¿Marcharse o regresar? Una Odisea para cada uno
Hay una Odisea para cada uno y Christopher Nolan lo sabe. Viendo la aventura de Odiseo he visto mi vida, a veces de forma directa, a veces sensu contrario. A ti te pasará igual, y al otro y a la de más allá.
La Odisea, como Las mil y una noches, como el Quijote, está hecha de múltiples historias, pero la trama principal contiene el dilema vital de todo ser humano: marcharse o regresar. En el fondo, todas nuestras decisiones se reducen a eso: dejar un país, una profesión, una pandilla, o volver (a los viejos amigos, al calor de la lengua propia, a las lecturas que ya hicimos una vez, al novio que ya tuvimos).
No hace falta cambiar de país ni toparse con un cíclope para sentir el desarraigo. Se puede dejar mucho atrás sin moverse del sitio. Años después reparas en que las decisiones que tomaste tienen consecuencias. Te has marchado, y ¿qué ha pasado entretanto? Que en tu Ítaca -tu casa, tu familia, tu país- queda un vacío y alguien lo trata de ocupar. Quién no ha vivido uno de esos picos de trabajo, pongamos la gestión de una pandemia, en que la tarea no se acaba nunca. Esas etapas en las que una se vuelca, lucha todo el día contra un enemigo invisible, y vuelve a casa pero sin estar presente de verdad. Son épocas en que el trabajo te absorbe como una visita al Hades y, aunque pasas por casa, realmente no estás allí.
Yo lo viví. Y lo que sucede después también: se desata una crisis doméstica, como la que viven Penélope y Telémaco, asediados por los pretendientes. En 2026 no hay pretendientes ni tronos, pero la crisis íntima se manifiesta en forma de un alejamiento de la pareja que se siente abandonada, la irrupción de un tercero en el matrimonio o los problemas gástricos de un hijo, agravados por el desmadejarse del tejido familiar. Cuando uno está fuera la casa se resiente, viene a decirnos Odiseo. Por eso hay que volver.
Pero entonces, ¿quién no ha intentado regresar sin hallar el camino? Aporia en griego clásico es un lugar sin salida, pongamos un Mediterráneo innavegable por la ira de Poseidón. Para mí fue aquel momento en que ni quería continuar en la relación que tenía ni quería romperla. La vida esta llena de lugares bloqueados: Odiseo nos dice que siempre hay esperanza, pero a veces hay que pasar entre Escila y Caribids.
Por fin, una llega a casa. Y no hay paz. Odiseo encuentra a su perro Argos, porque hasta en la mayor dificultad alguien leal nos reconoce y espera. No obstante, eso no nos librará de enfrentarnos a nuestras decisiones.
La vida siempre pide explicaciones de los huecos que hemos ido dejando con nuestra ausencia. Nadie se marcha 20 años y es recibido con los brazos abiertos. Si has emigrado de tu país o si dejaste tu profesión para dedicarte a otra -pongamos el servicio público-, muchos no querrán reconocerte. Somos una especie exploradora, pero más aún gregaria: desconfiamos de quien se siente tan libre como para explorar demasiado. Y más si lo hace con alegría. Por eso en tu país de origen o en tu vieja profesión, muchos te cuestionarán, como a Odiseo. Querrán que no encuentres tu lugar y esgrimirán la espada: volver a casa no es celebración, sino lucha.
Todas nuestras vidas las contó Homero: las sirenas simbolizan hoy la crisis de atención; Calipso, con su obviada promesa de inmortalidad, representa hoy a los gurús de la biotecnología y los delirios del posthumanismo. Podría seguir: hay una Odisea para cada uno.
Supongo que el olfato artístico de Christopher Nolan le hizo percibir que era el momento porque sentimos desmoronarse nuestro sistema de creencias tanto como en la época de Homero. La Odisea que circuló como narración oral en aquella sociedad preliteraria rima con nuestra época postliteraria. No le perdono a Nolan que su Odiseo no tenga el humor y el ingenio del original. Pero sólo por atreverse a poner de moda un texto del siglo VIII aC tiene mi aplauso.