Bordear la ley para poder atender animales en los incendios: “La legislación nos ha impedido salvar más vidas”
Se acaba un verano marcado por devastadores incendios en varias zonas del Estado español que nos han sobrecogido y que nos han desvelado de forma cruel las deficiencias de un sistema legal y sanitario que no solo ignora a los animales en los protocolos de respuesta a ese tipo de catástrofes, sino que obliga a quienes los defienden a tener que bordear la ley para poder atenderlos.
A raíz de algunos de esos incendios especialmente voraces, como el de Los Gallardos (Almería), el de La Mierla (Guadalajara) y los que afectaron a la Comunidad de Madrid, Toledo y Ávila, así como a Castellón, las redes sociales se llenaron de peticiones de ayuda y de personas que comenzaron a responder organizándose para evacuar a animales, atenderlos durante los confinamientos, buscar a los perdidos durante los traslados y dar cobijo a los desalojados. También, para ayudar, en la medida de lo posible, a los animales silvestres cuyo hogar estaba ardiendo.
Una de las personas que se movilizó fue Ainoa, que semanas después sigue con pesadillas y que habló con nosotras sabiendo que salvar vidas puede tener un precio demasiado alto. Cuando permitieron el regreso a su pueblo, en la provincia de Ávila, tras la evacuación por los incendios, decidió volver y poner en práctica los conocimientos adquiridos en sus estudios de ATV (Asistente Técnico Veterinario), cursados durante una excendencia en un empleo que nada tiene que ver con la atención a los animales. De camino a la zona de Piedralaves ya empezaron a ver animales muertos, quemados, heridos, cruzando las carreteras, vagando por las cunetas. Nada más llegar recibió la primera petición de ayuda, para dos yeguas que habían sufrido quemaduras al entrar las llamas en la parcela donde estaban. Una de ellas tenía quemaduras muy graves y la ansiedad empezó a hacer mella en Ainoa. “No soy veterinaria, solo soy ATV, no tengo experiencia con estos animales, mucho menos en una situación así”, nos explica recordando aquellos días.
Las veterinarias que atienden habitualmente a los animales de esa zona estaban de vacaciones, las que estaban trabajando en sus clínicas en zonas relativamente cercanas no podían acercarse, y las pocas que estaban por zonas incendiadas tampoco daban abasto. No había más manos cerca, y Ainoa decidió tirar de conocimientos, experiencia, sentido común y pragmatismo. Con la ayuda de dos personas más, una de ellas también ATV, consiguió limpiar las heridas y aplicar el tratamiento tópico que tenía disponible.
Y aquí ya saltan los dos primeros problemas. Uno, tener que ejercer de veterinaria cuando eres ATV porque no hay nadie disponible con más conocimientos que tú. Otro, enfrentarte a una norma sobre medicamentos que, en la práctica, impide proporcionar a esos animales la medicación que necesitan. Porque son animales quemados en un incendio, a los que no se puede manipular fácilmente y que necesitan un tratamiento urgente, que no puede esperar días al resultado de pruebas que además nadie puede hacer. “La gente estaba rota. Había personas que lo habían perdido todo y te pedían ayuda desesperada para sus animales. ¿Qué haces? ¿Les dices que no puedes porque la ley no te lo permite?”.
Mientras Ainoa ponía todo su empeño en salvar a esas yeguas, Alicia, veterinaria de la zona oeste de Madrid, empezaba a organizarse con colegas para ir a prestar asistencia a los animales afectados, confiando en que el Colegio de Veterinarios de Madrid coordinara esa labor y permitiera una excepción en la normativa para agilizar y flexibilizar la dispensación de la medicación necesaria. A los pocos días, ese organismo lanzó un comunicado, como también hizo el de Ávila, poniéndose “a disposición” de los servicios de emergencia ante la gravedad de los incendios, pero no agilizaron ni flexibilizaron la normativa sobre medicamentos. “Por tanto, no se podía dispensar de manera excepcional medicación humana -a pesar de ser mucho más barata y mucho más rápida de conseguir-, los medicamentos tenían que ser adquiridos en una farmacia mediante una receta en la que deben constar los datos de identificación del animal, y la dispensación de antibióticos seguía condicionada a los resultados de cultivos que tardan días y cuestan dinero.
