Alicia

Alicia* tiene 17 años y no sabe en qué momento se torció todo. Empezó a salir con su novio hace dos, pero en algún momento que no sabe calcular empezaron a discutir cada vez más. A veces esas discusiones se les iban de las manos, y acababan en gritos y empujones. Y a veces en más cosas.

Alicia, a sus amigas, les dice lo que ella cree: que los dos se quieren muchísimo, pero a veces parecen incompatibles. Pero que se quieren, sí, es obvio: para perdonarse mutuamente cada grito, cada empujón, hace falta mucho amor y muchas ganas de que la relación salga bien. ¿Si no hubiera amor ni pasión, por qué iban a estar intentándolo una vez y otra vez?

Alicia piensa que a veces la culpa la tiene él, pero otras no, porque la verdad es que ella tiene también mucha tela que cortar. Alicia sabe perfectamente qué cosas cabrean a su novio y, aun así, las hace. No sabe por qué, no lo admite en voz alta, pero sabe que las hace aunque vayan a suponer una bronca. ¿Por qué? Ojalá lo supiera, sólo sabe que no hacerlas es como dejar dentro de su estómago una bola de fuego: no puede evitar acabar enfadando a su novio casi con premeditación.

Alicia tiene 17 años y piensa que, si no es capaz de dejar de enfadar a su chico, luego no puede quejarse cuando las peleas se les van de la manos. Porque se les va a los dos: a él y a ella. Son agresivos, quién sabe si por pura pasión.

Alicia, muchas veces, acaba volviendo a casa de noche, desde cualquier lado donde él la haya querido dejar tirada con la moto. Alicia tiene 17 años y no sabe muchas cosas, pero sí intuye algunas, como que ella jamás tendría corazón para hacerle lo mismo a él. Y si un día lo dejara abandonado en cualquier arcén, sabe que volvería a por él. Porque pasa miedo volviendo a casa de noche, a veces desde muy lejos, y conociendo ese miedo, ella no podría soportar que él lo sufriera.

Alicia tiene 17 años pero, una tarde que se volvió noche, lloró como un niña durante las dos horas que tardó en llegar a casa. Y en aquella ocasión, su madre la interrogó por la hinchazón de sus ojos. Alicia está más dolida que otras veces, y cuenta la verdad: que su novio la ha dejado a dos horas de su casa. Alicia recibe como un puñal la frase de sus padres: “¿Y por qué no llamaste para que te recogiéramos? ¿Y si te hubiera pasado algo?” Y como Alicia sigue llorando, sus padres la animan con un “mujer, con los años los hombres se va tranquilizando”. Su madre recuerda frente a ella lo mucho que hacía el loco su padre cuando era sólo un chaval. “Y mira ahora”, le dice. Alicia mira a su padre: ahora es un señor que no necesita gritar para que se haga lo que él quiera. Ahora es un señor que baja al bar a beber mientras le crían a los hijos y a las hijas: ya no se va de putas. Ahora es un tipo que no sabe dónde se guarda el cubo de la fregona, pero sí sabe cuando hay una mancha en el suelo, porque la señala para que sea eliminada.

Alicia tiene 17 años, y aunque su entorno normaliza su relación, ella siente que algo anda mal, que su novio y ella tienen un problema mayor. Alicia cree que quizás deba contar un poco más de verdad: que se pegan. Y hacerlo recalcando que es mutuo, para que nadie piense lo que no es, que hay que tener mucho cuidado porque sería un insulto para las mujeres maltratadas que ella frivolizara sobre esto: tiene que ser precisa, porque ella también le ha pegado a él. Es la verdad.

Alicia tiene 17 años, y la primera paliza en la que cree que no va a llegar a los 18 está tan asustada que huye y llama a su tía. No llama a su madre, ni a su padre, ni a sus amigas. No. Llama a su tía y ni siquiera sabe por qué. La ha escuchado mil veces hablar sobre los hombres, y siempre piensa de ella que era una exagerada, que los odia. Y sin embargo ese día, Alicia la llama a ella. A la tía exagerada que probablemente sólo estaba despechada.

Alicia se hace un ovillo en la cama de su tía, mientras ésta le asegura que no es responsable de nada. Que tienen que ir a denunciar a su novio, que tiene que verla un médico. Alicia se niega, ¿acaso ella no lo ha hecho enfadar mil veces con cosas que sabía que estaban mal? ¿Acaso no ponía fotos en Facebook en bikini? ¿No sabía quizás que eso lo cabreaba y aun así las colgaba? ¿Acaso no bromeaba con los amigos de él a pesar de que le había pedido que no lo hiciera? ¿Acaso cuando él le cruzaba la cara ella no se lo devolvía? ¿Cómo podía devolverle las hostias y luego quejarse porque él fuera más fuerte que ella y le ganara todas las peleas? Ella no era ninguna santa, por lo tanto, no era víctima de nada.

Alicia tiene 17 años y sigue pensando que si ella no lo provocara, nada de esto estaría pasando: ni las peleas, ni los golpes, ni los llantos, ni el ovillo en casa de su tía.

Y sin embargo al día siguiente sólo piensa en verle, en hacer las paces, en saber que él está bien, en no dejar ni tiempo ni espacio para que sufran la distancia. Porque se quieren, por encima de todo, se quieren más que a nada.

Alicia tiene 17 años y piensa que ha traicionado a su novio al contárselo a su tía. ¡A su tía! Esa que piensa que cualquier cosa es maltrato. La que ahora piensa que su sobrina es una víctima de violencia de género cuando lo que es es una sinvergüenza que podría haber evitado desde el minuto uno todo este lío.

Alicia tiene 17 años y sólo quiere deshacer las últimas 24 horas, que no quede registro de que lloró, que nadie sepa que sufrió, que su tía olvide todo lo que le contó. Porque las cosas de pareja las soluciona la pareja, y ella se ha comportado como una niñata.

Pero él en el fondo es tan bueno, la quiere tanto... que aún así la perdona, va a buscarla con la moto, la abraza, le dice que la quiere, y que por favor no lo haga ponerse así nunca más. Y ella acepta, agradecida por la enésima oportunidad que él le brinda. Por perdonar la traición, por quererla a pesar de ser una inestable, una chica que lo mismo ríe que llora, que lo mismo lo provoca que se hace la víctima cuando le gana las peleas. Una chica tóxica como ella, con tantos cambios de humor y tan perdida en la vida debería estar dando gracias cada día porque haya alguien en el mundo que la quiera a pesar de todo.

Porque, tal y como él le dice cada día, “Ali, porque has dado conmigo, que soy tonto y te quiero, pero el día que yo me harte no va a venir ningún tonto más a aguantarte”. Alicia no puede perderlo, porque quedarse sin él es quedarse sin nadie y sin nada.

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