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Yo tampoco sé qué hacer con mis hijos cada día: desmitificando el verano de planes y “recuerdos imborrables”

Los dos hijos de Azahara Palomino, que tienen cinco y siete años, se levantan muchos días de verano con una pregunta en la boca: “Mamá, ¿qué vamos a hacer hoy?”. “Asumen que tengo algo preparado, pero a veces se me acaban las ideas y llega un momento en que no hay plan”, reconoce esta madre. “Es muy difícil conciliar trabajo y maternidad. Yo intento pensar planes especiales, pero ellos tienen demasiadas vacaciones en comparación con lo que disponemos los mayores. Reconozco que algunas tardes lo único que necesito es quedarme en casa y descansar, porque el cuerpo no puede más, y entonces les dejo jugar demasiado a la consola. Pero luego me siento mal, me culpabilizo porque no han hecho nada más que eso”, explica esta madre.

Durante las vacaciones escolares, es habitual que los niños y niñas demanden hacer cosas diferentes o planes especiales. También algunas madres y padres se esfuerzan por ofrecérselos, pero no siempre en la práctica se puede cumplir con esas expectativas. Las redes sociales o la idealización que tenemos interiorizada nos pueden hacer pensar en un verano lleno de playa, montaña, viajes y planes diferentes. Pero lo cierto es que esta época se acaba pareciendo más a un tetris imposible de campamentos, abuelas, teletrabajo, vacaciones troceadas o soluciones creativas para quien puede permitírselas.

Sylvie Pérez es psicopedagoga y profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación en la UOC. Según ella, “muchas madres y padres sienten una enorme presión por ofrecer el verano perfecto: campamentos, excursiones, experiencias memorables…”. También cree que esa exigencia surge a menudo “de la comparación social” y no “de las verdaderas necesidades de los hijos”. Por eso propone rebajar las expectativas, aclarando que eso “no significa conformarse con menos, sino liberarse de una exigencia poco realista”. “No todas las familias tienen los mismos recursos, el mismo tiempo ni las mismas circunstancias. Y eso no convierte un verano más sencillo en un verano peor”, asegura.

La psicopedagoga Sylvie Pérez cree que la exigencia por crear un verano perfecto surge a menudo 'de la comparación social' y no 'de las verdaderas necesidades de los hijos'

La psicóloga perinatal Rosa Otero explica la importancia de diferenciar entre la expectativa de las vacaciones con niños y la realidad que vivimos –las también llamadas “mataciones”. “A menudo, cuando hablamos de conciliación, la colocamos bajo el prisma de que es una cuestión de organizarse mejor, pero la primera pregunta debería ser: ¿qué significa realmente conciliar? Significa poder equilibrar dos cuestiones que exigen diferentes compromisos y ritmos o a las que nos podemos aproximar de maneras diferentes. Y esto no parece que sea similar al concepto de vacaciones que tenemos”, reflexiona. A esto hay que sumar, según Rosa Otero, la idealización a la que nos llevan las redes sociales. “Ahí nos encontramos unos estándares de perfección inalcanzables, que acaban llevándonos a sentirnos culpables”, asegura.

Algo que suele pasarle habitualmente a Ana, madre de dos. “Como estoy cansada y cargada de trabajar y cuidar, acabo pasando más tiempo de la cuenta en redes sociales, y eso es contraproducente total. Pareciera que todo el mundo está en la playa o en la piscina, venga puestas de sol, venga chiringuitos, venga niños y niñas ideales jugando al aire libre. Pero claro, esa no es la realidad. La gente no enseña en sus perfiles cómo es trabajar por la noche cuando los niños se duermen, hacer la compra con dos bebés o intentar sobrevivir al calor sin más recursos que un ventilador y una tele”, explica.

Sylvie Pérez subraya la importancia de acabar con la idea de que es necesario hacer planes especiales cada día del verano. “No hace falta convertir cada día en una experiencia extraordinaria. Los menores no necesitan un verano lleno de estímulos para ser felices ni para aprender. De hecho, un exceso de planes puede generar cansancio, dependencia del entretenimiento externo y la sensación de que siempre tiene que estar ocurriendo algo para disfrutar”, aclara Pérez. Y propone buscar un cierto equilibrio donde la tranquilidad gane peso. “Puede ser un tiempo para recuperar un ritmo más humano, compartir momentos cotidianos, jugar sin un objetivo concreto o simplemente estar”, asegura la experta.

