“El cachete y la bofetada a tiempo eran lo normal”: cómo afecta haberlos recibido de pequeños a la hora de criar

Lucía M. Quiroga

25 de octubre de 2026 21:21 h

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Cuando Ana era pequeña, en la década de los años ochenta, recibió insultos, gritos y golpes por parte de su padre y de su madre. “Los gritos eran la manera habitual de comunicarte algo cuando no hacías caso, y las bofetadas te caían sin problema por muy poca cosa. Recuerdo también bastantes insultos. Mi padre nos pegaba con el cinturón y le daba palizas a mi hermano”, recuerda. Pide utilizar un nombre ficticio porque sus padres todavía viven, aunque no ha logrado enderezar su relación con ellos. “Me fui de casa con 18 años por razones obvias, y a día de hoy tenemos la relación mínima imprescindible”. 

Ana tiene ahora dos hijos pequeños. Cree que el trato que recibió durante la infancia ha condicionado su forma de educarles: “Tengo muy claras las cosas que no me gustaban cuando era niña, que me provocaban miedo, tristeza, impotencia y rabia. Lo recuerdo bien y precisamente por eso evito hacerlo con mis hijos”, asegura. Nunca les ha pegado ni insultado, aunque sí se le escapa algún grito en situaciones de tensión o de prisa: “Pero cuando ocurre, por supuesto les pido perdón y les explico que me he equivocado. Algo que, a día de hoy, mis padres nunca han hecho conmigo”. 

Tengo muy claras las cosas que no me gustaban cuando era niña, que me provocaban miedo, tristeza, impotencia y rabia. Lo recuerdo bien y precisamente por eso evito hacerlo con mis hijos

Datos oficiales 

El caso de Ana no es ni mucho menos aislado. Una encuesta reciente del CIS confirma lo que asociaciones y colectivos llevan años denunciando: son muchas las personas adultas que afirman haber sufrido violencia física y psicológica en la infancia. Por primera vez, este organismo público ha publicado un informe específico sobre vulnerabilidad en la infancia y la adolescencia. Una de las preguntas incluidas indaga sobre la violencia recibida.  

El resultado: casi la mitad de las personas adultas encuestadas afirma haber sufrido violencia física como castigo –golpes, bofetadas– y violencia verbal –insultos, humillaciones– por parte de los adultos que les cuidaban. En concreto, el 49,1% de los encuestados asegura que “le insultaron, humillaron o hicieron sentir que no valía nada”. Un 48,6% dice que “le dieron bofetadas o golpes como castigo”, mientras que un 32,5% indica que “le golpearon, empujaron, tiraron del pelo o lanzaron objetos para hacerle sentir miedo o hacerle daño”. 

El 49,1% de los encuestados asegura que “le insultaron, humillaron o hicieron sentir que no valía nada”. Un 48,6% dice que 'le dieron bofetadas o golpes como castigo'

Los datos son semejantes a otros presentados el año pasado por el Ministerio de Juventud e Infancia, que señalaba que un 48,1% de las personas encuestadas padecieron violencia psicológica durante su infancia y adolescencia, “siendo los progenitores los principales perpetradores”. Un 40,5% reconocía haber sufrido violencia física, también a manos de sus padres. Por su parte, UNICEF calcula que aproximadamente tres de cada cuatro niños y niñas de entre dos y cuatro años (alrededor de 300 millones en todo el mundo) son castigados habitualmente de forma violenta por parte de sus padres y cuidadores. Save the Children denuncia que en España son uno de cada cuatro. 

La encuesta reciente del CIS no pregunta si aquellos que son padres y madres en la actualidad han notado que haber sido educados padeciendo esas violencias influya en la forma en que ahora educan, pero hay otros estudios que sí han establecido esos paralelismos. Como este de UNICEF, que concluye que los padres y madres que sufrieron violencia durante la infancia tienen más probabilidades de validarla y aplicarla con sus propios hijos e hijas.

