El retratista a bajo coste de políticos que quieren ser reyes

Retrato de Cristina Cifuentes

Peio H. Riaño


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Todo pintor que se enfrenta a un retrato parte de un hecho imposible y esencial para el óptimo resultado de su cuadro: los retratados estarán sentados en una banqueta, inmóviles, durante dos semanas delante del caballete de un pintor que no permite que se muevan un centímetro. Le ocurrió en 1952 al espía estadounidense James Lord, que estaba de permiso en París y se encontró en el taller del artista suizo Alberto Giacometti, sometiéndose a jornadas intensas en lo físico y lo emocional. Salieron, al menos, doce retratos y un estupendo libro en el que conocemos a un pintor letal con su propio trabajo e implacable consigo mismo, que muestra su enfado y grita cuando no le sale una nariz. 

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No. Los retratados no son presa del artista. Ni siquiera Felipe IV soportaba a Velázquez en esto. Le aburría posar para su pintor de cámara. “No me inclino a pasar por la flema de Velázquez”, escribió en una carta el rey. No soportaba pasar horas inmóvil, y el pintor de Las Meninas sometía a sus modelos a largas sesiones. “Por no verme ir envejeciendo”, decía el rey impaciente. A Esperanza Aguirre le pasa como a Felipe IV: se aburre. El pintor Rafael Cidoncha, vigués de 70 años, cuenta que tuvo que conformarse con hacer a la expresidenta de la Comunidad de Madrid unas fotos en la Castellana, entre un acto y otro. 

Con las imágenes de Aguirre, que tomó a toda velocidad, levantó un retrato oficial por el que cobró 14.000 euros más IVA. El pasado mayo fue colgado en una pared de la sede del Gobierno madrileño, junto a los de Joaquín Leguina y Alberto Ruiz Galardón. “El de Alberto es más grande”, se quejó la expresidenta. Entonces, “la mejor presidenta que ha tenido esta comunidad”, según definición de Isabel Díaz Ayuso en la presentación del cuadro, aprovechó la ocasión: “Muchos estarán agradecidos porque quieren verme colgada”.  

Operaciones de cirugía 

Lo peor del retrato de Aguirre no fue la falta de tiempo de la protagonista, sino su capacidad camaleónica. “Las fotos no te sirven porque se quedan antiguas enseguida. Tiene millones de fotos y en ninguna es igual. Es muy difícil captarla. Los políticos viven para la prensa, se visten, se maquillan y se interpretan continuamente”. ¿Qué hay de malo en el maquillaje? “Es terrible para el retratista porque el maquillaje evita la anatomía, hace desaparecer los matices y mata las sombras”, explica Cidoncha.

A la pregunta de si el retrato es un ejercicio de verdad y el maquillaje la mata, Cidoncha responde: “Bueno, yo no favorezco gratuitamente. No hago operaciones de cirugía estética en mis cuadros, pero sí suelo eliminar cosas que sobran”. Es el caso de la edad.

También otras cuestiones que los clientes piden a los retratistas es que les concedan posteridad y memoria. José Bono reclamó en 2015 al pintor Bernardo Torrens que los gemelos asomaran y dejaran ver una bandera rojigualda similar a las que se usan en la decoración de guerra de la flota del Ejército del Aire español. El exministro de Defensa quería un símbolo contundente. El retrato costó al erario público 82.600 euros. Fue el precio que Bono decidió invertir en sí mismo y uno de los últimos a ese precio. 

El Ayuntamiento pagó 40.000 euros en total por los retratos de los tres últimos alcaldes de Madrid (13.200 euros cada uno): Alberto Ruiz-Gallardón (realizado por María Bisbal), Ana Botella (de Cidoncha) y Manuela Carmena (Ángeles Agrela). Siguen sin figurar en la galería de los honorables del Consistorio madrileño los retratos de los dos alcaldes republicanos durante la Guerra Civil, Cayetano Redondo y Rafael Henche de la Plata, que reclama desde hace una legislatura el grupo municipal socialista. 

