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Enma López y la muerte de la vieja política

15 de julio de 2026 21:29 h

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Los periódicos se están muriendo. Según el estudio anual que realiza el Reuters Institute junto con la Universidad de Oxford en 48 países, la proporción de personas que se declaran “extremadamente” o “muy” interesadas en las noticias ha caído 13 puntos en los últimos cinco años. Mientras tanto, los usuarios que dicen tener poco o ningún interés en ellas son ya la cuarta parte de los encuestados, frente al 16% de 2021. En España, los lectores de periódicos se han desplomado; han pasado en 10 años del 72% de la población al 44%. Para sorpresa de nadie, ese dato es aún más acusado si ponemos el foco en las personas más jóvenes: si en 2016 8 de cada 10 consultaban las noticias cada semana, hoy son menos de 4.

(Por cierto, hay que decir que entre todas estas ‘malas’ noticias, destaca una buena: elDiario.es es uno de los medios que mejor resisten y es la segunda cabecera digital más leída de España, con un 14% de la audiencia).

En las últimas semanas se han ofrecido muchas explicaciones para este fenómeno. La más evidente: que los chatbots están cambiando los hábitos de los internautas, que ya no necesitan pisar las páginas de los periódicos para encontrar lo que buscan. Además, la población de todo el mundo se está pasando a las redes sociales como fuente de información y cada vez visita menos los medios tradicionales de comunicación.

Y todo esto es verdad, pero no termina de explicar por qué la caída castiga precisamente a la información periodística. Los chatbots también responden preguntas sobre moda, sobre fútbol o sobre cómo quitar una mancha de vino, y sin embargo el interés por esos temas no se ha hundido, al contrario, las redes sociales están plagadas de este tipo de contenidos. La gente sigue queriendo saber de zapatillas y de fichajes; lo que está dejando de interesarle, en proporción, son las noticias.

Yo creo que hay una razón bastante más profunda que las transformaciones de la tecnología. En contra de lo que pudiera parecer, los medios tradicionales no representan toda la realidad desde una posición neutral (porque eso no es posible), sino que nacieron para contar una parte concreta del mundo compartido que sucedía dentro de las estructuras del Estado y de las grandes empresas. Por eso en los periódicos dominan las noticias que hablan de la actividad parlamentaria junto a un tipo de información económica relacionada con las cuentas públicas –la fiscalidad, la recaudación, la inflación, el PIB– y con la actividad del IBEX35.

Y lo que está ocurriendo es que esa parte de la realidad cada vez interesa menos. La caída del tráfico de los periódicos no es un fenómeno en sí mismo, sino que es la consecuencia de este otro: es el efecto retardado de un cambio en los intereses de la mayoría de la sociedad. Lo que se está muriendo es una vieja forma de hacer política.

Hoy, para mucha gente, hay poco que aprender en el seguimiento de la actividad de los partidos políticos. Una vez que los mecanismos de la democracia son bien conocidos, prestar atención al día a día de los representantes y del Parlamento resulta una pérdida de tiempo.

Y yo sé que para mucha gente esto puede ser un anatema. ¿Cómo no nos va a importar la política, si nuestra existencia misma está en sus manos? Y es verdad: lo está. La política afecta a la vida de la gente, a veces de manera decisiva. La reforma de la dependencia aprobada hace dos días mejorará la existencia de cientos de miles de personas. Pero que algo te afecte no implica que merezca tu atención diaria. Son dos cosas distintas. Nada nos afecta más que el cambio climático y no por eso pasamos el día mirando isobaras e informes del IPCC.

La pregunta relevante no es si la política importa, sino qué nos ofrece a cambio de seguirla día a día. ¿Qué nos enseña de la vida? ¿Qué nos da que podamos aplicar a nuestra existencia cotidiana? La respuesta, para la inmensa mayoría, es “muy poco” o “nada”. No podemos intervenir en las decisiones públicas más que una vez cada cuatro años; enterarnos hoy o el mes que viene de la enésima bronca parlamentaria no va a modificar nuestro trabajo, nuestro alquiler ni la salud de nuestra madre. Y cuando lo que nos devuelve la política es un martilleo continuo de insultos y descalificaciones, dejar de prestarle atención no es un ejercicio de apatía, sino de higiene mental.

Así, mucha gente, sobre todo la más joven, se está mudando a otra esfera de la realidad que siente que le afecta de manera más directa, por más que desde fuera pueda parecer que simplemente atienden a temas “menos importantes”. Por esta razón, los pódcast y hasta los formatos de televisión que triunfan son casi por unanimidad alérgicos a los grandes análisis y a los marcos “políticos”. Son, por el contrario, programas conversacionales que hablan de la experiencia vital de la gente.

Ahora bien, eso no quiere decir que tengan menos carga política: lo que ocurre es que la llevan de contrabando. El tono, el lenguaje y el código de la conversación han cambiado y hoy la política no se debate solo en otras plataformas, sino que se habla en un idioma distinto y viaja inserta en otros formatos que solo para el observador despistado pueden parecer “apolíticos”.

Los partidos que heredamos del siglo XX —no solo en España, en todos los países— muestran una enorme dificultad para entender esta transformación. Y es comprensible, porque aceptarla supone renunciar al privilegio de vivir colocados justo debajo del foco, a ser el centro de la sociedad. Pero el precio de no hacerlo está a la vista: los cementerios políticos de Occidente se están llenando de siglas que hace veinte años parecían eternas y que no han querido captar este mensaje.

De vez en cuando surge en esos partidos una oportunidad de cruzar el abismo que los separa de esta nueva esfera de la realidad: una persona que se ofrece a tender un puente que les permita, si no instalarse, al menos pisar el otro lado y experimentar cómo se vive allí. En estos días, en Madrid, la candidatura de Emma López a las primarias del PSM para la alcaldía de la capital es una de esas raras ocasiones.

Con dos legislaturas como concejala y dos décadas de carnet del partido a sus espaldas, pero con una actitud nativa de la conversación social, López está demostrando ser una política capaz de hablar a ambos lados de esta brecha que hoy parte la sociedad: entre la realidad que todavía percibe una parte importante de la militancia del PSOE y la que ha emergido en el siglo XXI y que es cada vez más hegemónica.

El domingo se vota su candidatura. Por la noche —¡mientras celebramos la victoria en el mundial!--- sabremos si el PSM opta por intentar cruzar el puente o, por el contrario, decide que es mejor quedarse donde está.