Consecuencias de la violencia

La abogada Violeta Assiego es experta en perspectiva de infancia y Derechos Humanos. Según ella, es “inevitable” que los patrones violentos en la educación interfieran luego en la parentalidad. “Un niño o niña que crece en un entorno de violencia aprende patrones y roles de relación violentos. A veces es una cuestión de pura supervivencia, lo vemos también con la violencia de género”. Assiego suele utilizar paralelismos entre la violencia contra la infancia y la violencia machista para explicar la gravedad del mal llamado “bofetón a tiempo”, que justifica o relativiza agresiones a niños y niñas por parte de sus padres. “Tenemos que imaginar qué pasaría si un hombre le pega un bofetón a su mujer”, propone. Y añade: “No podemos perder de vista nuestra superioridad física, psicológica y afectiva sobre los niños y niñas, para comprender que usar esa superioridad les puede causar un daño psicológico y también físico”. 

Desde la Plataforma de Infancia, que agrupa a asociaciones que trabajan por los derechos de niños y niñas, creen que es imprescindible desterrar este tipo de prácticas de la educación. Así lo explica Almudena Escorial, responsable de incidencia política: “La violencia es una vulneración de los derechos de los niños y niñas y de su dignidad como personas. Además, tiene impacto para su salud física y psicológica. En función de la gravedad de las agresiones y de la edad del niño, puede dar lugar a lesiones serias. Pero además puede tener consecuencias psicológicas, problemas psicosomáticos, alteraciones del sueño…. También puede generar ansiedad, inseguridad, depresión, baja autoestima, problemas de conducta y dificultades para relacionarse”, enumera Escorial. 

Un niño o niña que crece en un entorno de violencia aprende patrones y roles de relación violentos. A veces es una cuestión de pura supervivencia, lo vemos también con la violencia de género

Coincide en la gravedad de las secuelas la psicóloga y psicoterapeuta Beatriz Cazurro, especializada en trauma, infancia y adolescencia. “No todos los niños muestran el impacto de la misma manera. La violencia puede afectar a la regulación emocional, a la autoestima, a la capacidad de confiar en los demás, a la percepción del propio cuerpo y a la manera de relacionarnos. Vemos muchos problemas en el aprendizaje, la atención u otras funciones ejecutivas. También trastornos de la conducta alimentaria, síntomas obsesivos y autolesiones. De hecho, gran parte de la sintomatología que vemos hoy en día en pacientes adultos tiene sus raíces en la violencia sufrida en estas relaciones”, asevera la psicóloga. 

Romper patrones violentos

En sus libros Los niños que fuimos, los padres que somos y Atender lo invisible, Cazurro analiza el peso de las experiencias pasadas en la maternidad y paternidad, y advierte sobre las prácticas violentas que se siguen justificando como parte de la educación. Sin embargo, es optimista: cree que hay formas para evitar reproducir esos patrones. “Nuestra historia puede influir en cómo criamos, pero no tiene por qué ser determinante. Aunque pueda haber una mayor probabilidad de ejercer violencia si la hemos recibido, porque la hemos normalizado, eso no significa que no haya esperanza de encontrar otra forma de relacionarnos con nuestros hijos. La maternidad y la paternidad son etapas de oportunidad para revisar nuestras infancias, tomar conciencia de cómo nos han afectado y aprender otras formas de acercarnos a nuestros hijos”, asegura la experta.

María es madre soltera por elección. Intenta aplicar con su hijo una educación positiva, sin golpes, gritos o castigos. Aunque reconoce que no siempre ha sido fácil: “Cuando el niño tenía dos o tres años y tenía rabietas continuas, mordía y arañaba, yo perdía los nervios varias veces al día”. Nunca llegó a pegarle, pero sí reconoce un episodio doloroso: “Hubo una vez que le cogí de los hombros y le puse contra la pared muy fuerte. Al momento me eché a llorar porque me vi a mí misma fatal, y me pregunté qué estaba haciendo”. María no cree que el origen de esos impulsos violentos esté en su propia casa: “Nunca me han pegado ni mi padre ni mi padre, a pesar de que la forma de educar antes era esa: la zapatilla voladora y la letra con sangre entra”. Sin embargo, sí recuerda con nitidez los episodios violentos por parte de las monjas que la educaban en un colegio religioso: “Nos pegaban habitualmente capones y golpes en la cara. Una vez, con cinco o seis años, una de ellas me dio un golpe en la cabeza mientras yo comía un bocadillo. En otra ocasión, salí a la pizarra, no me sabía algo y otra monja me agarró de la coleta arrancándome un mechón de pelo”, rememora. “Eso sí que me afectó y a día de hoy lo recuerdo”, añade.

