Javier Bardem y la disputa por la bandera española

12 de agosto de 2026 19:03 h

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Durante el Mundial, el actor Javier Bardem hizo dos cosas que a mucha gente le parecieron incompatibles: se puso la camiseta de la selección española y sacó una bandera palestina en la grada. Tras haber acudido al partido contra Austria sin la camiseta, se le vino encima una campaña que lo acusaba de despreciar a su país; después se la puso y explicó en redes sociales que se la puso porque en España cabemos todos. El hecho de que un actor tuviera que explicarse para poder llevar una camiseta de fútbol condensa todo el problema español con sus propios símbolos.

Resulta también que, hace unos días, varios colectivos fascistas intentaron organizar manifestaciones racistas en Ceuta. Cuando los youtubers ultras y una organización neonazi convocaron sus concentraciones, se encontraron enfrente a los vecinos, muchos de origen marroquí, coreando “fuera de aquí” y “esta es nuestra ciudad”. Por las imágenes de El Faro de Ceuta hemos visto que entre los vecinos había varios que vestían también la camiseta de la selección española, e incluso alguno llevaba serigrafiada en la espalda el nombre de Lamine Yamal; ya saben, ese impresionante y joven jugador del que el activista de extrema derecha Vito Quiles cuestionaba la nacionalidad española —quizás por ser musulmán o por ser más moreno de lo que el ultra consideraba apropiado—. Merece la pena retener esa estampa, ya que se trata de ciudadanos españoles a los que la extrema derecha les niega serlo, echando de su ciudad a quienes habían ido a explicarles que no lo son.

Hablamos de símbolos, algo de una importancia difícil de exagerar en política. Estos, normalmente insertos en rituales, unen a las personas en una comunidad que vaya más allá de lo puramente material. Las naciones modernas se construyeron todas a través un intenso proceso de nacionalización popular que fue impulsado por el Estado también a través de los símbolos y no sólo mediante políticas económicas, educativas o militares. En este sentido, uno de los problemas de España es que el golpe de Estado y la guerra civil y dictadura consecuentes torpedearon el intento de modernización y actualización de los símbolos que había llevado a cabo la II República, lo que condujo a la fragmentación simbólica de la comunidad nacional: la bandera rojigualda quedó para el franquismo y la tricolor para la izquierda, asociadas cada una a sus propias narrativas y emociones. El intento eurocomunista de asumir de nuevo la rojigualda nunca llegó a consolidarse entre la izquierda, quizás porque además coincidió con un paquete de cesiones laborales, económicas y políticas difícil de digerir. La consecuencia es que, hasta hace bien poco, la bandera rojigualda era sinónimo de ser facha.

Cuando en 2015 Pedro Sánchez presentó su candidatura con una bandera rojigualda gigante de fondo hubo más desconcierto que aplausos; y no debió funcionar muy bien porque no volvió a repetirse, al menos de un modo tan espectacular. Lo cierto es que el PSOE siempre ha usado la rojigualda a nivel institucional, pero nunca con la pasión de la derecha y además, por lo general, lo hace acompañándola de otras banderas regionales que diluyen la clásica asociación entre España y centralismo tan consolidada tanto en las derechas radicales como en los movimientos nacionalistas de las “periferias”. De hecho, el sentimiento general en España es de dualidad identitaria, es decir, la mayoría de la gente se siente tan española como de su territorio —considérese nación o no—. Por eso cuando hay una intensificación del sentimiento nacionalista en una dirección, suele emerger un contramovimiento del sentimiento nacionalista “contrario”, como ocurrió con el procés català y la radicalización de las posiciones españolistas (que además se mostraron mucho más exhibicionista en lo simbólico). Pero las encuestas avalan que en las últimas tres décadas no ha habido movimientos significativos en los indicadores de identidad nacional. Lo que cambia es más bien la intensidad y la alineación partidista de la gente, no tanto que de golpe la gente se haga “española”.

Hubo un tiempo, además, en el que la reivindicación de una España federal tuvo un gran atractivo entre la población general, incluyendo a las empobrecidas clases populares. A finales del siglo XIX todavía era una propuesta realista que compartían desde sectores burgueses hasta sectores comunistas y anarquistas; y en todas sus formulaciones se trataba de una idea con la que acompasar en un mismo Estado diferentes identidades nacionales, incluyendo, claro está, la española. Porque, y he aquí un punto importante, la identidad española ha existido también en la tradición popular y progresista.

El problema de una parte de la izquierda es que tiende a concebir España como una ‘cárcel de pueblos’, de lo que se deduce que sentirse español es tanto como sentirse carcelero. Pero resulta que la mayoría de gente que vive en España se siente española, incluso aunque sea una identidad compartida con otras y aunque se trate más bien de un sentir latente, es decir, de algo que está ahí a la espera de despertarse temporalmente y sin necesariamente implicaciones políticas. Ese despertar es precisamente lo que sucede cuando tienen lugar éxitos deportivos, como en el caso del fútbol, cuando la mayoría de la población se identifica con la selección sin que eso signifique una alteración sustantiva en su sentimiento nacionalista. Por decirlo de otro modo, los éxitos deportivos operan como un “recordatorio” de una pertenencia latente, sin inventar nada nuevo.

