La muela del juicio final
La pulserita que te ponen en Urgencias es muy fácil de poner -quitar el plastiquito que protege la pegatina, enrollar alrededor de la muñeca y cerrar como si fuese un velcro- y endiabladamente complicada de quitar -probar con la parte que se levanta, fracasar al romperse en trocitos sin alterar el velcro de pegamento y desmenuzarse las muñecas en busca de una solución más bruta hasta que decides acudir a la cocina a cortarlas con una tijera-. La última vez que pisé unas Urgencias fue hace un año, más o menos, cuando en un descuido automutilatorio me rebané parte de la falange de un dedo pulgar y tuve que escribir esta misma columna dramatizando como si fuera el rey Lear; ¡soplad, vientos, y romped vuestras mejillas! Rugid, nubes de alcohol sanitario, que aquí me hallo, frente al fregadero, librando una batalla que ni el mismísimo Rey en el páramo habría soñado. Porque, decidme, ¿qué es un hombre sino un pobre animal desnudo y bífido que no puede ni quitarse un marchamo de celulosa sin recurrir al acero de las tijeras de cocina? Qué recuerdos, el 2025.
Esta vez he ido a Urgencias porque me tocaba asumir las consecuencias de no llevar un abogado en mi pleito trimestral con las muelas del juicio. Empezaron avisando hace unos años, y en su momento, mi dentista, el señor Pacorro, el nombre no se lo puse yo, me dijo que lo mejor era no tocarlas, porque dos de ellas estaban bien, otra no tenía intención de moverse, y la cuarta en discordia, la que me solía dar el follón, estaba moviéndose en un ángulo de noventa grados, muy cerquita del nervio trigémino; creo que era el trigémino. Me dijo que extraerla supondría un riesgo de rozar el nervio y dejarme el gesto de la cara como el de Sylvester Stallone en Rocky IV y que, si me veía capaz de soportar que, de vez en cuando, me diese algo de follón, la mejor opción era dejarla tranquila.
En ese momento tendría que haber aplicado la doctrina israelí para con los iraníes: amenazar con que esa muela está, como mucho, a un par de semanas de desarrollar la bomba atómica y que lo mejor era declararle la guerra total y desmantelar sus capacidades antes de que ocurra lo inevitable. Pero no lo hice porque no me gustan los quirófanos, ni los anestesistas, y por nada del mundo querría una cicatriz en una encía que me provocase escozores; huelga decir que es una de las peores decisiones que he tomado nunca.
El dolor, hasta hace unos días, era trimestral o semestral, que iba desde la molestia más leve a un quejido más o menos agudo, aunque soportable, que a veces me requería tomar amoxicilina con ácido clavulánico durante unos días, y el de esta semana apuntaba a ser uno de los más leves de los últimos años. Un breve puntazo al masticar, cierta molestia al despertarme -sufro de bruxismo y aprieto más los dientes que Miguel Tellado-, pero nada fuera de lo común, hasta que el dolor tornó en un techno oscuro y profundo que nacía en la mandíbula y terminaba reventando en la sien. Para cuando quise darme cuenta, ya no era una molestia: era un inquilino con un martillo neumático instalado en mi cráneo. Pasé de la “doctrina israelí” a la rendición incondicional en lo que tarda en disolverse un ibuprofeno que, por supuesto, no me hizo nada.
Llegué a Urgencias con ese orgullo que arrastramos los hipocondríacos cuando la realidad, por una vez, nos da la razón. Entré en el hospital arrastrando los pies y cargando con una cara que no era la mía, que era una versión de plastilina derretida a la que el trigémino le estaba aplicando un tercer grado. Me senté en la sala de espera, ese purgatorio de sillas de plástico donde uno se dedica a observar las vidas ajenas mientras espera que alguien grite su nombre como si fuera el de un superviviente en una lista de náufragos.
Y ocurrió. En una hora, en lo que dura una pachanga de fútbol sala con el descuento y las tanganas, fui un hombre rescatado. Me atendieron cinco personas. Cinco. Pasé por las manos de una administrativa que me fichó con una piedad eficiente, una enfermera que me hizo el triaje con la mirada de quien ha visto cosas peores que mi muela termonuclear, un celador que me condujo por el laberinto de boxes como un sherpa de bata blanca, una médica que auscultó mi derrota bucodental y otra enfermera que me puso un pinchazo en el trasero, por donde empezó a correr la paz en forma de calmante.
Cinco personas que no me conocían de nada, que no tenían por qué quererme y que, sin embargo, se confabularon para que yo volviese a ser una persona y no ese guiñapo humano que entró pidiendo clemencia administrativa; cinco personas que son el músculo y el alma de un sistema que funciona con una precisión de relojería suiza incluso cuando el relojero está plagado de carteles de una huelga nacional sanitaria. Cuesta entender el mecanismo moral de quien, gobernando un país rico, diseña el desguace de este refugio. Hay que ser un auténtico malnacido para querer apagar la luz de un sitio que te salva por el simple hecho de estar vivo. Al salir, me toqué la pulsera de plástico; hoy es un incordio de celulosa, pero anoche fue toda una condecoración; fue la prueba de que, aunque nos rompamos, queda una red que no entiende de pleitos ni de clases. Mi patria es esa mano extraña que te busca la vía para que vuelvas a ser un hombre.