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Lula, el hombre que no tiene fin

11 de septiembre de 2026 23:22 h

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Dos digresiones para empezar. 

La primera. En diciembre de 2018 la Fundación Internacional para la Libertad que presidía Mario Vargas Llosa recibió en el Instituto Cervantes de Madrid al recién designado ministro de Justicia brasileño Sergio Moro del Gobierno de Jair Bolsonaro. Moro fue el juez estrella que llevó a la cárcel a Lula. Vargas Llosa aún no había expresado en público su apoyo a Bolsonaro como haría después, al igual que respaldó a José Antonio Kast en las elecciones chilenas de 2021. Una vez que dilucidó cuándo se jodió el Perú, Vargas Llosa salió a defender todo aquello que en la derecha, sin importar que fuera la más extrema, se moviera hacia el poder. A partir de entonces se trató de joder al resto. Claro que, no siempre las cosas salen como uno quiere. 

La operación Lava Jato dirigida por el juez Moro investigó las tramas vinculadas a la empresa petrolera estatal brasileña Petrobras y al gigante de la construcción Odebrecht, ambas beneficiadas por el auge experimentado durante el mandato de Lula. Moro señaló a Lula como uno de los principales sospechosos por corrupción pasiva y lavado de dinero, llegando a permitir la televisación de un interrogatorio al entonces expresidente, quien negó las acusaciones y exigió pruebas de las imputaciones.

Cuando llegaron las elecciones en las que triunfó Bolsonaro, Lula, el político con mayor apoyo en las encuestas, ya estaba en prisión. Pero en junio de 2019, un año después, el medio de investigación digital The Intercept, publicó mensajes telefónicos entre Moro y los fiscales discutiendo de manera ilícita la estrategia del juicio y en algunas de las filtraciones los investigadores dejaban claro que el fin que buscaban era acabar con Lula y su partido político. 

En noviembre de 2019, Lula fue puesto en libertad. El Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que tomó cartas en el asunto, concluyó que la investigación había vulnerado las debidas garantías del proceso. El final del affaire es conocido: después de quinientos ochenta días de prisión, Lula volvía a entrar en la carrera.

Segunda digresión. En 2006 surgió en Brasil la revista Piaui, un medio digital y de papel, similar en su filosofía editorial a elDiario.es o Mediapart de Francia. Piaui está dirigida por Mario Sergio Conti, quien en la década de los años noventa fue director de Veja. En aquellos años, Conti se tomó un permiso sabático para escribir una investigación demoledora del estado de los medios de comunicación en Brasil. Notícias do Planalto, el libro en cuestión, narra sin algodones y desde dentro, cómo los medios de comunicación impulsaron la llegada al poder del expresidente Fernando Collor de Mello en 1989 para después provocar su caída en 1992. De la radiografía de Conti no se salva nadie: ni propietarios, ni periodistas ni analistas. El libro, veinte años después, es un texto de referencia que, a juicio del historiador y ensayista político inglés Perry Anderson, se lee “como un documental de Balzac” y, siguiendo una lógica cartesiana, Conti fue fulminado de su puesto en Veja pero nació Piaui, que debe su nombre a uno de los estados más pobres del noreste de Brasil, en contraste irónico con Manhattan, sede de The New Yorker.

Estas dos digresiones, dos vértices del poder real de Brasil, marcan un contexto para leer a Lula, que no presenta un perfil lineal, sino que, al contrario, es poliédrico y está sembrado de contradicciones. Por cierto, este paisaje judicial y mediático, ¿no suena familiar?

La biografía de Lula que circula en los libros, los medios y la calle es simple y conocida. Un niño que nace en Garanhuns, un pueblito perdido en el sertão (desierto) de Pernambuco, estado que comparte, casualmente, el destino de pobreza de Piaui, su vecino territorial. Hijo de padre alcohólico, al que describe como “un pozo de ignorancia”, va tras su madre junto a otros siete hermanos a comenzar una vida en San Pablo. Hizo todos los trabajos imaginables hasta que, adolescente, entra en una fábrica metalúrgica y vislumbra su vocación sindical. 

