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La liberación y el terruño

Este año está siendo un año de muchos orgullos*. Por fin se visibilizan realidades y necesidades de las personas trans, por fin el feminismo empieza a tener el peso que necesita y se merece, por fin he decidido salir en falda, con pintalabios o con sombra de ojos a la calle y que me chupe un pie lo que pueda pasar. Y que no pase nada. Gracias Marsha, gracias Sylvia, gracias Ocaña, gracias Paul, gracias Shangay, gracias mil a todas, todes y todos quienes habéis desafiado alguna vez el género o el deseo impuestos a plena luz del día.

Este año, además, he descubierto algo que me fascina: se están poniendo cada vez más en pie de guerra territorios que tradicionalmente quedaban apartados de la lucha por la igualdad de género y de deseo. Observo en multitud de ciudades medias y de pueblos de toda la península cómo aparecen manifestaciones, celebraciones, charlas, debates y otras actividades dirigidas al ámbito rural, celebradas en pleno terruño.

Aquellos años

Hace unos cuatro lustros entré en contacto por primera vez con una organización de disidencia de género. Ni siquiera me acuerdo del nombre, porque yo era todavía un protohumano. Tenían un planteamiento altamente crítico y muy poquita infraestructura. En aquel entonces vivía en el pueblo, me costaba bastante desplazarme y además estaba verde cual tierno brote.

Más adelante, cuando salí de la facultad estuve de voluntario y luego de administrativo (chico para todo) en una asociación por la igualdad de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales. Enviábamos notas de prensa, para lo que a veces utilizábamos el fax (¿qué parte de «cuatro lustros» no se ha entendido?), organizábamos charlas, talleres, manifestaciones, sesiones de cine fórum, teníamos una línea telefónica de atención, hicimos alguna fiesta y también campañas de comunicación sobre temas concretos.

Teníamos muy poquitos recursos, el grueso de lo monetario nos lo ganábamos a base de proyectos ante la administración pública y vivíamos en lo que denominábamos un voluntariado remunerado, que desempeñábamos con mucha ilusión y muchas horas extraordinarias. No me arrepiento. De hecho: me alegro. Trabajé en un entorno bonito y que recuerdo con cariño y lleno de aprendizaje. Aprendí mucho sobre relaciones humanas e institucionales. En aquella época se aprobó el matrimonio igualitario. En aquella época fomentábamos la visibilidad. En aquella época nos planteábamos la lucha por la aceptación y la igualdad el ámbito rural como una frontera que quedaba por derribar.

Dudo mucho que con la crisis haya muchos más recursos que entonces. Muchos avances tecnológicos han simplificado infinidad de tareas y comunicaciones, pero la escasez viene a ser la misma o peor, por lo que sé de los entresijos de grupos de trabajo o asociaciones rurales, atendiendo a las coyunturas administrativa y económica actuales. Por otro lado, el entorno de hipercomunicación al que han dado lugar los medios de comunicación y las plataformas de redes sociales muestra con más crudeza los problemas, viraliza sus imágenes y demuestra la necesidad que existe aún de trabajar contra la discriminación de las personas cuyo género o su deseo aún no se aceptan. Por suerte, también nos permite conectar con más personas afines, recurrir a ayuda con mayor facilidad, ligar sin miedo, y hasta encontrar quien nos inspire y consuele.

La lucha en el campo

Ahora, como los movimientos de origen urbano que se extendieron a los barrios, la actividad de educación social por la diversidad de género, afectiva y sexual se encuentra presente también en el ámbito rural. En esta tesitura, no puedo menos que compartir con vosotros algunos encuentros preciosísimos en poblaciones a menudo ajenas a eso del «orgullo»:

-Observad, por ejemplo, cómo en la sierra de Cádiz, un bello territorio de Andalucía, ya van por el quinto «orgullo serrano». Muchas alcaldías izan banderas de la diversidad y en Arcos de la Frontera se viene celebrando una manifestación festiva a la que asisten personas de todas las edades y condiciones. La labor ha sido premiada por el área de igualdad del ayuntamiento de Jerez y todo. Una preciosidad, vaya.

-Digno de ver es el vídeo del primer orgullo de Olot. Sencillo, inclusivo, rural, cercano, poético, hermoso…

-El festival Agrocuir de Ulloa merece también una mención especial. Es un punto de encuentro entre la disidencia de género, la crítica socioeconómica y el campo gallego.

-A principios de siglo, ya hablábamos de la doble discriminación del lesbianismo, que se pone de especial manifiesto en ciertos entornos rurales. Mejor que contarlo yo, podéis leer cómo lo cuenta Sara Merec en su proyecto «Isla Ignorada».

-Otros hallazgos son el primer año de orgullo en Mérida, Extremadura, o el segundo año de orgullo en un pueblo astur de menos de diez mil habitantes como Luanco. Ejemplos de un momento histórico inspirador, son solamente pinceladas de cómo trabajar por una convivencia sana va dando sus frutos.

Solo el pueblo salva al pueblo

Como crítica, recordemos el peligro que puede aparecer cuando las administraciones públicas blanden una bandera que tiene sus orígenes en movimientos de base, populares y protagonizados por personas de género disidente, racializadas y desfavorecidas. Si las instituciones se arrogan la reivindicación por la liberación sexual, la desnaturalizan y hacen de ella un elemento mercantil más. Aunque las instituciones tienden a la corrupción más de lo que me gustaría, también estoy convencido de que permiten grandes avances.

Sin embargo, para no apropiarse de estos movimientos, no deben alejarse de la población, deben ceder a los distintos movimientos sociales los contenidos y los espacios. En el ámbito rural esto es mucho más sencillo porque se trata de comunidades más reducidas, donde no negociar o faltar a los acuerdos tiene castigos casi más importantes que los legales: sociales. Al ser espacios de convivencia más manejables la información fluye de otra manera y la falta de honestidad o la traición quedan expuestas con pocos impedimentos.

Tengo muchas esperanzas en el mundo rural. Dejadme soñar. Menos acuciado por los males urbanos, si seguimos trabajando por la diversidad, permitirá sociedades renovadas en su aceptación, en su afecto y en el avance humano: no el tecnológico, sino el del entendimiento y la libertad.

No me quiero ir sin recalcar que junto con la aceptación y el respeto a la diversidad de deseo y de género, se necesita también paliar las desigualdades de clase. Sin elevar la calidad de vida de la población, es difícil trabajar la seguridad, la autoestima, la autonomía y otras cualidades necesarias para la buena convivencia de las personas. Es difícil que las personas con menos acceso a recursos económicos y culturales puedan desarrollarse plenamente y es más fácil que en lugar de convivir felices, se disputen las perdices. Esto solamente conviene a quienes ya detentan poder.

Sean libres y demuestren respeto en sus pueblos, barrios, ciudades, campos y montes.

Ejerciten la comprensión y acepten la diferencia.

Feliz diversidad.

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* Ya hablaremos de la palabra «orgullo» otro día.

Os animo a participar y preguntar en los comentarios, aclarar dudas, expresar opiniones y todo ¡con cariño y respeto!

Este año está siendo un año de muchos orgullos*. Por fin se visibilizan realidades y necesidades de las personas trans, por fin el feminismo empieza a tener el peso que necesita y se merece, por fin he decidido salir en falda, con pintalabios o con sombra de ojos a la calle y que me chupe un pie lo que pueda pasar. Y que no pase nada. Gracias Marsha, gracias Sylvia, gracias Ocaña, gracias Paul, gracias Shangay, gracias mil a todas, todes y todos quienes habéis desafiado alguna vez el género o el deseo impuestos a plena luz del día.