Brasilia, conexión Madrid
Las elecciones de segunda vuelta en Brasil son un golpe de dimensiones tectónicas para la llamada ola ultraconservadora global, con sede en Washington. La remontada épica de Lula, con una campaña que será estudiada y analizada en las facultades por su capacidad para movilizar a sectores del electorado replegados, como los jóvenes, demostró que a veces lo improbable termina por pasar. Aunque en los días previos a la votación los datos proyectaban un empate, el clima final en las calles y en las redes terminó favoreciendo al candidato del PT.
Sin embargo, imperó la prudencia porque aún estaba muy cerca el jarro de agua fría de la primera vuelta, sin el que probablemente no se habría logrado una movilización como la del pasado domingo. Lo cierto es que la campaña arrancó con la victoria como una misión imposible y terminó viviéndose como una posibilidad real. Para casi todos, con excepciones como la de los mercados que, tendentes a confundir deseos con realidad, siguen dos días después lamiéndose las heridas.
Tras la celebración y la resaca, no serán pocos los retos que tendrá que afrontar Lula. Los más inmediatos son una oposición que sigue teniendo tics golpistas, un legislativo hostil y la gestión de una victoria sustentada en la movilización histórica de un electorado con pocas ganas de verse defraudado. A ello se suma la necesaria construcción de un liderazgo capaz de dar el relevo llegado el momento.
Sin embargo, lo ocurrido el domingo en Brasil tiene también dimensiones regionales y globales. El contexto es caprichoso y los tiempos no acompañan a Trump, que afrontará, según todas las encuestas, un escenario adverso en las elecciones de mitad de mandato del próximo 3 de noviembre. La victoria de Lula es un golpe a la línea de flotación de la llamada doctrina «Donroe», que el presidente de Estados Unidos presentó a finales de 2025 para poner negro sobre blanco sus aspiraciones de controlar los recursos del gigante del cono Sur, en detrimento de China y de cualquiera —incluida la Unión Europea— que ose interponerse en su camino. Esto puede ayudar a explicar que Trump no haya reconocido aún el resultado electoral y que, por el contrario, hablara de fraude casi al mismo tiempo que Bolsonaro hijo, ya resignado, afirmaba que iba a liderar la oposición. De nuevo, la confusión entre deseos y realidad.
La región vive momentos convulsos y confusos. Los antecedentes más recientes de Colombia y Perú, con victorias de candidatos ultras —De la Espriella y Fujimori, también hija— en segunda vuelta contribuyeron a generar un clima que proyectó desmoralización y sensación de repliegue. Pero lo cierto es que en América Latina la llamada ola ultra, que hoy matiza Brasil, nunca llegó a ser tal. En una contienda electoral tras otra —y lo electoral no lo explica todo—, allí donde se impuso la extrema derecha hubo enfrente una respuesta masiva y organizada que hizo que los candidatos que contaban con el beneplácito de Washington terminaran imponiéndose solo por unos pocos votos.
El caso de Colombia es el más sangrante, porque debió de haber sido el primer escenario adverso para la llamada ola ultra latinoamericana. Sin embargo, la izquierda eligió a un candidato, Iván Cepeda, que estuvo ausente, evitó debates y, sobre todo, no quiso o no supo cómo competir en el ámbito digital. Enfrente, un ejército de bots bien orquestados y favorecidos por los algoritmos, fabricando y difundiendo fake news y productos audiovisuales con inteligencia artificial, con sectores radicalizados de las clases medias y medias altas como ariete para llegar directa e indirectamente a las clases populares. Enfrente, Cepeda salía intentando hacer valer la palabra, leyendo sus discursos cuidados e intentando combatir en el siglo XXI con instrumentos del XIX. Loable labor que, sin embargo, terminó con la llegada al poder de De la Espriella por la mínima. Lula deja ahora la receta para el futuro: es necesario dar la batalla al algoritmo utilizando sus mismas armas. Y también ir a hablarles a las generaciones más jóvenes —esas que ven en la televisión un electrodoméstico inútil— allá donde están: en las redes.
En mayor o menor grado, vivimos un ciclo marcado por el fracaso coyuntural de las derechas liberales. En América Latina han sido subsumidas por argamasas anárquicas, comandadas por líderes ultras, dopados por la administración Trump, que los utiliza como instrumento útil sobre el terreno. Sin embargo, la articulación del eje Brasilia-México DF, con Lula y Sheinbaum al frente, supone un contrapeso difícil de sortear, porque son las dos economías más importantes de la región. El calendario, nuevamente caprichoso, hace que en la tercera —Argentina— haya presidenciales en 2027 y las perspectivas para Milei son malas, reflejo directo de su mandato. En menos de un año, las posibilidades de que el eje se amplíe hacia el Sur son muy altas.
Finalmente, es relevante destacar los efectos que el resultado de Brasil tiene en clave doméstica. La próxima semana se celebra en Madrid la cumbre iberoamericana que, tras el resultado del pasado domingo, tendrá a Brasil como protagonista. Lula aún no ha confirmado oficialmente su presencia en Madrid, pero no ha faltado a ninguna y las expectativas de que venga son muy altas. El pasado mes de marzo Sánchez y Lula unieron sus fuerzas en Barcelona con motivo de la cumbre progresista global que organizaron conjuntamente. La reedición de esa imagen, ahora con el aval renovado de la victoria, ayudaría a Sánchez en su batalla por la movilización del voto. Hay una frase de José Saramago, incluida en su Ensayo sobre la lucidez, que muchos en Moncloa querrían ahora poner como pie de foto: «Un imposible nunca viene solo».