El 11-S que olvidamos
Hace unos días buscaba alguna foto del 11-S en Nueva York que capturara lo que pasó y a la vez una brizna de las emociones de pánico, incredulidad, desesperación y heroísmo de aquel día. Buscaba una imagen para complementar la entrevista que acababa de hacerle a Garrett Graff, el historiador y autor de la historia oral más completa de aquel martes de septiembre, The Only Plane in the Sky. No quería las de las explosiones ni el derribo de las torres que tantas veces hemos visto y que en cierto sentido sirvieron de propaganda terrorista –las más repetidas en las agencias de fotos que tenemos en elDiario.es eran planos más cortos o más largos de las torres en llamas–. Ni tampoco de las personas que se arrojaron de los rascacielos –había muchas y sin los habituales avisos que vemos ahora para las de zonas de guerra–. Y quería algo de ese día, no de los días posteriores.
Al final, opté por la de un hombre justo después del derrumbe de la primera torre del World Trade Center que, según se lee en el pie de foto de la agencia Getty, gritaba preguntando si había alguien bajo los escombros a quien pudiera ayudar. Su figura apenas se distingue por el polvo que lo cubre. Tiene en la mano algo que parece un extintor. El cielo, tan azul aquel día, se ha vuelto negro.
Hay muchas imágenes, probablemente no tan bien etiquetadas para la búsqueda como las de cualquier evento actual, pero me sorprendió que no hubiera todavía más. Desde la avalancha de fotos, vídeos y recreaciones de 2026 todo parece poco. Y lo cierto es que los atentados de 2001 pasaron en otro mundo en muchos sentidos. Los móviles apenas hacían fotos borrosas, no había redes sociales donde compartirlas y las webs eran un complemento rudimentario para nuestra vida.
Todavía tengo guardado el suplemento especial que el New York Times publicó un año después. Yo me había mudado a Nueva York unos meses antes y tener ese papel y el libro que hizo el periódico después era una manera de conservar las fotos, las historias.
Entonces todo lo que había pasado estaba tan fresco que era insoportable. En uno de los primeros días de clase en la Escuela de Periodismo en la Universidad de Columbia nos pusieron un documental sobre el trabajo periodístico del año que había pasado de muerte y guerra, y varias personas se salieron llorosas antes de terminar porque tenían amigos o conocidos que habían muerto o habían sido heridos en Nueva York, Washington o Afganistán. El trauma era palpable y estaba por todos lados.
En aquellos años entrevisté a supervivientes, a víctimas de los atentados y las guerras, a jóvenes que habían sufrido la islamofobia desatada después, a vecinos que intentaban volver a lo que entonces se llamaba Zona Cero y seguía oliendo a chamusquina. Después, llegarían los turistas que se asomaban a ver el agujero que había quedado. Todo estaba fresco y así lo pareció durante años.
Cada aniversario, escuchaba lo de “never forget”, miraba a los haces de luz donde estaban las torres y vivía la reconstrucción de la ciudad con las heridas abiertas. En septiembre, solía ir a una pequeña ceremonia junto a un monumento de 1913 dedicado a los bomberos en Riverside Park, en el norte de Manhattan.
Cuando más de una década después estuve en la inauguración del museo del 11-S escuchando las cuidadosas palabras de Barack Obama, el mundo ya parecía otro, pero en medio de la solemnidad todavía era fácil creer el epitafio de Virgilio a la entrada: “No day shall erase you from the memory of time” (“ningún día os borrará de la memoria del tiempo”).
Y, en cambio, hoy el olvido ha avanzado incluso para los que tenemos la edad para recordar con nitidez aquel día, para quienes vivimos antes y después en la ciudad que más sufrió y contamos todas aquellas historias. La memoria ha quedado sepultada por la acumulación de tragedias colectivas, desde la pandemia a las guerras, que a veces parecen más cercanas por efecto bola de nieve del mundo virtual que nos abruma y es apenas una sombra del verdadero sufrimiento.
El libro de Garrett Graff es especialmente valioso porque cuenta qué pasó minuto a minuto a través de cientos de testimonios directos de azafatas secuestradas, bomberos entre los escombros, empleados de las torres, controladores, políticos, ciudadanos de a pie. Los testimonios crudos tal vez sirven para transmitir los hechos más allá de la división partidista e inconsciente que impide ver la realidad.
La pérdida de perspectiva histórica y emocional es lo que también hace olvidar hasta qué punto casi todos los males de 2026 tienen origen en lo que pasó hace 25 años, en el miedo y la incertidumbre desencadenados y explotados durante décadas. Graff argumenta bien que se pueden encontrar rastros desde la invasión de Irak hasta el ataque de Irán, desde las crisis de los refugiados hasta la división social, desde el odio al extranjero a la defensa de una sociedad homogénea, desde el ascenso de la ultraderecha en Europa hasta Donald Trump.
Las historias individuales son las que más ayudan a entender y no olvidar. Recordar el 11-S es revivir la angustia de Betty Ong, la azafata del vuelo 11 de American Airlines, mientras dice “me quedo en la línea” al habla al teléfono con un operador de la compañía en lo que ya teme será los últimos instantes de su vida. O el momento en que Frank DeMartini, un arquitecto que salvó decenas de vidas de sus colegas dirigiendo la evacuación, se queda para ayudar a alguien más atrapado en el ascensor. O la llamada a su padre de Peter Hanson, un pasajero del vuelo 175 de United Airlines: “Quieren ir a Chicago o algún lugar y estrellarlo en un edificio. No te preocupes, papá. Si pasa, será muy rápido.” Sus últimas palabras son “Oh my God, oh my God, oh my God”. Su hija de dos años y medio, Christine, es la víctima más joven identificada. Los terroristas estrellaron el avión contra la torre sur.
No sé cuál es el remedio para el olvido de esta y todas las catástrofes que han venido después, muchas conectadas con ese día fatídico de muerte y destrucción que trajo todavía más. Pero un día como hoy es un día para escuchar.
Pienso en un consejo de Asma Khalid, extraordinaria reportera durante años en la radio pública de Estados Unidos y que ahora trabaja en la BBC.
Asma, a la que conocí en Boston y es una delicia de persona por su curiosidad y su amabilidad, cuenta cómo la islamofobia que sufrió como joven en una comunidad conservadora de Indiana después de los ataques no es nada comparado con lo que ha visto y vivido en los últimos años como reportera. Su consejo es interactuar más y de manera real con las personas, con los individuos y no con sus caricaturas en manos de un algoritmo o de un político.
“Estados Unidos es un país increíblemente diverso. Y eso es hermoso. Parte de lo que tenemos que hacer todos es tener relaciones reales de nuevo porque eso ayuda a entendernos los unos a los otros”, dijo esta semana en una entrevista en la radio pública de Nueva York. “Debemos pensar en cómo mirarnos los unos a los otros como individuos”. Suena a poco... y a la vez a mucho.