La caída de Pablo Casado comenzó a fraguarse al paso de las encuestas de las elecciones castellano-leonesas. Estas debían ser una etapa más en la construcción de ese relato de cambio de ciclo que debía auparle en el poder. No fue así. Ya lo dijo Bettino Craxi: “Hay amigos, enemigos y luego compañeros de partido”. Las noticias de los contratos de Isabel Díaz Ayuso no eran nuevas, se habían publicado en este mismo diario en noviembre y ese mismo mes expulsaban a una diputada socialista de la Asamblea por nombrar al hermano de la presidenta. La única novedad era el eco que la dirección popular había hecho de ellas. ¿Miedo a que las mismas afectasen a una marca que a pesar de las promesas no había cambiado de sede? Imposible saberlo. Isabel Díaz Ayuso había llegado aupada por Pablo Casado, pero ella le debía tanto a él como a Esperanza Aguirre. Una doble herencia que enmarcaba una tensión a la que se sumaba el empleo de Miguel Ángel Rodríguez (MAR) como consejero áulico. Sería este quien construiría su imagen antes de la pandemia, cuando su resistencia a cerrar Madrid obligó a confinar un país, y después, donde su obsesión por no imponer medidas, a pesar de acordarlas con el resto, dejó tasas de contagio sin parangón, y, sin embargo, por eso mismo, por una estudiada política comunicativa, ganó en su atrevido adelanto electoral ante la posibilidad que le plantearan una moción de censura.
La negociación interna por el control de Madrid significaba la supervivencia de una vieja guardia que estaba siendo apartada por García Egea y que, por eso mismo, era dura y rocosa como ninguna. Para ser rey uno tiene que ser reconocido como tal. El miedo como forma de gobierno tiene un límite, la capacidad de unión de quienes lo sufren. La vieja guardia además estaba experimentada. Miguel Ángel Rodríguez llevaba varios meses cavilando cómo responder al ataque. Lo de confrontar espionaje frente a corrupción es brillante, hacerlo en un momento de debilidad, una genialidad.
La serie de ruedas de prensa orquestadas por MAR fueron un vendaval de golpes. Pablo Casado no comprendía que aquello no era un conflicto por el poder de Madrid, era un coup d’etat. Teodoro había perdido el control del partido hacia meses. Sus enemigos unidos por la política del miedo ya no confabulaban contra Teodoro, sino contra Casado por mantenerlo. José María Aznar le había avisado de la situación y, a cuanto parece, intentó salvarlo. La negativa de Casado a ceder llevó a su sentencia expresada en una serie de declaraciones que abrían la veda sobre él y de las que sólo ahora hemos conocido el contexto.
Pablo Casado tenía razón. Sus datos han sido corroborados por la Comunidad Autónoma de Madrid, el mismo día que Putin decidía invadir Ucrania (de nuevo el maravilloso control de los tiempos), por lo que han pasado desapercibidos. Sin embargo, la razón le llega tarde. Pablo Casado es un zombi al que han abandonado todos menos dos. Es imposible saber que sucederá con él o con Teodoro ahora que Ayuso pide sus cabezas para que nadie hurgue en la “herida”. Mientras, Alberto Núñez Feijoo busca consolidarse. ¿Volverán a salir sus famosas fotos o el libro donde aparecía citado, 'Fariña'?
En Murcia, entre tanto, ya han empezado los contorsionismos y las nuevas formas de damnatio memoriae, los cambios de fotos. Hay alguno que nos viene a recordar cuándo el próximo líder fue director del INSALUD. A muchos no se nos ha olvidado que fueron aquellos años cuando el PP cometió la mayor traición a la Región de Murcia aceptando las transferencias de sanidad por menos de su valor a un gobierno de su cuerda, quizás con la esperanza de que aquel dinero de menos serían puestos de más donde colocar a costa de la sanidad de los murcianos. Volvemos al desastre de los noventa y sin arrepentimientos.