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La testosterona y la guerra de Irán

23 de julio de 2026 21:51 h

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El primer motivo estructural que explica el rápido colapso de los compromisos asumidos en el Memorando de Entendimiento entre Estados e Irán, del 19 de junio pasado, remite a un problema clásico en el mundo de la negociación: la diferencia entre un acuerdo de principios y un acuerdo de implementación. Comprometerse a “terminar con las operaciones militares en todos los frentes” o a “respetar la soberanía e integridad territorial” son declaraciones de intención que fijan un horizonte normativo compartido, pero que carecen, por sí mismas, de mecanismos verificables de cumplimiento escalonado. En procesos de paz comparables se ha observado repetidamente que, cuando las partes negocian bajo presión temporal, tienden a aceptar fórmulas de compromiso general que permiten firmar el documento, pero postergan para una fase posterior la definición operativa de esos principios. Esto genera un acuerdo incompleto por diseño, ya que ambas partes pueden reivindicar que han cumplido la letra del memorando mientras acusan a la otra de violarlo en la práctica, precisamente porque los términos no fueron operacionalizados con indicadores objetivos, calendarios verificables de forma independiente, ni definiciones precisas de qué constituye una violación.

El segundo motivo, directamente vinculado al punto 5 del Memorando sobre el “paso seguro de los buques”, ilustra un fenómeno muy estudiado en negociación, que es el uso deliberado de estándares de conducta (“mejores esfuerzos”), en lugar de obligaciones de resultado. Un compromiso de “mejores esfuerzos” es jurídica y políticamente mucho más débil que una obligación de garantizar un resultado concreto, porque traslada la carga de la prueba, puesto que no basta con que ocurra un incidente para acreditar el incumplimiento, sino que habría que demostrar que la parte obligada no hizo un esfuerzo razonable para evitarlo, un estándar subjetivo y difícil de verificar en tiempo real, especialmente en un espacio tan complejo operativamente como el Estrecho de Ormuz. Esta ambigüedad no suele ser accidental. En negociaciones asimétricas o de alta desconfianza mutua, las partes prefieren frecuentemente cláusulas de conducta antes que de resultado, porque les permite firmar sin comprometerse a algo que pueden no controlar plenamente, pero ese mismo diseño flexible es el que después facilita que, ante un ataque a un buque, cada parte pueda ofrecer una interpretación distinta de si hubo o no “mejor esfuerzo”, dejando la controversia abierta a la interpretación política antes que a un estándar técnico compartido.

El tercer motivo, quizás el más relevante desde la perspectiva de diseño institucional de acuerdos de paz, es la ausencia de un mecanismo específico de resolución de disputas e investigación de incidentes, sustituido por la fórmula más genérica de un “mecanismo ejecutivo para supervisar la exitosa implementación” en el punto 12, que, al día de hoy, todavía no se ha creado. La distinción no es menor, ya que un mecanismo de resolución de disputas suele incluir procedimientos de investigación conjunta o por terceros neutrales, plazos para determinar responsabilidades, canales de comunicación directa entre mandos militares para desescalar incidentes en tiempo real, y consecuencias predefinidas ante violaciones constatadas. Un “mecanismo ejecutivo de supervisión”, en cambio, sugiere una estructura más orientada a coordinar el cumplimiento general del memorando y reportar avances, sin necesariamente contar con capacidad de investigación de incidentes puntuales ni con autoridad para emitir determinaciones vinculantes sobre quién violó qué disposición.

Esta laguna de diseño es especialmente grave en un contexto de desconfianza extrema como el que existe entre Estados Unidos e Irán, porque cuando ocurre un incidente, como un ataque a un buque o un bombardeo, no existe una instancia previamente acordada, neutral y con procedimientos claros a la que ambas partes puedan recurrir para establecer los hechos, antes de que la escalada retórica y militar tome el control de la situación. En ausencia de ese mecanismo, cada incidente se convierte en un evento interpretado unilateralmente, lo que retroalimenta la lógica de acción-reacción y erosiona rápidamente cualquier ventana de desescalada que el memorando pretendía abrir, confirmando una regularidad bien conocida, la de que los acuerdos que omiten mecanismos eficaces de verificación e investigación tienden a colapsar por la imposibilidad estructural de gestionar la primera crisis de cumplimiento que inevitablemente surge tras la firma.

La ausencia de diplomáticos de carrera con experiencia profunda en la arquitectura de la política exterior y de defensa de Estados Unidos, genera un vacío que no se llena con improvisación ni con impulsos personales. Cuando la toma de decisiones estratégicas queda en manos de figuras con escaso conocimiento del funcionamiento del sistema internacional —y además marcadas por rasgos de inestabilidad, impulsividad o una visión simplista del poder como la del presidente Trump—, el país pierde su capacidad de leer matices, anticipar consecuencias y gestionar crisis con inteligencia. La diplomacia profesional no es un adorno burocrático. Es el mecanismo que permite transformar intereses nacionales en estrategias sostenibles, evitar escaladas innecesarias y comprender la psicología política del adversario. Sin ese contrapeso técnico, el proceso de decisión se vuelve errático, dominado por percepciones subjetivas, obsesiones personales y una peligrosa confusión entre fuerza y eficacia.

En este contexto, la sustitución del Departamento de Defensa por un “Departamento de Guerra” no es solo un gesto simbólico, sino que es la señal de una visión del mundo que privilegia la confrontación sobre la negociación, la testosterona sobre la prudencia, y la virilidad performativa sobre la inteligencia estratégica. El secretario de Guerra ha erigido el nivel de la testosterona como factor determinante en su política, una aberración que tiene consecuencias automáticas en la toma de decisiones equivocadas dentro de un marco meramente militarista, y frente a un adversario, Irán, que, sin utilizar la terminología hormonal testicular, funciona con una mentalidad de acción-reacción militar también condicionado por la masculinidad tóxica militarizada, en un país donde las mujeres son reprimidas y controladas socialmente por un régimen represor, con lo que, al final, el choque entre Estados Unidos e Irán, además de geopolítico, es también un combate de virilidades criminales. El resultado es una espiral de decisiones equivocadas, tomadas desde la adrenalina y no desde el análisis, que reduce el espacio para la diplomacia y aumenta el riesgo de errores de cálculo con consecuencias devastadoras.