Región de Murcia Opinión y blogs

Sobre este blog

Ordenar la vida

0

En el momento en el que escribo esto, en el centro de mi pueblo acaban de quemar una bruja. Eso significa que se terminan nuestras fiestas y que un año más me he vuelto a casa con los pies destrozados, una bolsa llena de balones y peluches y con el corazón un tanto encogido porque, como todo lo que termina, las despedidas me siguen dejando un regustillo amargo. Además, este año, como el pasado, volvía pensando que en lo de quemar brujas somos los mejores y que hay veces que quemamos la de cartón y a la que se nos ponga por delante. Sea culpable o no. Como si la Inquisición siguiera viva y necesitáramos señalar a alguien para quedarnos tranquilos.

En fin, que iba yo pensando en eso, en lo fácil que resulta juzgar las vidas ajenas, cuando me ha venido una frase a la cabeza. Una de esas frases que envejecen mal. No porque el paso del tiempo las desmienta, sino porque termina aireando y sacando los colores a quien en su día las dijo.

Hace más de cuatro años, en medio de un debate político sobre asuntos que nada tenían que ver con la vida privada de nadie, el entonces alcalde de Alcantarilla decidió responderme recomendándome desde el micrófono de la radio municipal que me ocupara de “ordenar mi vida”. Recuerdo perfectamente el momento porque, como suele ocurrir con determinados ataques, una no olvida tanto las palabras como lo que esconden y aquello no fue una respuesta política, ni una discrepancia ideológica, ni siquiera una crítica a mis argumentos. Fue algo mucho más rancio y mucho más reconocible. Era la necesidad de colocar a una mujer en su sitio cuando esa mujer te resulta incómoda. Y esa mujer -para él una tocapelotas- era yo.

Las horas y días siguientes escuché toda clase de explicaciones. Que no era para tanto. Que lo había sacado de contexto. Que había que entender lo que realmente quería decir… Hasta que me llegó una disculpa privada que acepté -craso error por mi parte-, pero poco después otros comunicados públicos desde su mismo partido siguieron alimentando exactamente aquello por lo que me había pedido perdón apenas unas horas antes. De aquello aprendí que hay personas que utilizan las disculpas igual que utilizan los discursos. No para reconocer realmente un error, sino para gestionar las consecuencias de haberlo cometido mientras calibran el siguiente movimiento en el tablero del juego.

Esta historia podría haber acabado ahí y ser una anécdota desagradable más de las muchas que acumulamos -sobre todo nosotras- en nuestro paso por la política. Pero el problema es que el tiempo tiene memoria y la memoria, aunque a veces tarde, suele ser bastante terca. Así que hoy, de regreso a casa, he vuelto a acordarme de aquella frase. Ni mucho menos por nostalgia, desde luego. Más bien porque sigo sin poder evitar preguntarme qué significa exactamente eso de tener la vida ordenada. ¿Proyectar una imagen impecable mientras se exige ejemplaridad a los demás? ¿Ofrecer versiones convenientes cuando determinadas decisiones necesitan ser explicadas? ¿Administrar cuidadosamente lo que se cuenta y, sobre todo, lo que se calla?

Reconozco que sigo sin saberlo y que quizá el problema sea mío porque nunca he entendido demasiado bien en qué consiste ese supuesto orden, pero lo que sí sé es que durante estos años he visto y sigo viendo demasiados ejemplos de lo contrario.

He visto cómo se invocan los valores familiares para justificar una decisión y cómo desaparecen discretamente cuando ya dejan de resultar útiles. He visto cómo se habla de principios mientras se negocian excepciones. Cómo se apela constantemente a la ética para juzgar a los demás mientras se pide comprensión infinita para uno mismo. Cómo determinadas trayectorias políticas se presentan como sacrificios personales cuando en realidad son simples movimientos dentro del mismo tablero.

