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Opinión - 'Una frontera alquilada', por Alberto Garzón

A falta de Hércules, conllevancia

5 de agosto de 2026 21:56 h

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A no ser que Hércules lo arregle por el procedimiento de desgajarlas de África y adosarlas a las costas andaluzas, Ceuta y Melilla van a seguir siendo problemáticas. Marruecos no va a renunciar a reclamar, aunque sea retóricamente, la soberanía de las dos ciudades, y su condición de frontera entre dos mundos socioeconómicamente muy desiguales va a seguir haciendo que millones de africanos las vean como una valla a saltar por cualquier método.

No veo ninguna fórmula mágica que pueda solucionar una y otra cuestión. Descarto, por supuesto, la cruzada contra el moro deseada por los ultras españoles, eso ya lo practicaron Isabel II y Alfonso XIII y fue un colosal desastre. Así que, ya se lo adelanto a ustedes, amigos lectores, no veo otra salida que la conllevancia, ese soportar con inteligencia y paciencia una situación tan penosa como irremediable que Ortega y Gasset proponía para el asunto catalán.

Pedro Sánchez no ha señalado acusatoriamente al régimen de Marruecos por su promoción, complacencia o mera ineptitud ante la entrada de más de 70.000 de sus niños y jóvenes en Ceuta la pasada semana. Me parece bien, de mis gobernantes no espero que arrojen gasolina al fuego. Sánchez responsabilizó del masivo asalto a las redes sociales y a las mafias, y si lo primero es cierto -vuelve a circular en Marruecos otra convocatoria para el 15 de agosto-, lo segundo es una mentira piadosa.

En todo caso, en el pecado, sea apadrinar el asalto, sea su incapacidad para impedirlo, lleva su penitencia la monarquía alauita. El penoso espectáculo de decenas de miles de chavales atravesando a nado el espigón del Tarajal para alcanzar el sueño español, es un durísimo golpe para la narrativa oficial de que Marruecos va alcanzando la modernidad con puertos, aeropuertos, marinas, autovías, trenes de alta velocidad y renovaciones de medinas. Ha quedado en evidencia que la juventud de sus clases populares vive frustrada y asfixiada, está loca por irse a ese vecino septentrional que da trabajo y gana el Mundial.

Sigo creyendo, sin embargo, que el interés nacional de España pasa por mantener con Marruecos la política del colchón de intereses mutuos que, salvo con Aznar, ha sido la de nuestros gobernantes. Aunque con grandes reticencias tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político hispano, Felipe González, Zapatero, Rajoy y Sánchez han practicado el incremento de los intercambios comerciales, económicos, turísticos, humanos y culturales como amortiguadores de los diversos contenciosos con el vecino del sur.

¿Cuál es, si no, la alternativa? ¿Que la Guardia Civil hubiera disparado a mansalva a los nadadores que venían del lado marroquí? ¿Ponerle muros al mar con espigones kilométricos?¿Romper las relaciones con Rabat, enviar la Armada a Casablanca y acercarnos a un escenario prebélico? ¡Qué fácil es soltar exabruptos desde un plato televisivo con aire acondicionado! Como ha escrito aquí mismo Jesús Núñez, “una valla mayor o un carro de combate adicional no detienen la desesperación de los abandonados por su propio Gobierno”.

Llegamos así al nudo del asunto. ¿Nos gustaría un Marruecos más seriamente comprometido con los derechos humanos y la reducción de las desigualdades socioeconómicas? Pues claro que sí. No solo nos gustaría, nos convendría. La vecindad siempre es menos conflictiva con alguien al que la vida le va bien. La pulsión migratoria, para empezar, no sería tan feroz como acabamos de vivir en el asalto a Ceuta, que ha supuesto la muerte de más de un centenar de aventureros.

Se alejaría asimismo la tentación marroquí de usar la reivindicación de la soberanía sobre Ceuta y Melilla como válvula de escape de sus problemas internos. Dos países que comparten valores democráticos tienen muchas menos ganas de ir a la guerra por una cuestión de banderas. Lo ha demostrado la experiencia de España y Reino Unido en el asunto de Gibraltar, concluida venturosamente este mismo verano con la eliminación de la valla.

Creo que Ceuta, Melilla y Gibraltar deben ser lo que quiera la mayoría de sus habitantes, no lo que imponga la geografía. Me encantaría que mis nietos vieran una Ceuta y Melilla tan españolas como lo deseen sus gentes, integrada a la par humana, económica y culturalmente en su entorno magrebí. Con las menores trabas posibles, como viven ahora los llanitos del Peñón.

En fin, no todas las imágenes de los sucesos en Ceuta son espantosas. No lo son, por ejemplo, las de esos policías, guardias civiles y soldados españoles que, lejos de ametrallar a los migrantes marroquíes, como probablemente desearían nuestros ultras, los ayudaban a salir del agua y recobrar fuerzas. De esa España me siento tan orgulloso como de la que se manifestó contra el genocidio de Gaza. Y también son muy estimulantes las imágenes de esos ceutíes musulmanes que, bandera rojigualda en mano, pusieron en fuga a los fascistas y neonazis peninsulares que habían cruzado el Estrecho para liarla parda.

Permítanme, como penúltimo apunte, que exprese mis dudas sobre la actuación del CNI en la crisis ceutí de este agosto. Si no se enteraron de la que se estaba organizando, ¿a qué se dedican sus muchos agentes e informadores en el territorio marroquí? ¿Es que ni tan siquiera monitorizan las redes sociales? Y si se enteraron y no dieron una enérgica voz de aviso, ¿lo hicieron por razones políticas, para que su odiado #Perro pasara las de Caín?

Mi último apunte es sobre Meloni. Con amigos como esta señora, ¿quién necesita enemigos? Se abalanzó sobre la crisis ceutí como una hiena sobre un despojo, con el ansia irrefrenable de ensuciar la imagen de la actual España, tan valorada por millones de italianos. Además, mintió: entrar en Ceuta y Melilla no supone entrar en territorio Schengen. Meloni apelará a la solidaridad europea cuando llegue el próximo trance migratorio en Lampedusa, como la pide Dinamarca ante el deseo anexionista de Trump sobre Groenlandia. Dan ganas de mandarlos a unos y otros a paseo. Pero no lo haremos. No somos tan ruines.