Ayuso intenta escapar en un Fórmula 1

15 de septiembre de 2026 22:00 h

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Hay políticos que gobiernan y políticos que, además, saben generar imágenes icónicas. La presidenta madrileña destaca sobre todo en el segundo grupo, el de la política de escaparate. Los ingleses lo llaman political posturing. Recordemos su gran contribución a la gestión del covid-19: un hospital Zendal cuya utilidad todavía hoy no está muy clara. Su última gran escenificación ha sido la Fórmula 1 de Madrid: un circuito convertido en escenario político, miles de espectadores, cámaras, pilotos, Felipe VI, la princesa y la infanta. La creciente turistificación del mundo ha hecho que numerosas ciudades se conviertan en parques temáticos que hacen las delicias de los turistas y la vida imposible a los vecinos. Venecia es el ejemplo paradigmático. Convertir Madrid en un escaparate es la quintaesencia de una líder escaparatista —y escapista— como Ayuso. 

Para aderezar aún más la carga folletinesca del evento, la presidenta acabó auxiliando a un aficionado que se había desmayado por el calor. La imagen contiene buena parte de los ingredientes de la política de nuestro tiempo: emoción, espectáculo y una dirigente cercana. En las gradas, además, se escucharon insultos contra Pedro Sánchez. La escena encaja a la perfección en el relato político de Ayuso.

Porque nada de esto es casual.

A poco más de ocho meses de las elecciones autonómicas, no basta con gobernar: hay que fijar el marco discursivo en el que los ciudadanos juzgarán la legislatura. Y la estrategia pasa por convertir cada acontecimiento en una elección entre ella y Sánchez. La cuestión no es saber cómo está la Comunidad de Madrid, sino si se prefiere a Ayuso o a Sánchez. En 2021, recordemos, la dicotomía fue “comunismo o libertad”. Política de trazo grueso en blanco y negro, ideal para tiempos de elevada competencia por la atención y escasa capacidad de concentración.

En comunicación política se conoce como “agenda diversionista” cuando la estrategia pasa, no por negar un problema, sino por impedir que se convierta en el problema dominante. Cuando el Ejecutivo regional puede ser juzgado por la vivienda, la sanidad, las emergencias, los servicios públicos o el uso del dinero público, trasladar la competición al terreno nacional modifica el terreno de juego. 

Lo vimos en el último Debate sobre el Estado de la Región. La líder de los populares volvió a nacionalizar la discusión, convirtió a Sánchez en el centro del debate y mezcló inmigración, seguridad, Ceuta y Marruecos con la política autonómica. El mecanismo es sencillo: si el debate se libra sobre Sánchez, Ayuso juega en casa; si se libra sobre Madrid, la oposición puede obligarla a rendir cuentas sobre su gestión.

Las encuestas más solventes todavía la sitúan en una posición muy fuerte y algunas mantienen su mayoría absoluta. Pero también muestran un Vox con margen de crecimiento. Por eso la cuestión no es ganar, sino hacerlo con la suficiente holgura como para no necesitar a Vox y conservar, al mismo tiempo, una autoridad sobre Feijóo que ningún otro presidente autonómico puede exhibir con tanta fuerza.

Porque esa es la otra carrera de fondo en la que participa la presidenta madrileña, que disputa también, más o menos indisimuladamente, el liderazgo a Feijóo. Su posición sobre Ceuta lo demuestra: ha llegado a afirmar que, si ella llegara a La Moncloa, rompería relaciones con Marruecos. Una declaración que coloca al líder del PP en una posición incómoda y permite a la madrileña ocupar el espacio más duro de la derecha, ese por el que compite con Vox. Así presiona a Feijóo, contiene a Vox y mantiene movilizado a su electorado con el espantajo del antisanchismo.  

Pero hay una curva que quizá no pueda tomarse a 300 kilómetros por hora: la de la vivienda.

El ático de Chamberí conecta una cuestión de transparencia con una preocupación que atraviesa buena parte de la sociedad. La pregunta es peligrosamente sencilla: ¿por qué era necesario comprar ese ático, quién decidió hacerlo y dónde está el expediente que lo justifica? Aquí el relato de Ayuso encuentra un límite que no colinda con Sánchez.

La vivienda es uno de los grandes problemas económicos y sociales del país. Es, de hecho, una bomba social de efecto retardado que puede hacer saltar por los aires la ya frágil línea sobre la que flotan con dificultades las democracias liberales. Afecta a jóvenes, familias, trabajadores y clases medias. Y el famoso ático reúne dos malestares que pueden cruzarse en una campaña electoral: el precio de la vivienda y la sospecha de un uso opaco y más que discutible del dinero público.

Por eso esa terraza de Chamberí puede acabar convertida en una de las imágenes de la campaña. Una imagen de la que Ayuso intenta ahora escapar a bordo de un Fórmula-1. Es su última añagaza para desviar la atención y controlar la conversación. Pero si en mayo de 2027 la conversación pública acaba centrándose en cuánto cuesta vivir en Madrid, qué se hace con el dinero público y quién responde por ello, el rugido del motor puede no ser suficiente para tapar el ruido de fondo. Especialmente, con Vox esperando a salir de la zona de boxes.

Porque un o una piloto de Fórmula 1 puede ganar un Gran Premio por rapidez y pericia. Pero también puede estrellarse si midió mal las distancias al encarar una curva.