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Confesiones sobre la televisión

23 de agosto de 2026 20:56 h

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Cerca de una de las ventanas de mi salón, en el extremo izquierdo, queda el cable de la tele. Está enrollado sobre sí mismo muchas veces y prácticamente no se ha movido de ahí desde que llegué de alquiler a esta casa, hace cinco años. Televisor tengo, sí, en el cual veo películas, series, vídeos o, sobre todo, reproduzco música; lo que no veo es tele. Lo cual es un poco el colmo, porque encima participo de ella y salgo en canales que no tengo sintonizados (porque no tengo sintonizado ninguno). No es que me falte hábito o que por edad no haya visto a otras personas “ver la televisión”: mis abuelos pasaban horas infinitas viendo Sálvame, o el programa del corazón que fuera, cuando llegaba la tarde perezosa de verano y el calor extremeño hacía la calle insoportable; me encantaba quedarme con mi bisabuela, despierta yo más allá de mi hora, viendo concursos televisivos, con sus pausas publicitarias eternas. Los dibujos me los tragaba enteros. Jamás me ha sido ajena la televisión como ruido de fondo y compañía; vista su evolución actual, empiezo a pensar que esa forma de televisión es, al menos para mí, un fósil.

No soy una anomalía estadística. Según un informe de abril de 2025 de Barlovento Comunicación, con datos de Kantar, mi generación, los Z, representa un escaso 6% de la audiencia de televisión tradicional. Los intentos de inventarse programas para apelar a este nicho específico, fuera de entornos digitales o plataformas, han funcionado más bien regular. No sé si haría falta un milagro para convencerme de enganchar el cable al televisor, una amenaza o la intervención divina, pero más o menos. El período de mi vida en el que más atención presté a la tele fue cuando prestarle atención a la tele formaba parte de mi trabajo (pues tenía que estar al día de casi todas las tertulias y temas de discusión): dejarlo atrás es comparable a una desintoxicación. Hay un divorcio total y absoluto entre lo que a mí me interesa y lo que emite la parrilla informativa. Este divorcio no implica que esté poco informada, y por varias fuentes: leo periódicos, lo que sí que es una anomalía estadística, y hasta tengo en el salón una radio. Pero no me sacudo la sensación de que, si mi cable estuviera enganchado, o incluso si estuviera más enganchada yo al televisor, peores serían mis niveles de cortisol y mi estado de ánimo. No es solo que no tenga conectado el cable de la tele: es que lo que en la tele se emite me parece cada vez más bruto e insoportable, mi paciencia demasiado escasa como para soportarlo. En palabras que me dijo alguien que acudía a la tertulia de otro canal: “entrevistamos a personajes alucinantes, estrambóticos, pero todos sabemos lo que hay”.

Decía Bourdieu, en una conferencia, que la opción de negarse lisa y llanamente a expresarse por medio de la televisión no le parecía defendible, pues aparecer en televisión podía llegar a ser incluso, en determinados casos, un deber. “La televisión es un instrumento que, teóricamente, ofrece la posibilidad de llegar a todo el mundo. Lo que plantea una serie de cuestiones previas: ¿Está lo que tengo que decir al alcance de todo el mundo? ¿Estoy dispuesto a hacer lo necesario para que mi discurso, por su forma, pueda ser escuchado por todo el mundo? ¿Merece ser escuchado por todo el mundo? Se puede ir incluso más lejos: ¿Debería ser escuchado por todo el mundo?”. El mundo de hoy no es el mismo que el de 1996, pero la televisión sí que sigue ofreciendo a quien a ella acude llegar a buena parte de la población y hasta instalarse en sus casas, quizá con la vocación de decir algo sensato. Cada vez que me levanto por la mañana para ir hasta unos estudios de grabación, cada vez que allí el equipo de trabajadores de maquillaje y peluquería me maquilla, y peina, y cada vez que allí me colocan el micrófono, intento, en lo que digo y asevero, ser justa y sincera al tiempo que resisto a las pendientes o desfiladeros de la brutalización y el espectáculo. No se distinguen tanto de los desfiladeros propios del columnismo.

El otro día me encontré en un bar con un tertuliano conservador y hablamos sobre parte de la experiencia compartida de la televisión y las tertulias. Él me contaba que, aunque no era su intención inicial, la dinámica propia de su programa le había llevado a la exageración, casi la construcción de un personaje; yo le respondía que algo así me producía urticaria y, al tiempo, era capaz de reconocer que mi bando, el de no gritar ni exaltarse, tenía al final todas las de perder, en un mercado donde la competición por la atención exige que vociferes o digas barbaridades. Creo que mi postura le apenaba un poco. Me concedía la razón moral al tiempo que me recordaba una forma de derrota inevitable. Tomando algo, otra tertuliana también me lo resumía así: según la tertulia, modulas o juegas un poco más. Todos en una tertulia son conscientes del juego y exageran. Como en el gran sueño que es la vida, todos conocen su papel, cada uno sueña lo que es; la diferencia es que, al contrario que en Calderón de la Barca, todo el mundo lo entiende. Todos sabemos lo que hay, ¿no?

Ninguna de esas conversaciones, obvio, me dio razones o motivos para conectar por fin el cable del televisor.