los militares. Hablando en susurros, Dona Cida culpa a las iglesias evangélicas pentecostales del antipetismo creciente de las periferias. “Usan la Biblia para alienar al pueblo. En 2018, les hicieron creer que Jair Bolsonaro era un hombre de Dios. No lo es. Predica la violencia. Flávio debería estar en la cárcel”, asegura. En la sede del Sindicato de Metalúrgicos do ABC, Nelson Campagnolo —87 años, figura clave en las huelgas históricas y amigo personal de Lula— confiesa que si pudiera, “iría a la puerta de la fábrica a conversar y reunir a la juventud”, pero nadie lo hace porque “todo ocurre dentro del teléfono móvil”.

'Motoboys' furiosos 

A 200 metros del sindicato, algunos motoboys charlan. Miran constantemente a sus móviles. Algunos salen disparados sin despedirse. Hablan con recelo. Incluso con rabia. De repente, pasa un repartidor en bicicleta, con una bandera gigante de Brasil. “Somos la categoría más jodida, nadie nos mira”, dice uno. “Los políticos son todos iguales”, argumenta otro. Cleiton Silva, el único que revela su nombre, critica a los sindicatos.

El ensayo colectivo Incêndio. Trabalho e revolta no fim de linha brasileiro (2022) analiza cómo la extrema derecha se aprovecha de la volatilidad organizacional de los trabajadores de las aplicaciones. “Los grupos de WhatsApp desaparecen tras cada movilización, los trabajadores se reúnen y se dispersan, la base se disuelve cuando la acción declina”, señala uno de sus fragmentos. El sindicato del gremio SindiMoto del ABC no respondió a este medio.

Los perfiles en redes sociales de Repartidores Antifascistas, que surgieron durante la pandemia, están inactivos. “Los trabajadores de las aplicaciones compran el sueño del espíritu emprendedor y se desplazan a la derecha. Este precariado, formado por hombres jóvenes y de mediana edad, se alía con la extrema derecha. En lugar de tener consciencia de clase, tiene un resentimiento contra los derechos sociales”, asegura Cláudio Penteado.

Por el contrario, Valter Pomar, profesor de economía política de la UFABC, histórico militante petista, sostiene que los trabajadores más pobres siguen votando mayoritariamente a Lula. “El problema de la izquierda es de discurso, de línea política, de trabajo organizativo”, matiza. Cuando se le pregunta por los trabajadores de las aplicaciones, se enfada: “¿Estás intentando convencerme?”. Y argumenta que “en regiones izquierdistas, los conductores de Uber son de izquierda”. Cierra la conversación de WhatsApp con un sticker de Fidel Castro.

El problema de la izquierda es de discurso, de línea política, de trabajo organizativo

Rumbo a la plaza da Matriz, donde Lula celebró su último mitin electoral antes de las elecciones de 2002, el conductor de UBER Alexandre, de unos 60 años, revela que su ídolo es Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Le gusta su mano dura. “No soy bolsonarista, pero votaré a Flávio. Necesitamos colocar el Congreso dentro de una gran prisión”, argumenta Alexandre, a quien despidieron de un banco en 2011.

En la plaza, Brena Novais, de 18 años, está sentada en una mesita del PT, un reducto rojo en una ciudad tomada por propaganda de candidatos conservadores. Afirma que jamás repartiría propaganda de Bolsonaro. Votará a Lula, como el 62% de las mujeres de entre 16 y 24 años (frente a un 30% de los hombres de esa edad) –según los cálculos de José Roberto de Toledo y Thais Bilenky–.

A unos 50 metros, Isabel de Deus, una mujer de 69 años que vende ropa critica a la clase política. Poco a poco, elogia tímidamente a Lula. Si en 2022, Lula ganó en el ABC gracias al “voto izquierdista y al voto de rechazo a la gestión de Bolsonaro”, según Claudio Penteado, la clave de 2026 podría estar en el voto femenino. El 44% de las mujeres muestra su preferencia por Lula en el primer turno, según la encuestadora Quaest frente al 37% que prefiere a Bolsonaro. Según Atlas/Bloomberg, el resultado nacional está muy disputado: el 45,3% para Lula y el 42,2% para Flávio en primera vuelta, pero empate técnico en la segunda. María de Jesús justifica su apoyo a Lula hablando mal del heredero de Bolsonaro con preguntas: “¿Acaso su padre no está preso? ¿No destrozaron Brasilia el 8 de enero de 2023? ¿No intentaron dar un golpe de Estado?”.