De cárcel de Yeserías a centro de inserción social Victoria Kent: la transformación de la última prisión franquista en Madrid
Cuando uno pasea por la calle Juan de Vera, en el madrileño barrio de Arganzuela, pocas cosas son las que le ayudan a conocer lo que sucedió, y todavía ocurre, tras esos muros. El actual centro de inserción social (CIS) Victoria Kent, antigua cárcel de Yeserías, alberga en su arquitectura neomudéjar casi un siglo de historia entre sus pabellones y antiguas celdas. De infraestructura algo deteriorada, a día de hoy los internos gozan de un régimen de semilibertad que les permite estar fuera del centro hasta 16 horas al día. A pesar de ser de los pocos enclaves utilizados por el franquismo para recluir a los y las disidentes que sigue en pie en la capital, desde el Gobierno central todavía no lo han declarado Lugar de Memoria Democrática.
Llamada así por ubicarse en una zona industrial en la que se trabajaba el yeso, la construcción erigida por el Ayuntamiento de Madrid en torno a 1928 tenía como destino ser un asilo de mendigos. De ella sobresalen seis pabellones en forma de ‘H’ con largos brazos dispuestos en parejas y paralelos a la calle Juana Doña que son de doble altura, con cubiertas inclinadas de teja curva. Entre los pabellones quedan espacios libres en forma de calle que se denominaban “patios”. En la segunda planta, los pabellones se conectan a través de un eje longitudinal, en forma de puente, sobre estos patios. Existe también un último pabellón, con un solo brazo, más corto que los anteriores.
El comienzo de la Guerra Civil tras el fracaso del golpe de Estado de julio de 1936 hizo que el asilo tuviera diversas funciones, entre ellas centro de detención y hospital, esta última a partir de 1938. En 1941, el centro comenzó a llamarse prisión de Yeserías. A ella arribaban únicamente hombres hasta que se cerró la cárcel de Ventas, cuando también empezaron a entrar mujeres. Tendrían que pasar varias décadas hasta que en 1971 la prisión fuera considerada femenina en exclusiva. Justos 20 años después se cerró y, ya en 1994, volvió a abrir sus puertas como CIS Victoria Kent.
Lo primero que me dijo un guardia civil es que menuda pinta traíamos las rojas. Yo había estado una semana en la Dirección General de Seguridad, torturada, sin poder lavarme, con el vestido descosido
Los recuerdos franquistas
Una vez que se abre la primera puerta, se cruza un pequeño aparcamiento y se supera el control de seguridad, un pequeño jardín con floridos arbustos y cuidado césped da la bienvenida al visitante. Lo primero que se observa, un cartel con el artículo de la Constitución Española que garantiza que las penas de prisión y las medidas de seguridad deben orientarse fundamentalmente hacia la reeducación y reinserción social.
El día en que Rosa García Alcón ingresó en Yeserías no existía ese jardín, y mucho menos ese precepto constitucional. Detenida el 24 de agosto de 1975 y trasladada a la prisión el 1 de septiembre, esta militante de la Federación Universitaria Democrática de España, ligada al FRAP, recuerda cómo empezaba a anochecer cuando ingresó en la cárcel. “Lo primero que me dijo un guardia civil es que menuda pinta traíamos las rojas. Yo había estado una semana en la Dirección General de Seguridad, torturada, sin poder lavarme, con el vestido descosido”, rememora.
El médico de la prisión se negó a poner en el informe que García Alcón presentaba numerosos hematomas en el cuerpo y un dislocamiento en el pie izquierdo. “Llegué a la sección de políticas y ahí estaban mis compañeras. Me recibieron, me apoyaron mucho, me dieron ropa y me escucharon. A partir de entonces, la estancia no fue tan dura, porque éramos muchas”, explica la actual militante de la asociación de presos y presas represaliadas por el franquismo La Comuna.
El nombre de esta organización no es baladí. Algunas presas crearon su propia comuna entre rejas, donde compartían todo lo que tenían. García Alcón recuerda con angustia el 27 de septiembre de aquel año, cuando el franquismo fusiló por última vez: “Estuvimos con las dos últimas condenadas a muerte de la dictadura, María Jesús Dasca y Concepción Tristán. Fueron unos momentos trágicos”.