Ricardo, padre de dos, siente que su propia educación pesa a la hora de relacionarse con sus hijos: “Tengo 54 años y fui educado con métodos tradicionales: el cachete y la bofetada a tiempo. En mi casa era lo normal”. Tras convertirse en padre, pudo reflexionar sobre su propia experiencia, pero a veces todavía ejerce una violencia parecida a la que recibió. “Sé que a día de hoy esto no es aceptable y procuro contenerme. Esto que voy a contar no me hace sentir orgulloso, pero reconozco que cuando pierdo los nervios grito muy alto, amenazo e incluso he llegado a agarrar fuerte de los brazos a mis hijos. Me da vergüenza incluso reconocerlo y estoy tratando de evitarlo”, cuenta este padre. 

La violencia puede afectar a la regulación emocional, a la autoestima, a la capacidad de confiar en los demás, a la percepción del propio cuerpo y a la manera de relacionarnos

Almudena Escorial también cree, como la psicóloga Cazurro, que hay posibilidades de romper con ese modelo violento. “Haber sufrido violencia en la infancia no implica necesariamente reproducirlo en el futuro con los hijos o hijas. Pero sí es cierto que los niños y niñas que crecen en entornos violentos pueden llegar a normalizar esas conductas y presentar un mayor riesgo de reproducirlas o de tolerarlas en sus relaciones futuras. Pero repito, esto no ocurre de manera inevitable y además se puede prevenir mediante apoyo, protección y políticas públicas”. De hecho, desde la Plataforma de Infancia creen que los últimos datos del CIS “visibilizan la necesidad de que las políticas públicas y las leyes se ocupen de la violencia hacia los niños y las niñas”. “No es un asunto privado, es un asunto sobre el que se debe actuar para poder prevenirla”, afirma Escorial. 

En la misma línea, la abogada Violeta Assiego cree que los datos del CIS desmontan la creencia de que “no pasa nada” por pegar, gritar o insultar a un niño o niña. “Hay una falsa creencia generalizada de que los niños y niñas son como esponjas: que todas las cosas que viven las integran, las olvidan. Como si los traumas y el dolor no les afectarán. La encuesta del CIS es especialmente relevante porque desmonta eso: lo que viene a decir es que no, que las personas adultas tienen esa mochila de la violencia que han sufrido en sus carnes y que les afecta en sus relaciones”, asegura. Assiego defiende que la ley orgánica de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia (LOPIVI) ponga en valor el buen trato a la hora de relacionarse con los niños y niñas: “Hay que poner en práctica el buen trato como condición necesaria para que los niños y niñas crezcan de manera sana, sin las secuelas de las violencias”, asegura.

[Las monjas] nos pegaban habitualmente capones y golpes en la cara. Una vez, con cinco o seis años, una de ellas me dio un golpe en la cabeza mientras yo comía un bocadillo. En otra ocasión, salí a la pizarra, no me sabía algo y otra monja me agarró de la coleta arrancándome un mechón de pelo

Desde la Plataforma de Infancia también valoran los avances legislativos de la LOPIVI, pero creen que hay que ir más allá: “Es una ley que tiene cosas positivas, por ejemplo ha traído muchos avances en política pública para que no haya ninguna tolerancia hacia la violencia hacia niños y niñas. Pero hay que poner muchos más esfuerzos todavía en su correcto desarrollo e implementación”, asegura Almudena Escorial. 

La psicóloga Beatriz Cazurro invita a los padres y madres a revisar su propia historia para evitar reproducir conductas: “Es importante entender que la violencia en la infancia es algo que sucede dentro de la relación más importante que tiene un niño: la relación con sus cuidadores. Por eso, la violencia hacia los niños no tiene justificación, pero quizá, si entendemos de dónde surge, podamos ayudar mejor a padres y madres a no perpetuarla”, concluye.