Y no, no estoy hablando de la vida privada de nadie porque sigo creyendo que esa debería ser siempre eso: privada. No me interesan las relaciones sentimentales de ningún cargo público. Nunca me han interesado. Lo que me interesa es la diferencia entre la verdad y lo que nos cuentan. Entre lo que ponen de escaparate y lo que realmente estamos comprando. Y quizá justo por eso mi decepción ya no distingue demasiado entre unas siglas y otras.

Sería muy fácil escribir hoy señalando únicamente a un partido. Puede que algunos todavía esperen eso de mí, pero llevo demasiado tiempo dentro como para caer en simplificaciones tan cómodas y siento la misma decepción cuando veo determinados nombramientos o determinadas puertas giratorias disfrazadas de casualidad que cuando observo a una parte de mi izquierda olvidarse por completo de todo aquello que debería defender con uñas y dientes. La siento cuando el feminismo se convierte en una pancarta que se despliega y se recoge según conviene. Cuando la salud mental sirve para hacer campañas, pero no para tratar con humanidad a quienes atraviesan momentos difíciles. Cuando se castiga la discrepancia interna. Cuando la obediencia empieza a cotizar más alto que la honestidad. Y, por supuesto, cuando unas siglas -me da igual cuáles sean- se colocan por encima de las personas.

Os pongo un ejemplo. Esta pasada semana hemos asistido en nuestra región a nuevos pactos que hace apenas unos meses nos habrían parecido imposibles, pero que ahora hemos comprobado que hay quien defiende y vota hasta con entusiasmo. Alianzas que nadie habría sabido explicar sin sonrojarse. Dirigentes que descubren afinidades donde antes solo veían incompatibilidades. Operaciones políticas tan difíciles de defender que terminan justificándose únicamente porque vienen avaladas por quien les manda y porque, por supuesto, pobre de quien se atreva a discrepar y mucho más a hacerlo en público.

Mientras tanto, la otra gente, la que vive fuera de los despachos y de las ejecutivas varias, ve cómo unos y otros cambian de discurso según conviene. Cómo las líneas rojas se mueven. Cómo las convicciones se adaptan a las circunstancias. Cómo la coherencia se convierte en una especie de chicle pegajoso que se estira cada vez más, pero sin llegar nunca a pringarlos del todo. Y claro, esa misma gente es la que acaba llegando a la conclusión más peligrosa de todas: que da igual quién gobierne porque, al final, todos hacen lo mismo. Todos son iguales.

Y esa es probablemente la mayor derrota de la política. No la de un partido, una ideología o un gobierno. La derrota de la confianza del pueblo. Porque esa sí que no desaparece de golpe, sino que se va erosionando poco a poco. Con cada contradicción, con cada traición, con cada explicación incompleta, con cada ejercicio de cinismo disfrazado de pragmatismo y con cada lección moral impartida por quien no está dispuesto a aplicársela a sí mismo.

Así que por todo esto, esta noche, casi al mismo tiempo en el que en mi pueblo se quemaba la bruja, he vuelto a pensar en aquella frase: “Ordenar la vida”. Y perdonadme, pero me he reído. Sí. Porque tiene cierta gracia que en esa vida ordenada que algunos te mandan se siga viendo bien que haya favores que con favores se pagan, que determinadas puertas siempre se abran para los mismos o que se sigan quemando brujas que no son de cartón ni culpables de nada por todo un pueblo. Y también porque está claro que, por muchos años que pasen, las poco ordenadas seguimos siendo exactamente igual de tocapelotas, incluso cuando decidimos salirnos del tablero antes de acabar la partida.

En fin. Yo no sé nada de ajedrez, apenas sé jugar un poco a las damas, pero sí que sé que a veces la mejor jugada no consiste en ganar como sea. Ni siquiera en buscar unas tablas honrosas. A veces la mejor jugada es simplemente saber levantarse a tiempo de la mesa antes de perderse a una misma.

Eso, para mí, en cualquier juego, como en la vida o la política, es ganar. Y por jaque mate.