Todos los relatos biográficos coinciden en su falta de orientación política clara en el sindicato: todo su accionar se centraba en la defensa de los derechos laborales sin anclar su conciencia de clase. Esto llegaría cuando encarcelan a su hermano mayor, Frei Chico, que le acompañaba en la lucha sindical y militaba en el Partido Comunista Brasileño. Con poco más de treinta años llega a la secretaría general del Sindicato de Metalúrgicos con una mayoría abrumadora de los votos y deja en ese triunfo su impronta ya que lo consigue conciliando los intereses de los sectores radicalizados con los más moderados. Esa es la matriz, al fin y al cabo, de Lula, con la que ha conseguido sus logros y, también, acumulado no pocas críticas de la izquierda. 

Perry Anderson ve las dos primeras legislaturas de Lula, como una gestión que convirtió al Partido de los Trabajadores (PT), fundado por Lula en 1980, en una máquina electoral que ha ido perdiendo ideas. Evoca la energía del PT en sus primeros años, impulsado por los intelectuales y los movimientos de masa enfrentados a la dictadura y cómo, al llegar al poder el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso, Lula consiguió, a través del partido capitalizar esa fuerza para sumarla al resto de la izquierda. 

Si se toma esta mirada, la de Anderson, se justifica la llegada de una figura disruptiva como la de Bolsonaro ante la fatiga de los materiales del “lulismo”. Sin embargo, Lula puso en marcha un programa de transferencias de dinero, conocido como Bolsa Familia, que sacó de la pobreza extrema a unos treinta millones de brasileños, y encauzó un ambicioso plan para llevar la electricidad a zonas rurales desatendidas. Durante su mandato, al contrario de lo sucedido bajo el gobierno de Bolsonaro, la destrucción ilegal de la selva amazónica disminuyó drásticamente, gracias a la aplicación de programas para vigilar la región y a la designación de varios millones de hectáreas como zonas de conservación y reservas indígenas.

Al dejar el cargo en 2010 con un histórico índice de aprobación del 88 por ciento, el crecimiento económico de su gestión fue del 7,5 por ciento, el más alto en décadas. Claro que, desde entonces, la economía se ha ralentizado pero Brasil, con Lula, llegó a ser la quinta economía mundial.

La discusión ideológica, que impone el espíritu de la época se centra en la macroeconomía. A la micro Lula la solventó con creces y el enorme bolsón de pobreza que eliminó ascendiendo a millones de brasileros a un umbral de dignidad es solo la punta del iceberg social que construyó. Pero el debate está en el modelo y en la inquieta figura de Lula para conciliar sus contradicciones. 

El libro de Perry Anderson, Brazil Apart, donde analiza el último medio siglo del país, ha sido objeto de controversia al tratar de describir sus políticas. El escritor Geoff Dyer en el Financial Times, señaló el ensayo como un ataque doctrinario al neoliberalismo y señala el “estatismo” de Lula como la raíz del malestar económico de Brasil. En sentido opuesto pero igualmente inflexible con el presidente, el reconocido académico brasileño de izquierdas, Marcelo Hoffman, elogió el libro por su “crítica absolutamente demoledora de la gestión del PT”. Por último, Larry Rohter en el New York Review of Books, bajo el amparo de la Tercera Vía de Tony Blair, señala que Anderson “no ha roto” con el “marxismo ortodoxo”. 

Lula, ajeno a este debate que provoca en el campo teórico, atiende imperativos más urgentes como las cuestiones apuntadas al comienzo que siguen en plena forma junto a otros frentes, como el de la bancada de las tres B. Así se conoce popularmente en Brasil a los diputados del Congreso que hacen lobby a favor de Bolsonaro y representan intereses del sector armamentista (B de “bala”), ruralista (B de “buey”) y evangelista (B de “Biblia). Allí están a la espera de una segunda oportunidad.

Gran Sertón: Veredas de João Guimarães Rosa es la gran novela de Brasil. Sertón, sertão, es el vasto desierto del pobre noreste, donde se desarrolla la trama del libro y la tierra natal de Lula. El libro es un cruce de guerras y venganzas detrás de un personaje, un jagunço, una suerte de bandido y militante. La novela alcanza universalidad al exponer la ambigüedad del destino, la identidad, el deseo y el mal. Todas las contradicciones atraviesan al protagonista que incluso intenta hacer un pacto con el Diablo sin que quede clara su existencia. La obra refleja la subsistencia en el desierto, el polvo, la nada; solo las veredas del título, que son ínfimas franjas de vegetación con pequeños cursos de agua, dan un respiro en medio de la arena. 

Lula viene de esa tierra, luchando en el desierto que lo vio nacer, buscando siempre una vereda húmeda; un militante que no deja de temer al diablo. Todos los días lo observa en la vereda de enfrente.