Qué hacer tras el “No a la guerra”
Se dice que durante la primera república francesa, tras la revolución, se popularizó la consigna «guerra a los castillos, paz a las chozas» como un llamamiento a acabar con los órdenes feudales e instaurar por fin la soberanía popular. Hoy, más de 200 años después, pareciera que esa consigna se haya invertido. Atrincherada en sus castillos, la ultraderecha internacional empuja al mundo a la catástrofe: un mundo en llamas donde se acumulan las guerras ilegales y la violencia indiscriminada, donde la acumulación obscena de riqueza por parte de una minoría enloquecida coexiste con el negacionismo climático, las persecuciones racistas y las crisis económicas que se agravan y que pagan siempre las clases trabajadoras a lo largo y ancho del planeta.
Después de Gaza, pretender que cualquier guerra emprendida por los Estados Unidos e Israel tenga como propósito otra cosa que el control de áreas estratégicas, recursos energéticos o sencillamente la imposición de un orden geopolítico al servicio de los intereses particulares de las élites que los gobiernan no es ya un gesto de inocencia o hipocresía, sino de complicidad abierta con la barbarie. Voces como la de Francesca Albanese ya han pagado el precio —bajo forma de represalias, amenazas y campañas de odio— de advertir que Gaza era el campo de pruebas de ese mundo en ciernes: un orden internacional sin normas, donde impere solo la ley del más fuerte. Un mundo injusto e impune, hecho a imagen de la élite enloquecida que lo gobierna.
Y sin embargo, después de Gaza, después del ICE, después de los aranceles y Groenlandia, hemos tenido que asistir al mismo coro de voces desde la derecha y la ultraderecha española justificando esta nueva catástrofe en nombre de principios y objetivos —la democracia, el feminismo, los derechos humanos— que la propia administración estadounidense no ha perdido un segundo en desmentir abiertamente. Ni una sola vez, a aquellos que se dicen patriotas —los de la pulserita con la bandera y los del pueblo contra las élites— han predicado otra cosa que el vasallaje y la obediencia. No solo eso: han intentado boicotear, desvirtuar y desmentir la firme oposición del Gobierno de España a esta sinrazón, incluso cuando nuestro país era objeto de graves amenazas y ataques. Los presuntos patriotas, quienes se arrogan el monopolio de la bandera y la palabra España, no dudaron en ponerse del lado de quienes estaban atacando a su país.
Por mucho cable que ahora intente recoger el PP, no habrá manera de hacer olvidar esta ignominia. Tampoco de cubrir el hecho de que España ha elevado su voz para romper el manto de resignación y obediencia a este desastre, y que millones de personas en el mundo entero han reconocido esa llamada y agradecido nuestra valentía y nuestra coherencia. Durante estos años hemos dicho muchas veces que España era una excepción a la ola reaccionaria que sigue recorriendo el planeta entero. En estos días eso ha dejado de ser así: hoy podemos decir con orgullo que España ha sido vanguardia y es referencia para millones de personas que, piensen lo que piensen y voten lo que voten, ven hoy en nosotros una referencia.
Es de justicia reconocer que ese orgullo —y el patriotismo internacionalista que mucha gente ha sentido en estos días— se fundamenta en una larga tradición de lucha política y cultural de la sociedad española, desde las movilizaciones contra la guerra ilegal en Iraq a la gente que paró la vuelta a España y ocupó las universidades por Palestina. Para las izquierdas del país es especialmente importante tenerlo presente en estos días, porque esa memoria popular contra la injusticia, ese compromiso transversal con la democracia y las clases trabajadoras es la razón esencial por la que estamos en el Gobierno y la fuente permanente de nuestras obligaciones y lealtades en su seno. Por eso es importante decirlo las veces que haga falta: claro que no da igual quién esté en el Gobierno.
Es una evidencia que en los próximos días los ataques del bloque belicista van a ser muy duros. España está señalada y amenazada por quienes hoy incendian el mundo a sabiendas. En nuestro país, el PP y Vox empezarán a culpar al Gobierno de las subidas de precios que genere la guerra que ellos han jaleado y lo harán cuando hace apenas tan solo diez días tumbaron en el Congreso el mecanismo de control de precios que había creado el Ministerio de Consumo precisamente para impedir que se produzcan abusos en situaciones de emergencia. Tampoco hay duda de que la ultraderecha denunciará una “invasión” cuando lleguen a Europa los refugiados de las guerras que ellos mismos han apoyado. Igual que atacan las renovables que —como se demuestra precisamente en situaciones como esta— sirven no solo para aminorar el impacto del capitalismo fósil sobre el planeta sino que afianzan nuestra soberanía y reducen nuestra dependencia de poderes extranjeros.
Frente a todas estas presiones, vamos a necesitar fuerza social y política no solo para mantener el rumbo y la coherencia, sino para redoblar el impulso de la posición española y convocar una alternativa creíble al mundo en llamas que nos traen los falsos patriotas de la ultraderecha. Tenemos la obligación de decir no a la guerra; no al capitalismo fósil que está destruyendo el planeta; no a un modelo económico desigual y fallido, que sirve solo los intereses de una oligarquía enloquecida; decir no a las lógicas de violencia y señalamiento que quieren arrancarnos las conquistas del movimiento feminista y antirracista. Todas estas cosas van de la mano y solo pueden lograrse redoblando la ambición del Gobierno para dar seguridad y certezas a las clases trabajadoras del país frente al temor y la incertidumbre que nos trae el mundo al revés de la ultraderecha.
Esa ambición se traduce en cosas concretas. En las próximas semanas demandaremos intervenir sin ambages para proteger a las familias y las clases trabajadoras frente a las consecuencias económicas que ya está generando esta guerra ilegal en el mundo entero. Eso quiere decir garantizar que la cesta de la compra, los suministros y la energía no se conviertan —como sucedió en crisis pasadas— en un foco de especulación para engrasar la cuenta de resultados de las grandes multinacionales. Eso quiere decir también que debemos doblegar de una vez las resistencias dentro del Gobierno para intervenir el mercado de la vivienda y garantizar por fin el acceso a una vivienda digna y asequible para las clases trabajadoras, empezando por la prórroga inmediata de los contratos de alquiler vigentes que reclamamos desde hace meses. Eso quiere decir, en definitiva, aplicar la misma ambición y el mismo compromiso que España ha mostrado al mundo en estos días a la agenda democrática y social que reclama nuestra base social, y que es condición necesaria para empujar a este Gobierno a la victoria en 2027. Sin equivocarnos nunca de adversario. Marcando un camino decidido para defender la democracia y construir una verdadera paz para las chozas frente a quienes hoy se proponen atacarlas.