Madrid-Barcelona: el Papa resucita la turra
La visita del Papa a España ha servido para recordarnos lo felices que estamos encastillados en nuestras creencias, que nos hemos vuelto bastante insensibles a las desgracias de otros seres humanos, que en este país cambiar de opinión es un pecado capital y que vuelve la rivalidad entre Barcelona y Madrid. Madrid se comportó como lo que es gracias a la acción sostenida del PP durante los últimos 30 años y, especialmente, a la de su baronesa actual, empeñada en vivir en un Miami hecho a su imagen y semejanza, un Miami un poco hortera cuya esencia se resume en una conocida marca de cerveza con h intercalada. El encanto de Madrid, y lo escribo como madrileña, era (es) no tener una identidad definida. El arraigo en la Villa y Corte no tiene sentido porque fue siempre la ciudad de los desarraigados felices e infelices, la gente iba y venía y lo pasaba muy bien y muy mal, la vida en comunidad radicaba en los barrios y no había tradición ni modernidad. Una ciudad estupenda, si me preguntan, para vivir y trabajar pero incapaz de tener un sentido estético refinado y una ética elevada porque eso se educa a lo largo de décadas, quizá siglos, y en Madrid nadie educa ni se deja educar para la ética ni para la estética. Madrid ha cambiado mucho en los últimos cinco años, por la vía de dejar que el capital y el espectáculo arrolle a lo humano que no puede permitirse un tardeo diario en la calle Ponzano. Pero en lo que no ha cambiado es en su incapacidad para votar a alguien con un mínimo sentido del gusto y la trascendencia. De hecho, Madrid es famosa por acoger con los brazos abiertos a cualquier cantamañanas de provincias y elevarlo a la categoría de líder de opinión y también por su incapacidad para organizar un evento de masas que no sea intrínsecamente hortera y también popular. Eso se hizo en la visita del Papa porque Madrid no puede hacer las cosas de otra manera. Recordemos que cuando Manuela Carmena organizó una Cabalgata de los Reyes Magos distinta a la que se venía perpetrando en Madrid no pudo sustraerse al horror: fue tan hortera como siempre pero soliviantó a todo el barrio de Salamanca que querían la horterada rancia de siempre. No hay remedio.
Barcelona es lo que Madrid nunca podrá ser, para lo bueno y para lo malo. Tradiciones arraigadas, sociedad cerrada (a veces a cal y canto), aspiración al refinamiento y la cultura pero también a fantasías sobre el ego y el convencimiento de que la belleza es la llave que abre todas las puertas, hasta la del cielo. Con una orografía opuesta a Madrid (mar y monte contra la meseta infinita), es una ciudad consciente de sus límites que perdió su preeminencia económica e industrial en pleno proceso independentista: 2017 fue el año en el que Madrid superó por primera vez a Barcelona en PIB. En esos años de un procés tan inacabado como la Sagrada Familia, la ciudad cayó en una suerte de marasmo, que alentó un modelo económico de turismo caníbal en lugar del tradicional industrioso, innovador y financiero. Nunca se reconocerá el papel del gobierno de Pedro Sánchez en la construcción de una salida a ese ensoñamiento catalán alentado desde dentro y desde fuera, también desde el Madrid más competitivo. Con la visita del Papa, Barcelona ha escenificado su poderío y su vuelta al ruedo nacional, como alternativa a un Madrid que se lo quiere comer todo, incluidos sus ciudadanos, y lo ha hecho sin la presencia de elementos tan tóxicos como Sílvia Orriols y dando gracias al Altísimo porque el numerito de Míriam Nogueras se produjera en la capital de España.
¿Y el resto de España? Lo que más une a Madrid y Barcelona es la ignorancia de lo que sucede fuera de las fronteras de su abono de transportes, ahora también afectado por la prioridad nacional/regional. El Papa terminó su viaje en Canarias pero madrileños, barceloneses y la prensa adscrita lo habían finalizado antes de que el Pontífice pusiera pie en Tenerife. ¿Os acordáis de lo que vino a decirnos?