Los símbolos funcionan así, asociándose con diferentes ideas a lo largo del tiempo y, en consecuencia, siendo en todo momento políticamente disputados. Y todos esos significados conviven en el mismo tiempo histórico, por lo que el mismo símbolo necesariamente significa cosas distintas para diferentes personas. Solemos creer que el verdadero significado es el que le da el Estado, pero eso sólo es la cristalización de una correlación de fuerzas en un momento dado.

Precisamente porque los símbolos están disputados, también son contradictorios. Tengo un vecino malnacido que durante el mundial colocó en su balcón la bandera española con las siglas H.H., que es una de las formas que tienen los neonazis para mostrar su admiración a Hitler. Para este sujeto, el mundial fue una vía libre para expresar públicamente un guiño de secta. Por otro lado, y como ya hemos visto, la camiseta durante el mundial también sirvió para echar a esos fascistas de las calles. Se trata de un proceso puramente político, en el que distintos significados pugnan por fijar el sentido de un mismo significante.

El proceso político de los últimos años está permitiendo, además, que la bandera española sea resignificada también internacionalmente. En el año 2003, nuestra bandera estaba asociada a la subalternidad ante el imperialismo de George Bush y Tony Blair. Hoy, la bandera española aparece en el mundo como un símbolo de dignidad por la defensa que nuestro gobierno y nuestra sociedad hace de la causa palestina y de la oposición anti-Trump. Esta asociación no sólo ha cristalizado entre el mundo progresista, sino también entre el mundo reaccionario, como pone de relieve la enconada oposición de Estados Unidos e Israel a casi todo lo que signifique España.

Todo esto ayuda a explicar por qué el triunfo de la selección española fue celebrado con tanto entusiasmo en una ciudad en ruinas y carcomida por el dolor como es Gaza. Las imágenes que llegan todavía desde allí siguen poniéndonos la piel de gallina y tienen como consecuencia que nos sintamos orgullosos de ese símbolo que condensa, en este momento, una posición política tan decorosa. Precisamente, uno de los momentos más difundidos de Javier Bardem fue cuando un ciudadano palestino le trasladó las gracias por la posición de España. El actor era allí nuestro embajador de facto. El hecho de que Lamine Yamal levantara previamente al mundial la bandera de Palestina en una celebración pública contribuyó a reforzar la idea de que España está asociada a la lucha contra el genocidio, mientras que la gorra de “Make Spain Great Again” que Ferran Torres se puso en la caravana del mundial, y que la Casa Blanca se apresuró a difundir, apuntaba justo en la dirección contraria: son las escaramuzas de una disputa simbólica mucho más grande.

Si seguimos los puntos podemos encontrar una resignificación mucho más potente, ya que Javier Bardem no es cualquiera. No es sólo que sea un gigante de la interpretación sino que también es parte de una familia con una enorme importancia política en España. Su tío Juan Antonio Bardem fue un aclamado director de cine que militó en el Partido Comunista desde los tiempos de la clandestinidad, mientras que su madre, Pilar Bardem, también extraordinaria actriz, nunca abandonó sus inquebrantables principios y su vinculación comunista. Siguiendo esa tradición, tanto Javier Bardem como su hermano Carlos han mantenido un compromiso sociopolítico público fuera de toda duda, incluso a pesar de los innumerables costes profesionales que han asumido por defender causas como la palestina o la saharaui. Que sea precisamente el hilo rojo que todos ellos representan el que aparezca ante el mundo como asociado al símbolo de España, envuelto en este caso en una bandera rojigualda, es una bella ironía de la historia de nuestro país.

Y para mí, que pertenezco a una tradición derrotada una y otra vez por las fuerzas conservadoras y reaccionarias durante los dos últimos siglos, este tipo de victorias simbólicas tiene un valor especial. Eso sí, sé perfectamente que nunca son definitivas, y que los símbolos cambian porque cambian las relaciones de fuerza que les otorgan significado; y seguirán siendo objeto de disputa, como siempre lo han sido. Pero precisamente por eso merece la pena disputar también ese terreno, ya que renunciar a los símbolos nunca ha impedido que otros se apropien de ellos.

Rafael Alberti, uno de los grandes poetas españoles del siglo XX y diputado comunista en las primeras Cortes de la democracia recuperada, escribió desde el exilio sin renunciar nunca a España. Quizá esa sea la mejor lección: la patria no pertenece a quienes más la invocan, sino también a quienes se niegan a abandonarla en manos de quienes pretenden reducirla a una sola identidad. Eso es lo que explicó muy acertadamente Javier Bardem. Por eso tiene algo de justicia histórica que sea precisamente él—y la familia y tradición que representa— quien aparezca hoy, sin haberlo buscado, como uno de los rostros de esa otra España que siempre existió y que nunca dejó de disputar el significado de sus símbolos.