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Los Lario, 465 años dando forma al barro en Lorca: “Es muy difícil aprender un oficio así en una escuela”

Gloria Piñero

26 de septiembre de 2026 23:06 h

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Al entrar en los talleres de los Lario, en Lorca, es inevitable pensar que quizá, en algún rincón, quede algo de polvo del barro que otras manos, con la misma sangre, trabajaron hace siglos. El olor terroso de la arcilla y el movimiento acompasado del torno parecen devolver por un instante a quienes hoy trabajan allí un gesto antiguo, aprendido de otros y repetido generación tras generación. Porque, de algún modo, cada vez que el barro comienza a girar entre sus dedos, los Lario vuelven a hacer lo que otros Lario hicieron antes que ellos.

Desde 1561, el nombre de esta familia aparece vinculado documentalmente a la alfarería de la ciudad. Una escritura conservada en el Archivo Municipal menciona a Juan y Alonso Lario relacionados con el oficio. Cuatrocientos sesenta y cinco años después, el barro sigue pasando de unas manos a otras. No de una manera idéntica a como lo hacía entonces —porque también los oficios necesitan cambiar para sobrevivir—, pero sí conservando algo esencial: el conocimiento que se transmite de generación en generación.

Hoy ese legado se despliega, además, en dos ramas familiares y empresariales que mantienen vivo el apellido Lario en la artesanía lorquina: Cerámica Lario, heredera del trabajo desarrollado por el maestro Inocencio Lario, y Alfarería Eusebio Lario, dirigida actualmente por Martín Lario y que tiene garantizada la continuidad de la saga a través de su hijo Ricardo. Dos caminos distintos para una misma pasión.

El apellido que nació entre tornos

La historia más conocida de la familia en el siglo XX lleva el nombre de Inocencio Lario López. Nació en 1933 en el barrio de San Cristóbal, donde se encontraba el antiguo gremio de alfareros de Lorca. Vino al mundo, literalmente, dentro del taller familiar: su padre y su abuelo Inocencio ya trabajaban el barro.

A los 14 años dejó los estudios para incorporarse al trabajo y ayudar a sostener a la familia. El torno, el barro y los hornos se convirtieron así en su escuela. En 1975 obtuvo, mediante examen, el certificado de Maestro Artesano en el oficio de la Alfarería.

Pero la historia de Inocencio Lario tuvo un capítulo inesperado lejos de Lorca. Durante los años cincuenta emigró a Francia con su familia. Allí conoció a Pablo Picasso y le mostró algunas de las piezas que realizaba. Según la biografía conservada por la propia familia, los elogios del artista malagueño fueron tan importantes para él que regresó a Lorca decidido a profundizar en una cerámica más artística y decorativa.

A partir de entonces llegaron las flores, los pájaros y el color. Las jarras, platos, aguamaniles, palanganas y copas dejaron de ser únicamente objetos útiles y empezaron a adquirir una personalidad propia. Y llegó también la pieza que acabaría convirtiéndose en símbolo: la Jarra de Novia.

Cinco picos, una historia y una leyenda. Según la tradición recuperada por Inocencio, de ella bebían durante la boda el sacerdote, los padrinos y los novios, cada uno por uno de sus picos, procurando no derramar el vino consagrado. El propio maestro sentía una especial predilección por aquella pieza. La familia recuerda que hablaba de ella con orgullo de la que se convirtió en una de sus creaciones más reconocibles.

Cerámica Lario: la rama de Inocencio

El sueño de Inocencio Lario no terminó con su muerte, en 2008. Sus cuatro hijos continuaron vinculados al oficio en el taller familiar de La Tercia: Ana, pintora y ceramista; Antonio, centrado en el torno; Inocencio, dedicado a la parte comercial; y Juan, que orientó su trabajo hacia la azulejería tradicional, los murales y las fuentes de gran formato.

Es la rama que hoy conocemos como Cerámica Lario, una firma que conserva buena parte del universo creativo construido por el maestro. Su trabajo también ha tenido una importante dimensión internacional. La producción de los talleres vinculados a Inocencio llegó a distintos países y sus obras pueden encontrarse en museos y colecciones de Estados Unidos, Francia, Portugal y Alemania. Artistas murcianos como José Lucas, Muñoz Barberán, Párraga o Mir utilizaron también su taller para trasladar sus diseños al barro.

El maestro no concebía la tradición como una obligación de repetir piezas sin alma. Al contrario, su trayectoria demuestra sin género de dudas que fue un artesano innovador, interesado en investigar formas y técnicas ancestrales y en llevarlas hacia nuevos territorios. Quizá ahí esté una de las claves para entender por qué su legado ha sobrevivido.

Eusebio Lario: otra rama del mismo barro

La historia de esta saga alfarera no termina en Cerámica Lario. En Lorca existe otra rama familiar vinculada al mismo apellido y al mismo oficio: Alfarería Eusebio Lario, actualmente bajo la dirección de Martín Lario García.

