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Sajonia-Anhalt, la advertencia que Feijóo no debería ignorar

El canciller alemán y presidente de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) Friedrich Merz. EFE/EPA/HANNIBAL HANSCHKE
8 de septiembre de 2026 21:59 h

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Los resultados electorales de Sajonia-Anhalt debería preocupar a todos los partidos democráticos europeos y, en particular, a los conservadores que creen que la mejor manera de frenar a la extrema derecha es parecerse un poco más a ella.

AfD ha obtenido el 43,8% de los votos, más del doble que en 2021, con una participación del 77,8%, récord desde la Reunificación. No estamos, por tanto, ante una victoria producida por la abstención de los demás, sino ante una movilización masiva en torno a AfD.

Pero lo que importa para España no son tanto las cifras como la lección política que encierran.

AfD ha conseguido integrar malestares diferentes en una única narrativa: desigualdad económica, inseguridad, inmigración, pérdida de estatus, desconfianza hacia las élites y refuerzo identitario. En el este alemán existe una herida histórica que ninguna política posterior a la Reunificación ha conseguido cerrar. De hecho, los resultados de las elecciones de este land sirven para ilustrar a la perfección qué es lo que ha pasado en las sociedades capitalistas democráticas en los últimos 36 años. En 1990, la CDU liderada por Helmut Kohl consiguió en Sajonia-Anhalt un récord hasta ahora imbatido: cosechó el 39% de los votos. Fue el año de la Reunificación, cuando la democracia y el capitalismo eran objeto de deseo y motivo de esperanza. Más de tres décadas después, casi el 44% de los electores ha apostado por la extrema derecha: aquel sueño de la democracia capitalista parece ahora más bien una pesadilla.

Hablamos de «la Reunificación», pero Ilko-Sascha Kowalczuk, un historiador de Berlín este, habla de «la Absorción» (Die Übernahme). En un libro publicado en 2019 describe cómo aquella compleja operación de Estado funcionó como funciona la adquisición de una empresa: se cogieron los activos de la República Democrática Alemania, se desmantelaron sus instituciones y la Alemania Occidental absorbió el territorio sin adoptar prácticamente nada del legado del Este.

Eso explicaría la desigualdad crónica aún evidente entre los restos de aquellos dos Estados. En 2024, la renta disponible por habitante de Sajonia-Anhalt fue de 26.297 euros, casi cuatro mil euros menos al año que los 30.069 de media alemana. Cifras todavía más reveladoras: el ingreso primario, antes de transferencias sociales, es el 73% de la media, los salarios el 78,2% y los ingresos patrimoniales apenas el 49,6%.

Hablamos de economía, pero también de dignidad e identidad. Porque una persona no vota solo con la nómina. Vota también sugestionado por la sensación de que su comunidad no importa, que no es escuchado ni tenido en cuenta.

Ahí está una de las claves del éxito de AfD y de la extrema derecha europea. Su programa ofrece respuestas sencillas a problemas complejos: menos inmigración y más deportaciones, recuperación de soberanía y confrontación con las élites políticas y económicas. La inmigración es el contenedor en el que se depositan todo tipo de frustraciones.

También funciona la nostalgia. No tanto por el comunismo real como por una versión idealizada en la que había seguridad, comunidad, empleo y certezas. Justo lo que el capitalismo neoliberal no ofrece. Se trata de una memoria selectiva de un pasado que nunca existió realmente así, pero que sirve como imagen especular de un presente que no satisface.

La otra gran lección es la humillante derrota de la CDU de Friedrich Merz. Ha pasado del 37,1% al 17,2%, perdiendo casi la mitad de su apoyo. Lo cual obliga a plantearse una pregunta —incómoda— que también debería hacerse el Partido Popular español: ¿qué ocurre cuando la derecha tradicional intenta competir con la extrema derecha adoptando su discurso?

La estrategia no es nueva. Se conoce como «triangulación política» y la experiencia alemana ofrece una respuesta poco halagüeña: endurecer el discurso sobre inmigración no solo no garantiza recuperar al votante de extrema derecha, sino que vuelve hegemónico su marco cognitivo. Si el votante prefiere la posición más dura sobre inmigración, ¿por qué habría de contentarse con una copia moderada?

Eso explica la escalada verbal entre PP y Vox a cuenta de la crisis de Ceuta, ese laboratorio en el que esta nueva política de extremos está experimentando tácticas y estrategias. Feijóo podría haber aprovechado la ocasión para demostrar que él encarna una alternativa entre el optimismo ingenuo de unos y la deriva deshumanizadora de otros. Habría podido defender el control de las fronteras, exigir una respuesta europea, reclamar seguridad y capacidad del Estado y, al mismo tiempo, negarse a despojar al inmigrante de cualquier dignidad humana.

Ha hecho todo lo contrario. Ha intentado superar a los de Abascal en dureza retórica y crudeza política. Pero lejos de frenar a su más directo adversario por la derecha, el PP ha contribuido aún más a agudizar un estancamiento —detectado en prácticamente todas las encuestas— que sitúa su techo electoral alrededor del 32%, mientras Vox se dispara, rozando en algunas encuestas los veinte puntos porcentuales. De confirmarse electoralmente esas cifras, ambos gobernarían con holgura, cierto, pero el equilibrio de poder dentro de la coalición cambia mucho si es tu socio quien ha salido más reforzado.

Así que el resultado de Sajonia-Anhalt es mucho más que un hecho histórico y alarmante. Es —también— un aviso. Para quien lo quiera, o lo sepa, entender.

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