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La demagogia del 'Agua para todos'

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En la Región de Murcia, el agua hace años que dejó de ser solo un recurso. Es un argumento político, una bandera electoral y, en demasiadas ocasiones, una excusa para no afrontar decisiones incómodas. Y en ese terreno, el Partido Popular ha sido especialmente eficaz construyendo un relato políticamente rentable, pero que cada vez está más alejado de la realidad.

El lema 'Agua para todos' fue una pieza maestra de comunicación política. Sencillo, emocional y fácil de repetir. El problema es que partía de una premisa embustera: que el agua es un recurso disponible que solo necesita ser mejor repartido. Como si la hidrología dependiera del BOE.

El Partido Popular es el eje de ese discurso. Pero también su límite. Porque no es una tubería mágica: depende de la situación real de otra cuenca, con sus propias sequías, sus propios usos y sus propios límites. Y cuando el agua no está, no hay presión política que la cree.

Aun así, durante años se ha insistido en presentar el problema como si fuera exclusivamente externo. Como si todo se resolviera con más trasvases, más obras y más voluntad. Mientras tanto, se ha evitado entrar en un debate que incomoda: el de los límites del modelo de explotación agrícola en el sureste.

En ese contexto, el papel del Sindicato Central de Regates del Acueducto Tajo-Segura (SCRATS) no puede analizarse como si fuera un actor neutro. Actúa como un lobby político y es legítimo que defienda los intereses de sus asociados. Lo discutible es que su discurso haya funcionado durante años como prolongación del relato político dominante: más agua siempre, venga de donde venga, cueste lo que cueste, y resulta que cuando sobra en una parte es porque no falta en otra.

Pero el problema es que no todo vale. En los últimos años, distintas actuaciones administrativas y denuncias han señalado la existencia de regadíos sin autorización, extracciones irregulares de acuíferos y ampliaciones de superficie no ajustadas a la planificación hidrológica. No son casos anecdóticos en el debate público, sino síntomas de un modelo que en algunos puntos ha ido por delante de las reglas que lo deberían ordenar.

Y eso tiene consecuencias. Porque cuando se exige más agua mientras se estira el sistema por encima de sus límites, el resultado no es estabilidad: es tensión permanente. Tensión entre cuencas, entre territorios y dentro del propio modelo productivo.

La paradoja es que, mientras se mantiene el discurso de la escasez externa, la solución que durante años se despreciaba, la desalación, se ha convertido en imprescindible. No por convicción, sino por necesidad. Y aun así, el debate sigue atrapado en las mismas trincheras de hace décadas.

Quizá el problema del agua en la Región no sea solo técnico ni solo político. Quizá sea, sobre todo, un problema de honestidad. Porque es más fácil prometer lo imposible que asumir los límites. Y más rentable señalar fuera que mirar dentro.

Pero el agua no responde a estrategias de comunicación. Responde a la física, a la climatología y a la gestión real de los recursos disponibles. Y cuanto más tarde se asuma eso, más caro será el ajuste.

Hay que decirlo sin rodeos: la Región de Murcia no puede seguir construyendo su futuro sobre la dependencia del trasvase, reducir esa dependencia no es una renuncia. Es la única forma de garantizar la estabilidad.