Eso, en animales quemados cuyas heridas eran un foco de infección inmediato y que, además, en muchos casos, no se dejaban manipular, sin medios ni recursos para poder sedarlos y, en muchísimos casos, sin identificación. No había amoxicilina, no había córticos, no había pomadas para quemaduras, no había sueros para fluidoterapia. No había nada. Solo mucha empatía y mucho sufrimiento en una zona devastada.
El equipo veterinario de Salvando Peludos se desplazó a zonas de Ávila con todo su equipamiento para lo que pensaba que se iba a encontrar, pero lo primero con lo que se topó fueron trabas y más trabas. “A mí no me dejaban pasar”, nos cuenta una de ellas, porque incluso para atender a gatos de colonia o acudir a avisos de personas que habían pedido ayuda para sus animales heridos solo se podía acceder con acompañamiento de agentes, mediante un grupo que estaba organizado y era el único que tenía autorización. “Yo iba preparada, pero me costó mucho dar con este grupo y, a través de ellos, poder entrar y ayudar”.
Cuando se pudo acceder a zonas quemadas, la situación era mucho más complicada. Solo a modo de ejemplo, de los casos que atendieron, desde Salvado Peludos nos relatan dos. El primero, un ciervo vareto, macho joven que ya ha cumplido el año de edad. Localizado el día 6 de agosto deambulando con dificultad, con el paso de las horas fue mostrando “claros signos de deshidratación y postración”. Presentaba graves lesiones en el abdomen y en las extremidades por “quemaduras profundas con carbonización ósea y muscular”.
[Las siguientes imágenes pueden herir su sensibilidad]
Otro caso fue el de un corzo añal, joven de más de 12 o14 meses y menos de tres años de edad. Localizado el 20 de agosto deambulando con dificultad y cojera, presentaba “quemaduras profundas con carbonziación ósea y muscular en extremidades y abdomen, y acúmulos de pus en las articulaciones distales de las extremidades anteriores”. “Esos animales necesitaban atención urgente porque estaban andando con los huesos. Era urgente”, insisten.
Este equipo veterinario de Salvando Peludos fue advertido expresamente por agentes medioambientales de que los animales del monte no pueden ser trasladados porque, si pertenecen a un coto, son “privados” y solo pueden ser atendidos en ese mismo terreno y con la debida autorización. Autorización de quien posee a ese animal con la única finalidad de tirotearlo. En ambos casos hubo llamada al Seprona. En el primer caso dijeron que irían al día siguiente, y al día siguiente dijeron que habían ido, pero que no le habían encontrado. Quienes dieron los avisos creen que el ciervo agonizó escondido, hasta morir. En el segundo, directamente, no fueron.
En el caso de este ciervo, su cadáver fue localizado por el equipo de Salvando Peludos el 7 de septiembre, un mes después de los incendios.
En esos días, Ainoa, la ATV, atendió a yeguas, caballos, burros, cerdos, patos, agapornis, etcétera, y a muchos gatos, tanto domésticos como comunitarios. Perros no, nos cuenta. “A los perros se los pudieron llevar al evacuar, o estaban dentro de las casas y se salvaron, o estaban fuera, en las parcelas, y murieron quemados o asfixiados. Pero no había perros heridos”.
A los pocos días, Ainoa estaba agotada y la ansiedad apenas le permitía descansar, pero los animales a los que atendía iban saliendo adelante. En gran parte, nos dice, gracias a personas que consiguieron medicación por diferentes vías; todas ellas, en el mejor de los casos, al borde de la legalidad.
Un día llegó otro aviso. En una zona de chalés que es corredor de paso para animales silvestres, un corzo herido se había refugiado en un jardín. Estaba tirado en el suelo y la mujer que dio el aviso no se atrevía a llamar al Seprona ni a los agentes forestales por miedo a una multa, ya que es ilegal tener a un animal silvestre dentro de un domicilio. Así que le pasaron el contacto de Ainoa.
La mujer acondicionó para el corzo un rincón tranquilo dentro de una nave, asesorada telefónicamente por varias personas que tenían conocimientos en animales silvestres, y Ainoa consiguió administrarle fluidoterapia para hidratarle y tratamiento tópico en las quemaduras que tenía por todo un costado del cuerpo. Parecía que podían estabilizarle, pero el mayor reto era la bradicardia, lo que presentaba, además, un problema mayúsculo a la hora de trasladarlo a un refugio o un santuario, en el caso de que se hubiera podido organizar esa posibilidad.
