Consultorio
“Mi suegro me mira raro mientras doy la teta, ¿qué puedo hacer?”
Mi suegro me mira rarísimo cuando doy la teta, una mirada entre lasciva e inquisitoria. Además se acerca mucho a mí: una vez, poco más y me toca la teta para ver cómo comía el niño. Fue súperdesagradable. Cuando le dije que no hacía falta que se acercara tanto, la miradita de odio suya y la de flipar de su hijo fueron tremendas. Tampoco le dije nada raro, solo quería dar el pecho a mi hijo en mi sofá tranquilamente
La situación que cuenta Virginia a través del consultorio no es ni mucho menos una excepción. Aunque no existen estadísticas oficiales, las miradas lascivas, sexualizadas o invasivas por parte del entorno a una madre que está dando el pecho son habituales. Madres lactantes de distintas edades y procedencias cuentan situaciones parecidas. Y diferentes organizaciones relacionadas con la lactancia, como LactApp o El Parto Es Nuestro, han alertado sobre los entornos hostiles a la hora de dar la teta. Las tres expertas consultadas para este artículo también coinciden en que han recibido numerosos testimonios parecidos a lo largo de su trayectoria profesional.
“He sido testigo de situaciones muy parecidas vividas por mujeres que están dando de lactar a sus bebés, siempre por parte de cuñados o suegros”, señala la psicóloga perinatal Diana Crego. También da fe de ello Mª Ángeles Rodríguez, psicóloga y sexóloga en la Unión de Asociaciones Familiares (UNAF): “Por desgracia es habitual que las mujeres nos encontremos dentro y fuera de la familia en situaciones incómodas y violentas”. Rodríguez no duda en calificarlo como “una forma de violencia sexual”. Sonia Encinas, sexóloga, reconoce que la situación descrita por Virginia es “especialmente grave”, y, por lo tanto, no tan habitual, aunque sí lo son otro tipo de vivencias incómodas dando la teta.
“Es uno de los escenarios que nunca dejarán de sorprenderme”, dice la psicóloga perinatal Diana Crego, a pesar de señalar que ha visto en consulta muchos casos parecidos. “Me resulta una circunstancia muy violenta para la madre y también para el bebé, porque tiene mucho que ver con la sexualización del cuerpo de las mujeres y la invasión del cuerpo y de la intimidad. Es deleznable objetualizar el cuerpo de las mujeres de ese modo”, asegura.
Mª Ángeles Rodríguez, que coordina el área de Culturas, Géneros y Sexualidades de UNAF, contextualiza la situación en un marco más amplio: “Es el patriarcado el que no puede mirar un pecho sin convertirlo en algo erótico”, denuncia. “Esa mirada no ve a una madre alimentando a su bebé, sino una teta que atrae la atención, que es observada sin ningún respeto ni consentimiento, porque como está visible o expuesta, se puede mirar y tocar”, explica la experta.
Analizando la escena descrita por Virginia, la sexóloga Sonia Encinas señala las dos dimensiones que la atraviesan: “Hay dos cuestiones graves. La primera, la falta de respeto del suegro, que sobrepasa los límites personales de una forma que, con lactancia o sin ella, resultan violentos. A eso hay que sumarle una situación de vulnerabilidad como lo es estar dando el pecho a tu bebé. Y la segunda, la desprotección por parte de la pareja, cuya función es precisamente la de cuidar a la díada mamá-bebé y garantizar su bienestar”, analiza la experta. Para ella, se trata de “una desprotección doble”, ya que además, “cuando la madre pone un límite y expresa su incomodidad, se la invalida”.
Decir de modo conciso y claro que es un comportamiento inapropiado y violento para la madre pone sobre la mesa los sentimientos de ella al mismo tiempo que se establece un mensaje de rechazo hacia esa conducta
La necesidad de poner límites y respetarlos
Cuenta Diana Crego que, en los casos que ella ha acompañado, esas actitudes invasivas venían siempre de parte “del suegro o del cuñado”, no de familiares directos de la madre. Por eso invita a que sea en un primer momento la pareja quien se encargue de marcar claramente los límites, “por parentesco y porque suelen ser mejor acogidos cuando hay un lazo más estrecho”. La psicóloga perinatal propone hacerlo así: “Decir de modo conciso y claro que es un comportamiento inapropiado y violento para la madre pone sobre la mesa los sentimientos de ella al mismo tiempo que se establece un mensaje de rechazo hacia esa conducta”, explica.
