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OPINIÓN | 'Clubs privados en ciudades a la venta', por Raquel Marcos Oliva

Clubs privados en ciudades a la venta

14 de marzo de 2026 22:36 h

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En 2025, Donald Trump Jr., hijo del presidente de EEUU, fundó Executive Branch, un club privado ubicado en Washington. Lo hizo junto a otros ultrarricos del entorno de la familia Trump, como Zach y Alex Witkoff, hijos de Steve Witkoff, el promotor inmobiliario íntimo de Trump y responsable de diseñar y gestionar gran parte de la política internacional en Oriente Próximo junto al yerno del presidente, Jared Kushner. En Washington hay otros tres grandes clubs para élites políticas, financieras y tecnológicas: Ned’s Club, Metropolitan Club y Cosmos Club, refugios de ricos e influyentes que quieren relacionarse entre sí y no ser molestados por la plebe. Los cuatro clubs han crecido en los últimos tiempos, como destaca Diana Kendall, profesora emérita de sociología de la Universidad de Baylor en su libro Members Only: Elite Clubs and the Process of Exclusion (Solo miembros: Clubes de élite y el proceso de exclusión), donde explica el auge de un fenómeno antiguo que ha resurgido gracias a la extrema mercantilización de los contactos y la compraventa de influencia que es seña de identidad del rey del trato, Donald Trump. 

El fenómeno, como no podía ser de otra forma, ha impactado de lleno en Madrid, tarde en relación con otras ciudades europeas como Londres, pero de manera entusiasta y un poco cosmopaleta, que es una de las características del Madrid de Isabel Díaz Ayuso. Lo auténtico está siendo sustituido por lo vendible, por la copia y la capital avanza sin pausa hacia su conversión en un parque temático, en un Miami de segunda. El malogrado evento Madrilucía, que quería llevar a capital un remedo de la Feria de Abril sevillana, y el club del marido de Tamara Falcó son las dos caras de la misma moneda, la concepción de Madrid como un producto, tal y como explica Pedro Bravo en su libro Antes todo esto era una ciudad. La ciudad, y Madrid es un gran ejemplo, ha dejado de ser una comunidad y el espacio arquitectónico y social que la alberga, para convertirse en un producto para inversores y visitantes, ricos, rentistas, expats y turistas que se alían para hacerla invivible para sus habitantes, sus auténticos dueños, los que históricamente han construido el imaginario verdadero de la ciudad. 

Una de las derivas de esta miamización madrileña está definida por el crecimiento de expatriados de perfiles socioeconómicos muy altos que quieren lugares exclusivos para socializar. En los últimos meses se han inaugurado Forbes House y el Club Metrópolis. A ellos se añaden Vega, el club de Onieva, y Soho House. En Washington todo se mueve alrededor de Donald Trump, cuyos niveles de corrupción y codicia están alcanzando niveles nunca vistos en la ciudad del cabildeo. En Madrid, sin embargo, el dinero lo tienen ahora los extranjeros que poseen y son clientes de inmobiliarias de lujo y centros de bienestar y práctica del barre, pero que necesitan contactos para moverse entre la aristocracia madrileña, que está plagada de pijos en horas bajas o directamente en caída libre. Por eso el último capítulo de Los ricos también lloran lo ha protagonizado Iñigo Onieva, marido de Tamara Falcó. El empresario y pijo ejemplar dijo en el periódico El Mundo que no quería que su club privado Vega, supuesto refugio del cayetano español de toda la vida, “se convierta en el club de los latinoamericanos”. Los latinos con dinero, dueños de gran parte del barrio de Salamanca, se han indignado, lo que ha provocado que tanto Onieva como el resto de dueños de clubs privados se apresuren a decir que los millonarios latinos son más que bienvenidos.

De este conflicto entre ricos se deduce una consecuencia para el común de los mortales que residimos en estos momentos en la Villa y Corte: cada vez vamos a ser más pobres y cada vez nos va a resultar más difícil acceder a una vivienda. Y no por guerras generacionales ni por precariedad laboral. Madrid repite en 2026 como la ciudad más atractiva para los grandes patrimonios, según el último informe de Barnes City, y también la ciudad en la que una pequeña parte de la población concentra cada vez más renta. La desigualdad nunca ha sido tan acusada en una ciudad acostumbrada a hacer negocios en los bares y asadores de toda la vida. Los ricos cada vez más ricos llenarán los clubes privados y los pobres cada vez más pobres irán migrando hacia la periferia de la periferia de la ciudad. Como explica Pedro Bravo en su libro, las ciudades sirven para encontrarnos, hacer cosas juntos y construir una vida digna y divertida sin necesidad de irnos al extrarradio. Para qué sirve Madrid y cualquier otra ciudad no puede responderse construyendo un parque temático para turistas y una fortaleza exclusiva para ricos en el centro cultural y afectivo de esa urbe. El proceso de desamor de los ciudadanos corrientes con su ciudad de origen o acogida, en este caso Madrid, tiene que ver con la imposibilidad de que personas muy distintas hagamos vida común, negocios juntos, vida juntos, en un espacio que antes era público y administrábamos entre todos y ahora se ha convertido en un club privado solo para ricos.