Después de hacer todo lo que sabía y podía por ese corzo, Ainoa se fue a atender a uno de los gatos quemados a los que hacía seguimiento esos días y, en ese rato, el corzo murió. Ella aún se emociona cuando lo recuerda, triste y llena de rabia, con la duda de si podría haber salido adelante en caso de recibir atención por parte de una veterinaria, no de una ATV, y con la medicación necesaria.
Aún con el peso de esa rabia en sus palabras, denuncia que el miedo de aquella mujer que refugió a ese corzo en una nave no era solo recibir una multa, sino que alguien recurriera a un tiro en la cabeza como mejor ayuda posible a un animal herido.
Raúl, un vecino del valle del Tiétar que también se movilizó en los incendios, nos cuenta que los agentes y los bomberos forestales están “atados de pies y manos” por la normativa y por la falta de recursos, y que muchas veces ni se plantea que un animal silvestre herido pueda tener una nueva oportunidad. Si es de una especie protegida sí se puede pelear para que sea trasladado a un centro de recuperación, pero si tiene la mala suerte de ser un animal “común”, y ya no digamos si pertenece a una especie cinegética, su suerte está echada, como nos contaron también desde Salvando Peludos.
Acostumbrado a atender a varias colonias felinas de la zona, Raúl se pasó los primeros días recorriendo viviendas y parcelas para dar comida y agua a los animales que se habían quedado atrás después de las evacuaciones y los confinamientos, a la vez que gestionaba un punto de recogida de alimentos donados por particulares y organizaba grupos de trabajo para subir al monte y atender a los animales silvestres. No se puede creer que aún no haya un protocolo, estatal o autonómico, dirigido por profesionales para responder a “una tragedia de tal magnitud”.
Raúl, como Alicia, como el equipo de Salvando Peludos, vio a animales muertos, heridos, quemados, sedientos, hambrientos, aterrados. A personas desesperadas buscando ayuda para ellos y a otras muchas desesperadas por no poder ayudar como la situación requería, viendo cómo muchos animales morían sin ser siquiera tenidos en cuenta.
Y lamenta, como colofón macabro a todo ello, que la ayuda a los animales silvestres afectados por los incendios en muchos de esos municipios se haya puesto en manos de los cazadores. Después de años viviendo donde vive, de muchas caminatas por el monte y de muchas experiencias de todo tipo, no tiene duda de que esa ayuda es “interesada” y de que los cazadores aprovechan esa comida para crear puntos de atracción para los animales que les interesan, a los que luego pueden tirotear sabiendo dónde van a buscar comida y agua.
Hemos visto muchas advertencias en redes sociales sobre la forma correcta de ayudar a los animales silvestres afectados por incendios. Sobre qué comida proporcionarles, cómo y dónde ubicarla para no dañarlos aún más. Muchas de esas advertencias partían de asociaciones de cazadores dirigidas a “animalistas” que, según ellos, no conocen a los animales a los que pretenden ayudar ni el terreno en el que se mueven. “No hay que poner fruta”, decían, “porque fermenta y los animales enferman. Dejadnos a nosotros, que nosotros sabemos”. Pero Raúl ha visto vehículos 4x4 con remolques cargados de pan, tomates o ciruelas conducidos no por animalistas sino por cazadores. Ha visto cómo hacían cebaderos para luego disponer los puntos de tiro.
Desde el primer momento, vecindario y asociaciones pidieron a las administraciones autonómicas suspender la caza en los municipios afectados, pero las limitaciones solo han llegado a la media veda, y únicamente en las parcelas calcinadas de los cotos de caza, y no en todos los municipios donde llegaron las llamas. Eso significa que los animales que consiguieron huir de los incendios y que se dispersaron buscando agua y alimentos han podido ser tiroteados en otros territorios cercanos.
Junto a un grupo vecinal y de voluntariado del Valle del Tiétar, Raúl firmó un comunicado relatando lo vivido, las semanas socorriendo a animales sin ningún respaldo institucional y reclamando medidas concretas para que situaciones así no se repitan. Afirman categóricamente que han sido testigos, como otras personas vecinas, “de animales heridos que han sido abatidos a tiros por cazadores en lugar de ser rescatados, sin que los agentes forestales presentes hayan intervenido para impedirlo. Y cuando, como ciudadanía, hemos dado aviso al Seprona de un animal herido, la respuesta de las autoridades, en el mejor de los casos, ha sido la eutanasia in situ; en el peor, un disparo, sin que se haya intentado siquiera valorar por un veterinario especializado si el animal era recuperable”. Lo mismo que nos cuenta Ainoa y que relata el equipo de Salvando Peludos.
