LOS LANZALLAMAS

José Antonio Kast: el discreto encanto de un iliberal ¿nazi?

6 de junio de 2026 09:53 h

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El libro Calle Londres 38 del escritor y abogado británico Philippe Sands, que bascula entre la trastienda del juicio histórico a Augusto Pinochet en Londres y el azaroso descubrimiento de la relación del oficial nazi Walther Rauff con el dictador chileno, presenta en la primera parte del ensayo, casi al pasar, al actual presidente chileno José Antonio Kast.

Sands cuenta que se interna en el barrio de Lo Curro de Santiago movido por los personajes de Nocturno de Chile de Roberto Bolaño, trasuntos de personas reales, para ver el lugar donde la DINA, la policía del régimen, quitó la vida al editor español Carmelo Soria. Narra Sands que un policía detuvo su paseo y el de sus dos acompañantes para que se identificaran. Después de negarse mantuvieron una conversación que incluyó una bisagra: “¿Son comunistas?”, preguntó el agente. “No”, respondió Sands y a partir de allí, el que acabó confesando fue el policía: dijo ser de izquierdas y que no pensaba votar a José Kast. Sands hace, entonces, una referencia de dos líneas para orientar al lector distraído: “Kast es el candidato presidencial de derechas, defensor de Pinochet, cuyo padre alemán se había afiliado al partido nazi”. 

José Antonio Kast es el benjamín de los diez hijos que tuvo el matrimonio de emigrados alemanes formado por Michel Kast y Olga Rist. Su padre fue soldado de las Wehrmacht, las fuerzas armadas de la Alemania nazi creadas por Hitler, y estuvo afiliado al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

No tenemos por qué hacer silogismos y deducir sin más que de tal palo tal astilla, pero a los 22 años, Kast era partidario del régimen pinochetista (vinculado con las raíces del régimen nazi tal y como la investigación de Sands revela) y lo expresa en la campaña de apoyo a un plebiscito que promovía en 1988 la permanencia de Pinochet en el poder, un referéndum que la dictadura perdió. 

Un joven Kast ocupa la pantalla de un video oficial con sus ojos azules, el pelo rubio sin la ceniza que luce hoy y una cabeza sostenida por un cuello fino, pidiendo con sinceridad a sus pares, los jóvenes, que voten con responsabilidad. Le falta lírica, es verdad, pero si la tuviera nos remitiría al joven oficial nazi, de su misma edad y un singular parecido físico, que en Cabaret de Bob Fosse canta Tomorrow belongs to me. Ahora el presente chileno pertenece a Kast. 

Así como el chico de Cabaret es de modales suaves bajo la luz del romanticismo alemán, Kast también es cuidadoso en las formas, al extremo de parecer un planeta extraviado del universo libertario. Es posible que exaspere a sus pares y saque de quicio con su parsimonia y educación a Donald Trump o a Javier Milei del mismo modo que consiguió romper la efigie de Mario Vargas Llosa en la campaña presidencial de 2021.

Kast, entonces, desde Santiago saludó al Nobel que estaba en Madrid con tal respeto, admiración y gratitud por recibir su apoyo, que Vargas Llosa perdió la paciencia y en lugar de responder al saludo, rompió a gritar: “¡Hay que ganar las elecciones, hay que ganar, ¿eh?!”. Kast no perdió el paso, insistió, y poco le faltó para emular a José Luis López Vázquez en Atraco a las tres: “aquí un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo...”

La conexión de aquel encuentro era promocionada por la Fundación Internacional para la Libertad que presidía entonces el peruano y que ya había matizado su condición liberal para apoyar a expresiones más radicales. En diciembre de 2018, en un encuentro en Madrid, la fundación recibió al recién designado ministro de Justicia brasileño Sergio Moro del Gobierno de Bolsonaro con una gran bienvenida por parte de Vargas Llosa. Hay que recordar que Moro llega a ese puesto por haber sido el juez del proceso que llevó a la cárcel al presidente Lula y que después devino en un caso de lawfare.

La fundación de Vargas Llosa junto con la estadounidense Heritage que apoya a Donald Trump, formaban parte de un grupo de organizaciones que promovieron la VI Cumbre Transatlántica “Por la libertad y la cultura de la vida” que se realizó en el Senado español coincidiendo con el anuncio del Gobierno de España de incorporar el aborto a la Constitución. El evento lo organizó otra fundación que las nuclea a todas: Political Network for Values, una suerte de internacional libertaria presidida entonces por José Antonio Kast. 

