Jesús y Victorio, las veteranas voces que preservan la memoria de sus pueblos en Madrid: “No es historia, es mi vida”

Nerea Díaz Ochando

Colmenar de Oreja y Morata de Tajuña —

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Son 179 los municipios que componen la Comunidad de Madrid, de los que más de 120 tienen menos de 10.000 habitantes. Más allá de la capital y de las grandes localidades del área metropolitana, buena parte de estos pueblos conservan una identidad propia, construida a lo largo de generaciones a través de sus costumbres, sus oficios, sus fiestas y, sobre todo, las historias de quienes han vivido en ellos. Un patrimonio que no siempre aparece en los libros ni en los folletos turísticos, pero que permanece en la memoria de sus vecinos.

Con el objetivo de recuperar y dar a conocer ese legado, el Gobierno regional puso en marcha en 2025 Historias con Vida, una iniciativa turística que convierte a las personas mayores de los municipios en protagonistas y embajadores de su propio territorio. La propuesta busca revitalizar el turismo rural a través de la recuperación y puesta en valor del patrimonio material e inmaterial, pero también reconocer el papel de quienes han contribuido a conservarlo y transmitirlo.

El proyecto arrancó como experiencia piloto en las comarcas de Las Vegas y la Alcarria madrileña. Para elegir a sus primeros embajadores, se abrió una convocatoria a la que se sumaron decenas de vecinos mayores, dispuestos a compartir sus vivencias (que no son pocas) y los recuerdos que guardan de sus pueblos.

Una tarde, cuenta una de las impulsoras de la iniciativa, se reunieron para contar sus historias y la conversación se alargó tanto que hasta se les hizo de noche. No es de extrañar. Quienes han vivido tanto tienen también mucho que contar. Entre todos aquellos relatos, tuvieron que seleccionar a las personas cuyas experiencias y conocimientos podían representar mejor la esencia de cada localidad y acercarla a quienes llegan de fuera.

Dos de esas voces son las de Jesús Olivas, de 73 años, en Colmenar de Oreja, y Victorio Loriente, de 79, en Morata de Tajuña. El primero es joyero de profesión, aunque lleva media vida dedicada al teatro, su verdadera pasión. El segundo es hijo del último molinero de la Huerta de Angulo y ha heredado de su padre los conocimientos de un oficio que hoy explica a quienes se acercan al museo. Dos recorridos por el pasado de la región que permiten descubrir que, a veces, la mejor manera de conocer un pueblo es dejar que sean sus propios vecinos quienes lo cuenten.

El orgullo de contar la historia de su pueblo

En Colmenar de Oreja, Jesús Olivas tiene mucho que contar. Y no solo porque conozca su pueblo a la perfección, sino porque lleva décadas contribuyendo a mantener viva su cultura. Quienes le conocen también le llaman el relojero, por la joyería que regentó y que ahora continúan sus hijos. Pero hay otra faceta que ocupa buena parte de su vida: el teatro.

Antes de llegar a las tablas, el recorrido por Colmenar comienza en uno de los espacios más reconocibles de la localidad: la Plaza Mayor. Jesús invita a levantar la vista y observar sus edificios, pero enseguida lleva la conversación hacia quienes la ocuparon mucho antes de que se convirtiera en uno de los principales reclamos turísticos del municipio. La plaza era también un lugar de trabajo. Allí se reunían cada mañana los jornaleros a la espera de que alguien les contratase para las labores del campo.

“Era como si estuviera la oficina del INEM ahora mismo”, bromea. Los terratenientes elegían a quienes necesitaban para la vendimia o cualquier otra faena. En ocasiones, el jornal incluía también la comida; en otras, no. Cuando esto último ocurría, las mujeres tenían que madrugar para preparar el llamado “avío”, la comida que llevaban a sus maridos al campo dentro de un talego.

Una escena cotidiana que permite imaginar una forma de vida que ha desaparecido, pero que todavía deja huellas en el callejero y en los edificios. La plaza se levantó sobre un antiguo barranco que separaba la villa del arrabal, donde se encontraba la iglesia. Para salvar el desnivel se construyeron varios puentes y, con el tiempo, se decidió aprovechar aquella infraestructura para levantar encima una plaza. Bajo ella discurre el túnel del Zacatín, uno de esos rincones que Jesús conoce al detalle.

El recorrido por sus bóvedas de piedra permite asomarse a otra época. El antiguo arroyo, hoy canalizado, dificultaba incluso los desplazamientos más cotidianos. Cuenta Jesús que el cura de entonces se quejaba de tener que atravesar el barranco para acudir a recoger a los difuntos, porque acababa con la sotana empapada. La solución fue construir primero un puente y después otros dos, hasta completar la infraestructura que permitió ganar terreno al desnivel.

