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El fuego amigo de Óscar Puente

21 de agosto de 2026 21:48 h

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Estoy muy a favor de la tesis de que, en estos tiempos que corren, con la ultraderecha mundial campando a sus anchas, y la española, concretamente, golpeando a las puertas de la Moncloa con un ariete sin cuartel, tenemos que ser cautos con cómo hacemos, desde la izquierda, oposición al gobierno. Primero de todo porque, siento ponerme estupendo, no creo que este gobierno sea tan de izquierdas como para bajar los brazos y contentarnos con su mera existencia, sobre todo dado que son la única alternativa al apocalipsis que proponen las derechas, pero también porque somos todos ya mayorcitos como para saber qué es lo que pasa cuando al PSOE se le da manga ancha para hacer lo que ellos creen conveniente.

Quiero decir que no hay mejor ni más oportuno momento para ser súper de izquierdas que cuando, precisamente, es la izquierda la que ocupa el gobierno. Esto implica ser muy críticos con la situación de la vivienda, con la tibieza de las relaciones diplomáticas con Marruecos, con la impunidad con la que campan los agitadores fascistas en los medios y en las calles y, por supuesto, con una reforma de las condiciones laborales y salariales que no está ni siquiera a medio camino de llegar a unas condiciones dignas de un estado europeo. El reto, en mi opinión, está en elaborar una crítica legítima al gobierno que no sirva de munición al PP y, sobre todo, a Vox, para seguir atacando los pilares de un proyecto que, aun en ciernes, es lo mejor a lo que podemos aspirar en el medio plazo. Pero Óscar Puente, a veces, lo pone muy difícil.

El ministro de Transportes se ha erigido en los últimos años como un portavoz alternativo, no oficial, del gobierno de España, un puesto que oficialmente ocupa la ministra Elma Saiz. Puente ha demostrado una oratoria arrolladora tanto en el Congreso como en redes sociales, algo que es de celebrar, porque para combatir a lo que tenemos enfrente se necesita la contundencia de un puñetazo en las costillas. Feijóo todavía lleva tatuado en las mejillas aquel “de ganador a ganador”, que le espetó a comienzos de la legislatura. El problema está cuando el impresionante orador de la tribuna muta, de vez en cuando, en el abominable hombre del Pisuerga, y dirige sus golpes, cada vez con más frecuencia, no contra el enemigo declarado sino contra su propia trinchera.

Esta semana, Puente ha colgado en sus redes una comparación entre el cartel de las fiestas de Valladolid de 2022 -cuando él era alcalde- y el de este año, con el pie implícito de “mirad todos qué bien lo hacía yo”. Carolina Durante, que formaba parte del cartel de este año, que previamente habían dicho nada y no pintaban nada en esa pelea, se dieron por aludidos y dieron al ministro una respuesta lacónica y demoledora: “Estás tú para hablar”.

Se ha criticado también a Carolina Durante que entren a la confrontación con el ministro, pero, sinceramente, ¿qué se podía esperar? Defenderse de la ultraderecha no puede ser un eximente de poner la otra mejilla con una falta de respeto tan gratuita. Y Puente, que se ha vuelto uno de los ministros más famosos del gobierno por sus muestras de contundencia dialéctica, se quedó mudo -casi mejor así, en este caso-, ante un grupo de música que no había entrado a la conversación por voluntad propia y que le devolvió el golpe con el desdén exacto que merecía la ocurrencia.

La izquierda no necesita que la derecha sea quien le busque las cosquillas cuando tiene ministros dispuestos a hacerlo por puro ego. El fuego amigo de Óscar Puente cada vez que algo se sale del finísimo trazo que pretende dibujar es peligroso, porque muchas veces, esta es una de ellas, su potencia de fuego es inversamente proporcional a su puntería. Un puñetazo bien dado puede noquear al adversario; uno mal dado, te rompe la mano a ti. La izquierda ya tiene bastante trabajo defendiéndose de fuera. Lo último que necesita es aprender a esquivarse a sí misma.