Buenas familias
Como fan de la serie Ley y Orden (léase esto con el célebre dun-dun de inicio de cada capítulo), cuando vi a los cinco abogados defensores de los acusados de agredir a los activistas de AMA Asturies, detecté que a los progenitores de los presuntos no les faltaba dinero, precisamente. Lo confirmó uno de los letrados, que alegó que los jóvenes acusados eran de “buenas familias”, como si eso fuera una atenuante. “Hay algunos que hasta tienen ideologías de izquierda”, dijo otro de los abogados, para rematar, aunque a mí, armada con mis propios prejuicios, me pareció notar que le parecía incompatible ser de buena familia y de izquierda.
Desde la doctrina Aldama y tal como están las cosas ultras, ya no me extraño de nada, así que puede ser que para algunos jueces el nivel socioeconómico elevado haya empezado a ser, no ya atenuante, sino eximente de conductas criminales. Como cuando se considera inaudito que un millonario sea un violador porque puede tener sexo cuando y con quien quiera. Cosas de chiquillos, gamberradas producidas porque la noche les confunde, vino a decir el alcalde ovetense Alfredo Canteli: “No creo que sean tan mala gente”, reflexionó el político del PP cuyo lema electoral fue “Sensatez para Oviedo”. Como resumió el expresidente Mariano Rajoy, “la vida es tener suerte y que alguien te ayude”.
No tengo dudas de que las agresiones y los delitos de odio crecerán en esta España que sale del armario del racismo, la xenofobia, el machismo y el fascismo pero hoy he venido a hablar de las buenas familias, la impunidad (recordemos los pozos ilegales de la Casa de Alba) y el techo de clase. La revista estadounidense Econometrica, muy prestigiosa en el campo de la teoría económica, ha publicado una investigación de Anna Stansbury y Kyra Rodríguez que concluye que la clase social es un factor de desigualdad aún mayor que el género o la raza. ¡Sorpresa! Las investigadoras se centran en que la evidencia de que los universitarios de primera generación, aquellos cuyos padres y abuelos no pudieron acceder a la Universidad, tienen muchas menos posibilidades de llegar a ser catedráticos o investigadores de universidades prestigiosas, y lo mismo sucede en todas las profesiones de élite. Los estadounidenses descubriendo en 2026 que la meritocracia no existe y que el capital social y cultural que te da pertenecer a una “buena familia” no se suple con esfuerzo. “En los entornos profesionales de élite, las cualidades por las que se juzga a los demás son, en parte, subjetivas”, aclara el estudio, que habla del “techo de clase”. Las buenas familias sirven tanto para que sus hijos trepen en la escala social como para que no caigan al subsuelo si cometen un error, por ejemplo, pegar una paliza a unos activistas anticapitalistas, feministas y LGTBI al grito de “maricón” y “Arriba España”.
Uno de los grandes fracasos de la cultura occidental de raíz católica no es alentar la inmigración (los ultras lo llaman invasión), ha sido permitir que el capitalismo protestante salido de la Reforma sustituya nuestro sistema de creencias, y aceptar como dogma divino que solo el mercado puede estructurar y ordenar el mundo, relegando a los seres humanos a mercancía (tanto tienes, tanto vales), y enterrando el legado de la Ilustración. No es que las buenas familias no existieran antes, solo les hemos ofrecido coartadas morales, veneración y el invento de la meritocracia, lo que les lleva a creer que todo lo que tienen, lo merecen, es producto de su esfuerzo y además les otorga una impunidad construida sobre códigos sociales y sistemas con acceso restringido a unos pocos.
Políticos como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani señalan lo evidente, que la clase trabajadora debe estar en el centro de la acción política de la izquierda, y que hay que intentar derribar, sin complejo alguno, el entramado social y cultural construido para la prosperidad e impunidad de las “buenas familias”. Siempre es más fácil, ante el abismo, echar la culpa al de abajo y no mirar hacia arriba. Así permitimos que esas “buenas familias” nos roben el agua y aceptamos que una agresión fascista es solo una chiquillada. De momento, y digo de momento, nuestro voto vale lo mismo que el suyo: usémoslo.