La historia de la obra también tiene su pequeña dosis de épica. El cantero encargado de construirla calculó mal el presupuesto y acabó arruinado. Desesperado, escribió una carta al rey Carlos IV para pedir que se comprobase que el trabajo estaba hecho y que se le abonase lo que le correspondía. El monarca envió un tasador y, una vez verificada la construcción, el cantero pudo cobrar y terminar su obra. De ahí que a la entrada del túnel se pueda ver la inscripción “reinando Carlos IIII”. Sí, con cuatro palitos, pero eso ya es otra historia.

Son detalles que difícilmente aparecen en una visita convencional y que convierten una construcción de piedra en algo más que una sucesión de arcos y bóvedas. Lo mismo ocurre al acercarse a la antigua fuente del Zacatín, donde el agua se distribuía siguiendo un orden muy preciso: primero para las personas, después para los animales y, por último, para lavar la ropa. El desgaste de la piedra todavía conserva las marcas de los cántaros que durante generaciones se apoyaron allí para recoger el agua.

Pero Colmenar de Oreja no se entiende únicamente a través de sus plazas y sus fuentes. También hay que bajar a sus cuevas, muchas de ellas excavadas bajo las propias viviendas, donde se almacenaban el vino, el aceite y los cereales. La localidad fue durante mucho tiempo tierra de tinajas y canteras. Sus recipientes de barro, de característica forma panzuda, servían para guardar la producción agrícola y requerían meses de trabajo artesanal. Una sola tinaja podía tardar nueve meses en elaborarse. La aparición del cemento y del hormigón acabó desplazando buena parte de aquella industria tradicional, pero todavía es posible contemplar algunas de estas piezas en su entorno original, entre las cuevas y bodegas que se esconden bajo el casco histórico.

Jesús conoce también el patrimonio que no se toca. En el teatro municipal, al que se refiere como su segunda casa, recuerda las actuaciones de artistas como Lola Flores o Juanita Reina, las anécdotas de quienes pasaron por sus tablas y el antiguo piano que acompañaba las películas mudas. El edificio, que tuvo su origen como hospital, conserva además una tramoya que permite entender cómo se desarrollaban las representaciones cuando todavía no existía la luz eléctrica.

Su relación con este espacio va mucho más allá de la memoria. Lleva 50 años vinculado al teatro, 30 de ellos como actor y los últimos como director del grupo Zacatín. Empezó como aficionado y aprendió de otros vecinos, especialmente de Antonio Crespo del Moral, un ferretero apasionado por las tablas que transmitió sus conocimientos a varias generaciones de actores locales.

Hoy, el grupo sigue representando obras. Han llegado incluso a actuar en el Corral de Comedias de Almagro. También participan en recreaciones históricas, como la del Dos de Mayo o las actividades de la Noche en Blanco. Parte del dinero que recaudan con sus funciones contribuye a financiar estas propuestas culturales, que también cuentan con apoyo municipal.

“Todo lo que sea potenciar a mi pueblo culturalmente estoy encantado de hacerlo”, resume. Lo deja ver en cada visita y en su faceta como embajador, que, según reconoce, le quita el sueño alguna que otra noche maquinando nuevas formas de transmitir todo lo que sabe.

La memoria de Morata corre junto al Tajuña

A menos de 20 kilómetros de Colmenar de Oreja, en Morata de Tajuña, otra historia espera entre los muros del antiguo Molino de la Huerta de Angulo. Hoy convertido en Museo de la Molinería, este edificio conserva la maquinaria y buena parte de las instalaciones que durante generaciones permitieron transformar el grano en harina. Pero para Victorio Loriente, de 79 años, no es simplemente un museo, es un lugar que forma parte de su propia historia familiar.

“Soy hijo del molinero, del último molinero”, cuenta al dar la bienvenida a los visitantes. Él nunca llegó a ejercer profesionalmente el oficio, pero creció entre aquellas instalaciones y aprendió de su padre los secretos de la molienda. Tenía apenas ocho o nueve años cuando este se hizo cargo del molino y comenzó a acompañarlo en sus tareas.

El edificio conserva las huellas de sus distintas etapas. En sus orígenes era una construcción castellana tradicional de adobe, con una parte destinada a vivienda y otra a las instalaciones donde se molía el grano. En el siglo XIX se amplió para incorporar una máquina de vapor que permitía seguir trabajando cuando el río llevaba poco caudal. La chimenea que todavía se conserva recuerda aquella transformación. La máquina llegó incluso a producir electricidad para abastecer primero a los propietarios del molino y después a Morata de Tajuña y otros municipios cercanos.