Coinciden en la necesidad de poner límites desde UNAF, donde trabajan a diario con situaciones familiares complejas que pueden requerir mediación. En su caso, sugieren que sea la madre lactante quien exprese ese rechazo. “Ante cualquier situación que le haga sentir mal o incómoda, [la mujer] tiene todo el derecho de decirlo abiertamente. También tiene derecho a alejarse de esa persona y pedirle que se vaya a otro lugar o irse ella”, asegura Mª Ángeles Rodríguez. Y aporta algunos ejemplos prácticos que pueden servir en una situación así: “Puede utilizar fórmulas del tipo: ‘Perdona, esta situación me hace sentir incómoda, preferiría que…’ en vez de confrontar directamente, si cree que eso puede aumentar la violencia o simplemente no le apetece”. Por último, recomienda hablar con la pareja para explicarle cómo se siente y lo que necesita, “aunque al principio no la entienda”.
La sexóloga Sonia Encinas no cree que haya que dar ningún consejo específico a esa madre, ya que en el caso de Virginia “ella ya está poniendo un límite de forma asertiva”. Se trata más bien de validarla y acompañarla. “Es normal sentirse incómoda y violentada, no tiene por qué aceptar ni callar o hacer como si nada”, expone Encinas. Además, señala que el simple hecho de poner el límite “ya es un esfuerzo importante en una situación de vulnerabilidad, y no siempre se tiene la capacidad de hacerlo”. De ahí que proponga poner el foco sobre quien intimida: “Aquí el problema no es, ni mucho menos, la reacción de la madre en lactancia. El problema y la responsabilidad es de ese señor al que no le importa incomodar y que después invalida, junto al resto del entorno que no interviene en una situación así”, denuncia Encinas.
Ante cualquier situación que le haga sentir mal o incómoda, [la mujer] tiene todo el derecho de decirlo abiertamente. También tiene derecho a alejarse de esa persona y pedirle que se vaya a otro lugar o irse ella
Pero, una vez puesto el límite, ¿qué ocurre si no se respeta? “Si con ese aviso el familiar no hace caso, que puede suceder, la madre puede preguntarse qué hacer si sigue ocurriendo. Y ahí hay varias opciones diferentes: no dar de mamar delante de esa persona, distanciarse del familiar, utilizar como mediador a otra persona de la familia o denunciar ante las autoridades. Cada contexto requerirá de una medida u otra”, enumera la psicóloga perinatal Diana Crego. También Sonia Encinas propone a las mujeres en esa situación “que hagan lo que más las cuide”: “Tanto si quieren protegerse no dando de mamar en según qué entornos, como si quieren ocupar el espacio y que se incomode quien se tenga que incomodar. No todas podemos sostener lo mismo, así que, quizá, para cuidarnos, nos tenemos que preguntar qué podemos sostener y qué no, en pro de nuestro bienestar y el de nuestras criaturas”, propone la sexóloga.
Abriendo el foco al resto del entorno, desde UNAF Mª Ángeles Rodríguez invita a respetar los límites y cuidar a la madre y al bebé. “El entorno cercano tiene que atender las necesidades de las mujeres: escuchar y aceptar sus emociones y respetar sus decisiones en las crianzas. Formar parte del entorno familiar no da derecho a ignorar o a infantilizar a las mujeres, tomando decisiones por ellas o invalidando sus opiniones y sentimientos. La sociedad en su totalidad necesita seguir avanzando en igualdad, el buen trato y la erradicación de la violencia hacia las mujeres”, señala Rodríguez. También Sonia Encinas propone mirar más allá: “El resto de la sociedad debe velar por cuidar a una madre que amamanta, una labor íntima y titánica a la vez”, concluye.