El nombre de la empresa es, precisamente, un homenaje a su padre, Eusebio Lario —hermano de Inocencio— y que falleció en 1988. Martín aprendió desde pequeño el oficio que después acabaría convirtiéndose en su forma de vida y tomó las riendas del negocio familiar, manteniendo una producción esencialmente artesanal. La empresa continúa trabajando con técnicas transmitidas entre generaciones y fabricando piezas únicas y personalizadas.

Martín lo explica sin rodeos: “Es muy difícil aprender un oficio así en una escuela, así que los que continuamos con ello es porque venimos de una familia de artesanos”. La frase explica mejor que cualquier definición lo que significa el relevo en una familia de alfareros. Aquí no hay un manual que pueda sustituir al aprendizaje junto al maestro. Hay que mirar. Escuchar. Repetir. Equivocarse. Volver a empezar. Y, sobre todo, aprender a conocer el barro.

Martín sabe también que conservar el oficio no significa convertirlo en una pieza de museo. Por eso su taller ha apostado por renovar las formas y los colores y por acercarse a públicos que quizá nunca habrían sentido interés por la cerámica tradicional. “Cuando sentimos que la cerámica tradicional se había quedado obsoleta, fuimos atrevidos y empezamos a añadir color y diseños más desenfadados para el público juvenil”, explica. El cambio no fue inmediato. “Nos costó introducir esta nueva forma de hacer cerámica en el mercado español, pero gracias a ello despertamos el interés de clientes extranjeros”, recuerda.

Basta con echar un vistazo a las estanterías de su taller y al catálogo actual de la empresa para comprobarlo: peces, pulpos, gambas, medusas, limones, cactus, gatos o estrellas conviven con formas más tradicionales. El mar, la naturaleza y los motivos cotidianos se convierten en cerámica decorativa, con una estética contemporánea pero fabricada mediante procesos artesanales.

Ricardo, la generación que viene

Entre las manos que hoy mantienen vivo el torno está también Ricardo Lario, hijo de Martín. Su presencia introduce una pregunta inevitable: ¿puede un oficio con más de cuatro siglos de historia seguir teniendo futuro? Ricardo lo tiene bastante claro.“Yo estoy seguro de que puedo vivir de esto, no creo que sea más difícil, solo creo que hay que renovarse y enfrentarse a las adversidades como han hecho tantas generaciones atrás”, afirma.

No habla de nostalgia. Habla de futuro. Porque probablemente ese sea uno de los rasgos más interesantes de esta familia: nadie parece plantear la tradición como algo inmóvil. El barro cambia de forma. Cambian los colores. Cambian los clientes y cambian los objetos que tienen sentido en una casa del siglo XXI.

Con el mismo convencimiento, el Ayuntamiento de Lorca ha decidido poner el foco en estos oficios y, este año, la iniciativa ‘12 meses, 12 oficios’, organizada por la Asociación de Artesanos de Lorca (Artelor) en colaboración con el consistorio, ha dedicado un mes entero a promocionar la alfarería y la cerámica.

La concejala de Comercio y Artesanía, Mayte Martínez, ha defendido precisamente la necesidad de acercar estos oficios a la ciudadanía. “La artesanía representa nuestras raíces y desde el ayuntamiento debemos colaborar en su proyección desde la convicción de que los oficios tradicionales no son solo una seña de identidad, sino también una oportunidad para el desarrollo local”. Al hablar de los Lario, la edil se muestra aún más contundente: “Hablar de esta familia es contar la historia misma de Lorca”.

Para Martínez, la saga representa la excelencia de un oficio capaz de mantener viva la cerámica tradicional lorquina al tiempo que incorpora “ideas y diseños atrevidos, vanguardistas y novedosos”.

Cuatro siglos después, el torno sigue girando

Hay algo casi hipnótico en pensar que entre aquel Juan Lario mencionado en un documento de 1561 y los Lario que hoy trabajan el barro hay más de cuatro siglos de distancia.

El mundo ha cambiado radicalmente en este tiempo. Han desaparecido antiguos oficios, se han transformado los barrios y han cambiado los materiales y las formas de consumo. La producción industrial también convirtió muchos objetos artesanos en productos impersonales fabricados en serie.

Y, sin embargo, todavía hay quien prefiere tocar una pieza de barro y saber que detrás de ella hay unas manos que aprendieron de otras manos; que repiten gestos que alguien realizaba ya hace siglos; que entienden que una pieza no tiene por qué ser perfecta para ser valiosa, precisamente, porque su pequeña imperfección demuestra que es única.

Así, en el taller de los Lario hoy el barro continúa entrando en el torno, las manos siguen dándole forma y el horno sigue haciendo su parte. Tierra, agua y fuego contando desde hace más de cuatro siglos la historia de una ciudad.