A medida que avanza la visita, Victorio va desgranando el funcionamiento de un mecanismo que conoce prácticamente pieza por pieza. La fuerza del agua llegaba desde el río a través de un ramal y, al abrir la compuerta, movía el rodezno, una especie de hélice situada en la parte inferior. El movimiento se transmitía mediante un eje hasta las piedras de moler con la solera, fija, y la corredera, que giraba sobre ella para triturar el grano.

La explicación no se queda en el funcionamiento de la maquinaria. También hay que saber distinguir las piedras, conocer sus materiales y entender por qué unas servían para obtener una harina más fina que otras. Las de piedra berroqueña, por ejemplo, podían desprender pequeñas partículas durante la molienda, mientras que las de pedernal permitían conseguir un producto más limpio.

El trabajo del molinero exigía mucho más que poner en marcha el mecanismo. Había que reparar las averías, mantener las instalaciones y picar periódicamente las piedras para recuperar los surcos que trituraban el grano. Victorio recuerda a su padre llevando a cabo esa tarea, golpeando la superficie con herramientas de acero y soportando un trabajo tan duro que, en ocasiones, saltaban pequeños fragmentos metálicos que se clavaban en la piel.

Él mismo ayudaba en el molino desde niño. Con 13 o 14 años ya se encargaba de algunas tareas y preparaba el grano. También conoce las dificultades que entrañaba mantener en funcionamiento aquellas instalaciones. Cuando algún tronco o animal muerto bloqueaba el paso del agua, había que retirarlo para evitar que se detuviera la maquinaria. Su padre llegó a meterse en el cauce para solucionar algunos de esos problemas.

La historia del molino es también la de una familia ligada durante generaciones a la molienda. Su abuelo había trabajado en otro establecimiento antes de marcharse por un desencuentro familiar relacionado con el salario. Su padre acabó haciéndose cargo del Molino de la Huerta de Angulo durante aproximadamente una década, entre finales de los años cincuenta y los sesenta. Victorio creció allí, aprendiendo un oficio que después tomaría otros caminos, aunque nunca dejó atrás los conocimientos que había adquirido.

Con el paso de los años trabajó en otras actividades, entre ellas el transporte, y llegó a tener tres camiones. Sin embargo, el molino siguió formando parte de su vida. Su relato ayuda también a comprender la importancia que tuvieron estas construcciones en la vida de los pueblos. Los molinos no eran únicamente lugares donde se transformaba el grano. Eran espacios de trabajo, de intercambio y de supervivencia, en los que los molineros debían buscar distintas maneras de ganarse la vida. La pesca, por ejemplo, era otra actividad habitual entre quienes vivían junto a los cauces, donde podían encontrar barbos y anguilas.

Hoy, las piedras siguen girando en el museo y el agua continúa recordando para qué fue construido el edificio. Pero buena parte de su historia depende de personas como Victorio, capaces de explicar no solo qué es cada pieza, sino también quién la utilizaba, cómo se trabajaba con ella y qué suponía vivir de aquel oficio. Le resulta fácil. “No es historia, es mi vida”, asegura.

Guardianes de un legado

Las historias de Jesús y Victorio son distintas, pero comparten algo esencial: ambos conservan conocimientos que difícilmente podrían transmitirse de otra manera. Uno ha dedicado buena parte de su vida a mantener viva la actividad cultural de Colmenar de Oreja, el otro ha heredado de su padre los saberes de una profesión que prácticamente ha desaparecido. Sus relatos permiten mirar los mismos edificios, calles y máquinas con otros ojos y entender que el patrimonio de un pueblo no se limita a aquello que puede visitarse.

Historias con Vida busca precisamente dar espacio a esas voces. Durante todos los sábados de noviembre, la Comunidad de Madrid ha programado rutas gratuitas por municipios de Las Vegas y la Alcarria madrileña, en las que vecinos mayores acompañarán a los visitantes para compartir sus recuerdos y conocimientos.

Después de Colmenar de Oreja y Morata de Tajuña, las siguientes citas serán en Valdilecha, el 21 de noviembre, y Tielmes, el día 28. Para participar en estas cuatro primeras rutas es necesario solicitar plaza a través del correo electrónico reservaturismo@madrid.org, puesto que los grupos están limitados a 20 personas.

Esta iniciativa acerca historias que no se encuentran en los mapas ni se conservan en las vitrinas de un museo. Permanecen en la memoria de los que las han vivido y en la generosidad de quienes, como Jesús y Victorio, todavía están dispuestos a contarlas.