“Hay algo en el aire”, dijo Kevin Roberts, presidente de la Fundación Heritage en Santiago de Chile el día que asumió Kast: “Es muy emocionante”.

Así como Javier Milei en Argentina, después de más de cuatro décadas de democracia, es un retorno ideológico brutal a la dictadura de 1976, Kast es un regreso deliberado a los años de Pinochet y, si bien su narrativa es sosegada, no omite su ideario al considerar aquel periodo como la época más pacífica y estable de Chile. Es más, se considera el heredero de Augusto Pinochet. Es por esta razón que lo defiende y niega todas las atrocidades perpetradas en veintisiete años de dictadura.

Kast no ha denunciado ni mencionado jamás los mil doscientos campos de concentración y centros de tortura conocidos oficialmente en todo el país, las más de doscientos mil personas obligadas a un exilio forzado ni los treinta mil casos de violaciones de los derechos humanos. 

Miguel Krassnoff, un brigadier chileno sobre el que pesan más de ochenta condenas por crímenes, incluidos dos asesinatos durante la dictadura de los que jamás se arrepintió, y penas por más mil años, recibió la visita de Kast en la cárcel de Punta Peuco donde está arrestado, quien, después de la visita pidió su indulto. ¿Recibirá esa gracia ahora?

La investigación de Philippe Sands revela que Pinochet conoció, posiblemente, en Ecuador a Walther Rauff, oficial de las SS alemanas y diseñador de las cámaras de gas móviles, quien se instaló en la Patagonia donde dirigió varias empresas pesqueras y colaboró activamente en la represión de los años de plomo chilenos. Con todas estas sombras y alguna que otra luz cegadora, la pregunta que cobra forma es cómo puede José Antonio Kast haber conseguido en las elecciones chilenas unos resultados tan altos y singulares en su composición.

El apoyo a Kast fue transversal y sin bien el 58% de los votos emitidos pertenece a los sectores acomodados, en las mesas electorales de las franjas sociales más bajas consiguió el 69% de los sufragios, fenómeno similar al de las elecciones que ganó Milei en Argentina. 

Mark Fisher también se preguntaba en 2016, cuando Donald Trump alcanzó la presidencia por primera vez, cómo pudo un magnate inmobiliario ser un ventrílocuo de las preocupaciones y angustias, de la subjetividad de la clase trabajadora. Ese precariado, término que acuñó Bauman, que ha ido en aumento en las últimas dos décadas, se ha vuelto refractario a las narrativas progresistas que no resuelven sus problemas económicos y sociales. No es la corrupción aquello que mueve conciencias, es la exclusión y en esa fisura la precariedad neoliberal es capaz de encender luces que guían hacia un camino de emprendimiento y progreso individual. El descontento cambia de divisa y el nuevo destino es ser jefe aunque solo sea de uno mismo y creerse rico sin tener dinero. Así lo expresa un taxista o el dueño de un pequeño bar, pero también un becario o un rider que reparte comida 24 horas: hoy no hay respuestas para ninguno de ellos. ¿Mañana? Será otro día. Eso sí, más largo. 

Kast puede ser amable, pero el diablo está en los detalles. Durante la dictadura se hizo popular en Chile el tema musical Candombe para José, también conocido como Negro José, de un autor argentino que lo compuso en homenaje a un uruguayo (el candombe es un ritmo de raíz negra originario de Uruguay) y se convirtió en Chile en un canto de resistencia contra Pinochet. El azar quiso que tres países bajo un régimen militar expresaran su resistencia en una canción. En el cierre de campaña de Kast sonó Candombe para José con toda su fuerza. Muchos bailaban; otros estaban atónitos. ¿Alguien se imagina a Paco Ibañez cantando A galopar en un acto de Vox? 

Kevin Roberts de la Fundación Heritage no solo mostró optimismo por el cambio de aire en Chile. Recordó, sin mencionarlo, cuando Estados Unidos desplegó algunos buques de su armada frente a Valparaíso durante el golpe contra el gobierno de Salvador Allende. “Hay entusiasmo porque Estados Unidos está de nuevo en su patio trasero [´...in its backyard again’]”, dijo, “Anticipo que estaremos mucho por aquí”.