Un arte político

En el caso del último retrato que ha pintado Cidoncha debía mandar el color rojo. Se lo pidió la protagonista, Cristina Cifuentes. El rojo para el vestido, porque es el color de la bandera de la Comunidad de Madrid. Al retratista le pareció “chistoso”. Además, el rojo no es un tono muy habitual, porque acapara toda la atención del cuadro. Tampoco es sencillo trabajar sus texturas. La llamada para el encargo le cogió por sorpresa, porque tanto con Ana Botella como con Esperanza Aguirre lo llamaron directamente. A los Aznar los conoció por una exposición que hizo en 2007 sobre la residencia marroquí de su amigo el filósofo y escritor Bernard-Henri Lévy. Le compraron parte de su obra y ahí surgió la conexión con el PP. 

¿Teme ser encasillado como el retratista del PP? “Todo lo que sea encasillarme no me gusta. Además no soy del PP, ni de ninguno. Tengo amigos en todas partes. Y he hecho muchos retratos para el PSOE”, comenta. Por ejemplo, pintó en 1995 a Julián García Vargas, ministro de Defensa con Felipe González entre 1991 y 1995, y lo hizo por petición del retratado con la mesa llena de maquetas de tanques y aviones de guerra. “Me acaban de encargar el de un ministro socialista que ya prepara la salida”, anuncia como quien no quiere la cosa. Pero no suelta prenda y protege al protagonista del cuadro, tanto si es un posible sacrificado en una eventual crisis de Gobierno o alguien que ve próximo el final de la legislatura. 

En dos meses tenía hecho el retrato de la expresidenta Cifuentes, por el que recibirá unos 16.000 euros. “Hay mucho cuento respecto a lo que se tarda en hacer un retrato”, dice Cidoncha, aunque asegura que no se refiere a La familia de Juan Carlos I, pintado por Antonio López entre 1994 y 2014. Lo más complicado es la boca. No los ojos. Y lo que más le importa son las manos, por su capacidad para hablar. Pero la boca “es un gesto a todo o nada, un desafío”. Por eso necesita estar con sus retratados, pasar tiempo con ellos, acertar con los gestos y rematar el color para no copiar una foto. Y algo más: “Detrás de una cara hay mil cosas desconocidas”. Para descubrirlas necesita que posen y que suceda esa “catarsis” que establece un vínculo entre retratado y retratista. Es el origen del retrato psicológico. “Se establece una cosa como de diván y aparecen temas muy privados, que después olvido”, matiza. 

En la cuerda floja

El retrato es el canal político de la imagen a medida. Cada monarca ha tenido a su pintor –de cámara– para hacerlo posible. Nada queda sin planificar y sin especificar en la propaganda inmortal. Pero qué pasa cuando un rey no quiere ser retratado, cuando evita crear un símbolo y romper con la tradición que han mantenido sus predecesores. “El rey hace todo lo posible por no aparecer. Tanto que no lo entiendes. No quiere retratos, prefiere el perfil bajo. Hay una decisión clara de no crear un retrato”, asegura Rafael Cidoncha sobre Felipe VI. Y ahí detiene su relato. Prefiere no dar más detalles sobre la relación que mantuvo con Casa Real y que, finalmente, no prosperó en un retrato del monarca.

Los reyes ya no tienen el monopolio del retrato y los pintores ya no son cortesanos. “Ahora el poder lo tienen los del partido político que gobierna”, dice. Ahora los reyes del retrato son los gobernantes elegidos por el pueblo. “Los Ministerios tienen poder de adquisición y encargo, pero debes meterte en los pasillos y ese acceso es muy complicado para la mayoría de nosotros. Hay algún pintor que lo tiene fácil, pero no es lo común. Siempre me dijeron que como pintor necesitaba dedicar mucho tiempo a fomentar mis relaciones sociales. Se triunfa y sales adelante dando comidas en casa, invitando a gente, pero yo prefiero pintar. No valgo para dar cenas”, asegura Cidoncha. El mercado del arte español es tan exiguo, los coleccionistas tan escasos y hay tantos artistas, que la precariedad es la materia que nunca falta en la paleta de un pintor español. “Estamos en la cuerda floja”, zanja. 

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