¿Por qué Jesús es blanco y Helena de Troya no puede ser negra?
Aunque el árbol del mundial de fútbol no permita fácilmente ver el bosque de la actualidad, les cuento que hay un follón montado en torno a la película La Odisea, que se estrena este 17 de julio. El motivo: la elección por el director, Chistopher Nolan, de la actriz Lupita Nyong’o para el papel de Helena de Troya. Lupita, hija de padres kenianos, nació en México hace 43 años y vive en Estados Unidos, donde, en una odisea más larga que la de Ulises, acaba de obtener la nacionalidad tras 23 años de residencia. ¡Lo que faltaba, que pusieran a una negra como una de las heroínas de la mitología griega!
Como suele ocurrir, quienes claman con más indignación contra lo que consideran un atropello inadmisible a la esencia misma de Europa no tienen ni pajotera idea de quién es Helena de Troya, no han leído a Homero y probablemente no hayan leído jamás un libro en su vida. Son más o menos los mismos que retuitean la foto de la selección de Francia de los años 90 y la selección actual y preguntan capciosos: “¿Notas alguna diferencia?”. Les perturba por igual que muchos jugadores del fútbol europeo sean hoy negros y que hayan puesto a una negra para encarnar a Helena de Troya. ¡Pero si era griega, por Dios! ¿No había en todo el Peloponeso o en el Epiro o donde fuera alguien más apropiado para ese papel? Sabemos cómo sigue el razonamiento: no es que seamos racistas, pero que lo que no se puede hacer es tergiversar nuestra cultura para satisfacer una agenda woke, no te jode.
De acuerdo con el mito, Helena nació de un huevo que puso su madre, Leda, tras ser seducida por Zeus bajo la figura de un cisne. Homero la describe como una mujer de deslumbrante belleza y, aunque apenas proporciona detalles sobre su aspecto físico, dice en algún verso que tenía brazos “níveos”. Lo que sugiere que era de tez blanca. Si fuésemos una sociedad normal podríamos debatir con más agudeza y menos brocha gorda sobre las licencias de los directores de cine para recrear a su antojo personajes reales o ficticios del mundo de la literatura. Como la que se permitió Alejandro Amenábar en su película más reciente al explorar en la presunta homosexualidad de Miguel de Cervantes. Personalmente, pienso que es una discusión baladí, pues parto de la premisa casi pueril de que los creadores son libres. Pero de cualquier modo, bienvenido el debate, que de ninguna manera es nuevo: pregúntenle si no a Platón.
Pero aquí no estamos hablando de las profundidades y los límites de la creación, sino de racismo puro y duro. Porque los que ponen el grito en el cielo por la elección de Lupita Nyong’o aceptan con naturalidad que el muy anglosajón Matt Damon interprete a Odiseo o que la también muy anglosajona Anne Hathaway encarne a Penélope, papeles que, si entramos en el juego racial que se nos pretende imponer como marco de discusión, deberían desempeñar actores de aspecto más mediterráneo, más griego, tú me entiendes. Tampoco tienen el menor reparo en que cuando hablamos de la egipcia de linaje ptolemaico Cleopatra se nos venga automáticamente a la cabeza Liz Taylor, porque así lo decidió a comienzos de los 60 el director de cine Joseph Mankiewicz.
Si no fueran racistas, del mismo modo que critican que Helena de Troya sea presentada como negra deberían cuestionar que el personaje más importante en los últimos dos milenios de esa cultura europea que tanto dicen defender se presente como un blanco de rasgos finos y mirada melancólica inspirado en modelos italianos -algunos sostienen que en el condotiero César Borgia-. Hace unos años, la BBC convocó a un grupo de expertos para que respondieran cómo podría haber sido el aspecto de Jesús, y el resultado fue la imagen ruda y morena de un semita, como era lo más previsible. Pese a ello, el Cristo más arraigado en el imaginario popular cristiano es la famosa estampa creada en 1940 por el artista estadounidense Warner Sallman, que lo presenta de perfil con una hermosa melena ondulante y barba de color castaño claro y, cómo no, blanco. Y todavía hay quienes andan cabreadísimos porque Christopher Nolan ha decidido que Helena de Troya sea negra.