Yo soy más racista que tú
Hay imágenes que retratan una crisis. Y hay otras que retratan una época. Las de miles de personas intentando alcanzar Ceuta hablan, por supuesto, del fracaso del modelo migratorio europeo. Pero, sobre todo, revelan otra realidad: la competición política, en España y en la Unión Europea (UE), por demostrar quién es más duro con quienes intentan cruzar sus límites territoriales. La discusión ya no gira solo en torno a cómo gestionar la llegada de personas. Gira, sobre todo, alrededor de quién promete más expulsiones.
No estamos ante una excepción. La externalización del control fronterizo ha convertido a terceros países en guardianes del perímetro sur. A cambio de financiación, cooperación o respaldo diplomático, Estados como Marruecos o Turquía contienen los flujos migratorios. Ahí reside una de las grandes debilidades del modelo europeo: quien controla ese grifo también dispone de una poderosa herramienta de presión geopolítica. Ocurrió en el río Evros, cuando Turquía empujó a miles de personas hacia Grecia en 2020 para presionar a Bruselas. Volvió a suceder en 2021, cuando el régimen de Aleksandr Lukashenko facilitó la llegada de ciudadanos de Oriente Próximo y los condujo hasta Polonia, Lituania y Letonia como parte de una estrategia de guerra híbrida. Ese mismo año, Marruecos permitió la entrada de unas 10.000 personas para castigar a España tras la acogida hospitalaria del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. La Eurocámara respondió entonces condenando el uso de seres humanos como arma de presión política.
Las personas dejan así de ser sujetos de derechos para convertirse en munición humana, en piezas de ajedrez de la negociación entre Estados. Después pasan a desempeñar un segundo papel: el de recurso electoral. El guion se repite en Lampedusa, Grecia, Polonia o Ceuta. Primero llegan las imágenes; luego, los bulos; por último, las promesas de mano dura.
Los acontecimientos de estos días ilustran con claridad esa dinámica. Jordan Bardella culpó a Sánchez de haber “abierto las puertas de Europa”. Meloni elevó el tono hasta plantear la suspensión de Schengen respecto a España y Finlandia respaldó esa posición, pese a que Ceuta ni siquiera forma parte de ese espacio de libre circulación. En Alemania, la presión de AfD vuelve a empujar el debate migratorio hacia posiciones cada vez más extremas. Ninguna de esas reacciones puede ni debe entenderse al margen de los calendarios electorales que afrontan varios países europeos este año.
España tampoco escapó a esa lógica. El diputado de Vox José María Figaredo llegó a reclamar que había que “cazar” a quienes habían entrado en Ceuta. Santiago Abascal habló de “invasión”, vinculó la llegada de personas con la delincuencia, la inseguridad y el deterioro de los servicios públicos, canceló su viaje a Colombia para desplazarse a la ciudad autónoma y convirtió la frontera en el eje de su ofensiva política. Al mismo tiempo, Alvise Pérez y miembros de Núcleo Nacional acudieron a Ceuta para disputar a Vox el monopolio del discurso racista.
Nada de ello responde a la improvisación. Forma parte de una estrategia conocida: convertir una crisis fronteriza en una oportunidad política. El miedo moviliza, la xenofobia cohesiona y convertir a la persona migrante en enemigo interno continúa siendo uno de los principales reclamos ideológicos de la constelación ultra. Partiendo de ahí, la rivalidad ya solo consiste en demostrar quién propone el programa más intransigente y emplea el lenguaje más agresivo.
Pero el verdadero problema no es Vox. De Vox nadie puede decir que oculte su proyecto. Lo preocupante es un PP que ha dejado de combatir los marcos de la extrema derecha para hacerlos suyos. Lejos quedan los aplausos a las palabras de León XIV cuando recordó que “la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”. Bastó lo ocurrido en Ceuta para que ese consenso desapareciera. La movilidad humana dejó de abordarse como un fenómeno complejo, que exige cooperación internacional y respeto a los derechos humanos, para convertirse en un instrumento de confrontación partidista.
Cuando la derecha tradicional acepta el marco que fija la derecha radical, deja de discutir las soluciones y termina, no solo reforzando el relato de quien marca el debate, sino extremándolo todavía más, porque del extremismo vociferará más, utilizará descalificaciones más gruesas y medidas todavía más inhumanas. Por ejemplo, elevando al nivel del discurso político lo que hasta entonces solo había tenido carta de naturaleza en las calles: cazar al inmigrante. Como en Torre Pacheco hace exactamente un año. También ocurrió con la Agenda 2030 y con las políticas climáticas. Ahora sucede con la inmigración, el clímax de las políticas de deshumanización, porque en este caso hablamos –o deberíamos– de seres humanos.
La pregunta más importante no es qué dice hoy la oposición, sino qué ocurrirá cuando gobierne. Porque Marruecos seguirá ahí y seguirá haciendo lo mismo: utilizará geopolíticamente los flujos migratorios. Ningún Ejecutivo español será inmune a episodios como el de Ceuta.
¿A quién culparán entonces?
Gobernar exige algo más difícil que señalar responsables: obliga a gestionar problemas para los que no existen soluciones simples. Además, obliga a responder otra pregunta. Si el referente político de Vox es el modelo impulsado por Trump, basado en deportaciones masivas, redadas y una exhibición constante de la fuerza frente a la inmigración irregular, ¿hasta dónde estaría dispuesto a acompañarle el PP para conservar una mayoría parlamentaria? Los acuerdos autonómicos ofrecen algunas pistas, porque el PP ha aceptado el principio de “prioridad nacional” o las restricciones a organizaciones sociales que atienden a personas en situación irregular. Cesión tras cesión, el espacio político del PP se desplaza hacia la derecha radical.
Ese es el verdadero riesgo. Ningún Estado está a salvo de que un tercer país utilice la migración como instrumento de presión. La diferencia reside en cómo se responde a esas situaciones: desde la gestión, la cooperación europea y el respeto al Estado de derecho o desde el miedo, la búsqueda de culpables y la competición por demostrar quién es más implacable. Pero entonces la política solo consistirá en demostrar quién puede gritar con más fuerza: yo soy más racista que tú.
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