Además de estos dos nombres, el de miles de mujeres también han quedado impregnados en la historia de Yeserías, como la escritora y abogada Lidia Falcón, la activista y escritora Eva Forest, la dirigente del PCE y diputada Pilar Brabo y la actriz antifranquista Mari Paz Ballesteros.
La nueva vida en la España democrática
Según Instituciones Penitenciarias, en la actualidad 291 internos cumplen su condena de forma presencial en el CIS Victoria Kent, donde hay hombres, mujeres y un pabellón para madres con hasta diez plazas. La mayor parte de ellos se han visto privados de libertad por delitos de violencia de género o contra la seguridad vial. En este sentido, acuden a formaciones para potenciar su reeducación y reinserción y así evitar la reincidencia. Su estancia obligatoria es de mínimo ocho horas al día. Es decir, tienen que estar presentes en uno de los tres recuentos que se realizan cada jornada. La mayoría pasa la noche en el CIS, por lo que el horario habitual de entrada es de 23.00 horas hasta las 8.00 horas del día siguiente.
La prisión de Yeserías, recordada por muchos como set de rodaje de la película ‘Tacones lejanos’ de Pedro Almodóvar, no goza de cocinas propias. La comida llega desde la cárcel de Valdemoro, a las 13.00 horas y a las 19.00 horas. El desayuno se basa en algo de bollería y café. El comedor está en la planta baja del primer pabellón. Son mesas ancladas al suelo de ocho personas, con asientos sin respaldo y atornillados a las mismas mesas. Un sábado de mayo, los internos comieron pasta con pollo y patatas y cenaron verduras con hamburguesa y patatas. Al día siguiente, comieron cocido completo y pasta con carne de cerdo y cenaron verdura con pollo y patatas.
Esa planta la gobierna una gran sala de estar, rodeada de bancos incrustados a la pared, y en medio una pequeña televisión protegida por un cristal. Al lado está la biblioteca, cerrada con llave, también enrejada. La política marca que, si un usuario quiere algún libro, acuda a las bibliotecas municipales. Cerca pero ya en otro pabellón se ubica el archivo, con varias salas forradas de estanterías metálicas hasta el techo y donde pocas profesionales se afanan en digitalizar cientos de legajos amarilleados por el paso del tiempo. En ellos, miles de sentencias franquistas, entre las que se cuentan, por ejemplo, las de aquellos detenidos por luchar contra el régimen y las de aquellas presas por abortar, que motivan la consulta de historiadores.
Madres que cumplen prisión
La mayoría de los internos se encuentran en tercer grado. Es el estadio más avanzado de una condena hacia la libertad que llega cuando has cumplido la mayor parte de la pena. “Muchos lo piden porque tienen que cuidar de familiares o porque tienen un precontrato de trabajo que les vale como justificación de que quieren reinsertarse”, comenta una trabajadora que ha desempeñado sus funciones en el CIS durante unos meses.
En el centro hay trabajadora social, psicóloga, jurista y educadora, pero no equipo médico. Se entiende que, ante una necesidad sanitaria, el usuario acude al médico habitual del centro de salud. “Quienes están peor aquí son las madres porque la mayoría de presas que tienen hijos lo que intentan es que se quede algún familiar o allegado con ellos”, determina esta trabajadora que prefiere no dar su nombre.
En el caso concreto del CIS Victoria Kent, también se encargan de realizar el seguimiento a los liberados condicionales, aquellos que cumplen medidas alternativas a la privación de libertad y quienes están en tercer grado telemático, con una pulsera en el tobillo, que alcanzan las 105 personas.
Desde La Comuna han pedido el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática que declaren el CIS Victoria Kent como Lugar de Memoria Democrática. La propuesta decayó ante el silencio de la cartera liderada por Ángel Víctor Torres a principios de febrero. “Aquí no solo estuvimos políticas, también había mujeres presas por abortar o ayudar a hacerlo, o por adulterio, o por ejercer la prostitución. Eso tiene que explicarse, que la gente entienda lo que ocurrió aquí para que no se olvide”, reclama García Alcón, quien dejó Yeserías atrás el 3 de diciembre de 1975 en libertad condicional tras abonar sus padres 30.000 pesetas.