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Gafas lilas para la Sociedad Bilbaína

la herencia milenaria de micromachismos habita en nuestras células pensantes, algo que tanto nos cuesta detectar y corregir

Tras dejar la acera de la calle Navarra, célebre vía bilbaína sobre la que han caminado tantas y tantas expresiones multitudinarias de personas en favor de una larga lista de derechos humanos, entre otros los de la mujer, penetro al selecto club de la Sociedad Bilbaína a través de una puerta giratoria de cristal. Al ir a atravesarla el tipo de entrada se me presta a rememorar, de manera involuntaria, algunos casos de libro de puertas giratorias: Felipe González, Aznar, Josu Jon Imaz... Son las élites de poder en estado destilado formadas por hombres, término en este caso más preciso que personas. También llega a mi cabeza el turno del señor Asier Atutxa, ex-presidente del Puerto de Bilbao y recién fichado por la consultora PwC, ésa que según wikipedia se cuenta entre las 'Big Four'. En los segundos que transcurren entre el giro del cristal y la llegada al vestíbulo, me pregunto qué se le pasaría por la cabeza y el corazón al tal Asier, en los días en que ha tenido conocimiento de que por sus dominios portuarios circulan contenedores de armas hacia Arabia Saudita, actividad económico-militar vetada por la eurocámara en diciembre de 2017.

Apostaría a que no ha sentido ni padecido, pues este hombre pasará a la historia como la autoridad gracias a la cual, a menos de un kilómetro de los barcos de la muerte, se ha levantado un muro para que esa pobre gente que llega de muy lejos buscando tan sólo una vida normal no pueda desplazarse hacia Inglaterra. Es la libertad de movimiento a las armas para matar, es decir al negocio a cualquier precio, y la negación de la misma a las personas que buscan sobrevivir. Es la desobendiencia al embargo aprobado por la UE contra la guerra sanguinaria en Yemen, y el grito en el cielo ante la otra desobediencia que tan sólo coloca el derecho a una vida digna por delante de las leyes.

Mientras espero en el hall la llegada del ascensor, a través de mis gafas algo lilas tengo de pronto una visión que me deja lo suficientemente atónito como para preferir subir en el viaje siguiente: la placa que recoje la composición actual de la Junta directiva y de la Comisión de Admisión de este club. Leo uno a uno los nombres de todas las personas, mejor dicho miembros, contando veinticinco machos que ocupan el total de los asientos. No ha habido ni una sola fisura para mujer alguna, aunque sea una de ésas que a veces se ponen de adorno, por rellenar las posiciones finales de cualquier lista en plan 'bienqueda'. Agradecido a mis gafas por el enfoque, ahora sí emprendo el viaje en el ascensor, museo móvil forrado en bermejo, digno de película de gangsters, elegante y bonito como pocos en la ciudad. Me apeo en la segunda planta, y tras avanzar por el rellano circular me golpea otra visión propia de manual de primero de feminismo, o de preescolar de igualitarismo: dos secciones de unos treinta cuadros cada una, donde aparecen retratados una retahíla de prohombres del Bilbao de los últimos dos siglos. De nuevo las mujeres no existen.

En el debate, en el diálogo y en la educación tendremos que combatir aquellas ideas, miradas y costumbres a abolir

Estas dos visiones me sirven de excusa perfecta para entablar un diálogo con mis amigos y amigas ingenieras de promoción. Placa y cuadros que tienen que ver con la gran ausencia de mujeres conocidas en la historia de la ciencia, la tecnología, el arte, la cultura y otros campos del saber y del hacer. Placa y cuadros que en parte explican qué habita en nuestro subconsciente cerebral de 2018 para que aún haya tanta violencia machista en cualquiera de sus formas. No sólo en la más visible y trágica del asesinato, sino también en las del día a día, ésas que a veces duelen y mucho aunque se consientan de manera paciente. Es la herencia milenaria de micromachismos que habita en nuestras células pensantes, y que tanto nos cuesta detectar y corregir.

No seré yo quien en cualquier noche de éstas pase por la calle Navarra y, pañuelo en la cabeza, lance unos cocktails incendiarios contra sus cristales, con el desparpajo y el sentido de justicia de la grandísima protagonista de 'Tres anuncios en las afueras'. Pero eso sí, en el debate, en el diálogo y en la educación tendremos que combatir aquellas ideas, miradas y costumbres a abolir. Al igual que las simbologías franquistas, el eufemístico descubrimiento de América, o el mito de la supremacía del hombre blanco heterosexual a lo largo y ancho del mundo.

*Jose Daniel Gutiérrez Porsetes ingenierio superior de Telecomunicación

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