La gente no enseña en sus perfiles de redes cómo es trabajar por la noche cuando los niños se duermen, hacer la compra con dos bebés o intentar sobrevivir al calor sin más recursos que un ventilador y una tele

Manuel tiene una hija pequeña a la que apenas ve durante el curso escolar. “Trabajo lejos de casa, por lo que veo a mi hija el rato que la llevo al colegio: cuando vuelvo por la noche suele estar ya durmiendo”, explica. Así que reconoce que, en verano, cuando pasan más tiempo juntos, intenta “compensar”. “No podemos ir todos los días a un parque de atracciones o a un plan muy especial, pero tampoco nos podemos quedar en casa todos los días viendo la tele”. Su familia vive en Madrid, donde el calor suele limitar la posibilidad de planes gratuitos al aire libre, y denuncia que otras propuestas interesantes que a lo largo del año sí se dan, en verano se cortan: “Un cuentacuentos en una biblioteca, una obra de teatro, lo que sea, en verano no hay nada. Así es muy difícil entretenerla”, protesta.

Andrea, también madre de una niña pequeña, reconoce sentir “mucha culpa”, ya que la lleva a la escuela infantil incluso cuando ella está de vacaciones. “Va unas horas por la mañana y eso me permite a mí tener algo de vida, hacer deporte o tener un respiro. Además, allí hacen actividades chulas y le dan de comer, lo que para mí supone una carga menos”, reconoce. Su familia ha encontrado cierto equilibro en esta fórmula, que le asegura que al menos algunos de los básicos estén cubiertos. “Si no, no sabría qué hacer en casa con ella todo el día, aunque luego la llevo con remordimientos”, admite.

“Nuestros hijos y nuestras hijas tienen vacaciones, pero nosotras seguimos teletrabajando, con la carga mental de las cosas de la casa, papeleos, trámites, etc. ¿Cuándo fue la última vez que pudimos descansar diez minutos? ¿Y cómo vamos a hacerlo entre facturas, lavadoras, actividades e informes por entregar? El descanso es una necesidad humana. Si no descansamos, difícilmente podremos seguir el ritmo”, asegura la psicóloga perinatal Rosa Otero. Para poder descansar sin culpa, propone bajar la expectativa sobre los planes en verano: “Lo primero que debemos hacer es preguntarnos tres cosas: qué necesito yo hoy, qué necesita mi criatura y qué necesitamos a nivel familiar. Y a partir de ahí lo aterrizamos a nuestra realidad cotidiana: a lo mejor, hoy, solo necesitamos poder ir a hacer la compra”, explica Otero.

Lo primero que debemos hacer es preguntarnos tres cosas: qué necesito yo hoy, qué necesita mi criatura y qué necesitamos a nivel familiar. Y a partir de ahí lo aterrizamos a nuestra realidad cotidiana

La psicóloga también invita a dejar de idealizar la cotidianidad de las vacaciones. “Deberíamos plantearnos que quizás el ideal no debiera ser la perfección, sino más bien poder hacerlo suficientemente bien, acabar con dignidad el día”. Siguiendo con el ejemplo del supermercado, recomienda marcarse pocos objetivos diarios: “Es que imagínate si además de ir a la compra, quieres hacer una manualidad, leer un libro y jugar al fútbol con los peques... A la vez que haces la lista de la compra, les bañas, les acompañas al sueño y piensas en el informe de curro que tienes que acabar. Es imposible. Mientras que, si la única expectativa es la compra, el baño, dormir y el informe de trabajo, la cosa cambia”, asegura. Por eso propone simplificar al máximo: “Hay que ir a los básicos, hacer una cosa al día. A lo mejor mi objetivo hoy es que esté cinco minutos haciendo un dibujo. El objetivo de mañana es leer juntos un cuento. Y cuando sumamos, al cabo de 30 días, esa única cosa al día, tenemos una bonita imagen del verano”, plantea Otero.

La psicopedagoga Sylvie Pérez también cree que hace falta rebajar expectativas y buscar la tranquilidad. “Sería beneficioso para toda la familia”, asegura. E introduce un elemento a tener en cuenta: la necesidad de dejar espacio para el aburrimiento. “Sabemos que, cuando no es crónico ni está asociado a una situación de desatención, el aburrimiento cumple una función muy importante en el desarrollo. Es un espacio que invita a la creatividad, a la iniciativa, a la resolución de problemas y al juego espontáneo”, explica la experta. “Hoy existe cierta incomodidad con los tiempos muertos y tendemos a llenarlos inmediatamente con actividades o pantallas. Sin embargo, aprender a tolerar esos momentos también es una habilidad emocional”, añade.

Para Pérez, esa búsqueda de la tranquilidad y la sencillez sí puede suponer un verdadero aprendizaje para niños y niñas. “Los niños no suelen recordar un verano por la cantidad de actividades realizadas, sino por cómo se sintieron. Lo que deja huella es sentirse seguros, tener tiempo compartido, reír juntos o vivir pequeños momentos cotidianos. Quizá uno de los mejores regalos que podemos hacerles es transmitir que descansar, ir despacio y disfrutar de lo cotidiano también forman parte de una infancia saludable”, concluye.