El vecindario recuerdan que la Ley 7/2023 de protección animal incluye expresamente a los animales silvestres en su ámbito de protección y la obligación de las administraciones públicas de adoptar medidas para la protección de los animales en situaciones de catástrofe, emergencia o riesgo grave, y dispone que los planes de protección civil deben contener medidas en ese sentido. Recuerdan también que el Código Civil reconoce a los animales como seres sintientes, lo que “obliga a interpretar en consecuencia el resto del ordenamiento”, incluida la normativa sobre Protección Civil.
Fernando Sánchez, de Salvado Peludos, nos resume estos tres factores, que hacen que la devastación de los incendios no cese cuando se apagan las llamas. Muy al contrario, la gestión pública añade más crueldad sobre las primeras víctimas de esas llamas. En primer lugar, nos dice, “la promoción de la caza para acabar con los supervivientes de los incendios”, que ha sido “impulsada” por comunidades autónomas y municipios como supuesta estrategia para restablecer la “normalidad” de los montes y que implica “promover la muerte en vez de la supervivencia”.
En segundo lugar, la “apropiación por parte de los cazadores del derecho a transitar por los montes y de ”cuidar“ (aunque lo que hacen ellos no es cuidar) y alimentar a los animales”, con ese único interés de poder seguir cazando, hasta el punto de que quienes quieren ayudar a los animales sin obtener un beneficio de ello, y hacerlo además con los conocimientos adecuados, “nos hemos visto cuestionados, señalados, criticados” por quienes solo buscan poder seguir pegando tiros. “Los cazadores, una vez más, nos han apartado”, denuncia, incluso “prohibiendo a compañeras activistas su presencia en el monte”.
Como tercer factor que añade “extrema crueldad” a lo que ya de por sí es una catástrofe, señala “la dificultad” para ofrecer atención sanitaria a los animales afectados, con avisos “ignorados sistemáticamente” por quienes deben atenderlos, “dejando en situación de agonía a muchísimos animales”. “Lo hemos vivido de manera reiterada”, insiste Fernando, y hasta para poder ayudar a un animal a descansar sin más sufrimiento han tenido que hacerlo “a escondidas”, sin más apoyo que el de sus propias compañeras y compañeros activistas.
“Fue desolador y lo sigue siendo”, nos cuenta también Cris Aznar, fotógrafa que se desplazó a la zona de Iruelas para dejar constancia del horror y que contactó con una asociación de Zaragoza con la que colabora, Amnistía Animal. Como muchas otras de las zonas afectadas y de otros muchos lugares de España, esta asociación recaudó ayuda y la trasladó a Ávila y a otros lugares arrasados por el fuego.
En España tenemos leyes que protegen la tortura de animales, que permiten su cría indiscriminada, que castigan a quienes los rescatan, y que también impiden atender a quienes sufren una catástrofe, como un incendio devastador que aniquila todo su entorno. “Las leyes nos han impedido salvar más vidas”, dice Ainoa, aún rota. “Trabajas sin recursos, sin medios, viendo solo dolor a tu alrededor, sin poder llegar a todo, y encima te arriesgas a una denuncia porque estás trabajando en la clandestinidad”.
El verano ha llegado a su fin y sabemos ya que ha sido el más caluroso desde que tenemos registros. Las temperaturas excepcionalmente altas han sido la tónica, y las consecuencias son perceptibles en los animales, en la vegetación, en los cultivos. Los incendios se han sucedido durante meses, e incluso los que no han afectado a poblaciones humanas y no han copado las portadas de los medios de comunicación, han calcinado el hogar de millones de animales y han matado a muchos de ellos, no podemos saber ni a cuántos.
Hace falta un protocolo, pero hace falta mucho más. Hace falta interiorizar que los demás animales también son víctimas de este tipo de catástrofes y actuar en consecuencia. Hace falta que personas como las que nos han relatado estos horrores no se jueguen el tipo ni su futuro por salvar vidas. Hace falta que esas vidas cuenten.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
0