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Opinión - 'Ya no importan los muertos', por Esther Palomera

Ya no importan los muertos

29 de octubre de 2026 22:30 h

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Aún hay muertos en la vía. Familias rotas. Maquinistas destrozados. Viajeros en shock. Familias desoladas…Y, sin embargo, la pregunta que manda en la conversación pública, en las portadas de los diarios y entre la fauna que vomita en las redes sociales no es sobre el qué, ni sobre el cómo evitar que vuelva a pasar, sino sobre cuándo piensa dimitir el ministro Óscar Puente. Esta es la España que tentemos, la que, por acción u omisión, hemos construido entre todos y la que avergüenza, excepto a aquellos que se dedican a pagar a abogados para que los imputados en procesos judiciales mientan sobre el Gobierno. 

El accidente del AVE que tuvo lugar este miércoles, todavía bajo investigación -con Adif y la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios trabajando aún en el terreno- no servirá para abrir un debate serio sobre el estado de la red o sobre la inversión, sino para montar un patíbulo en el que ejecutar a un ministro. Cuanto antes, mejor.  Hay una derecha que dice hablar en nombre de los muertos, pero que, con sus actos, demuestra que piensa poco en ellos y en sus familias. Ahí están los titulares precipitados de cierta prensa que dieron por muerta a la popular Fátima Báñez sin que sus familiares supieran qué pudo ser de ella y nadie hubiera confirmado oficialmente su fallecimiento.

Ahí están los tuits de quienes cargaron contra el ministro porque no daba explicaciones una hora después del accidente y le machacaron al día siguiente por lo contrario, esto es por haber hablado con precipitación. Ahí están los mensajes de Abascal poniendo el acento en llamar “organización criminal” y “mafia corrupta” al Gobierno. Y ahí queda la querella contra Puente ante el Supremo “por presuntos homicidios y lesiones por imprudencia grave tras el accidente de Urda” presentada por Vox 24 horas después de que ocurriera el fatal siniestro.

Que fue una avería técnica y una cadena de errores humanos lo que provocó el trágico accidente de Urda ha quedado ya demostrado. Tal y como apunta la investigación y confirman los audios entre los trenes accidentados y el centro de control revelados por elDiario.es, el problema comenzó por un fallo técnico al que siguieron, al menos, tres errores del operario. Fue la sala la que dio al maquinista del AVE la orden de reanudar la marcha y de hacerlo “a marcha normal”, es decir, con la velocidad alta, algo que contraviene los protocolos ferroviarios, pero solo importan el ministro y, por extensión, el gobierno al completo. 

Con campaña o sin campaña electoral, si pueden usar un ataúd como escalón para llegar a La Moncloa, lo usarán. Sin pudor alguno y sin esperar las conclusiones de la investigación técnica o judicial. No es la primera vez ni será la última. Con sus excesos y sus errores, desde que llegó al Gobierno, Puente cometió el error imperdonable de no esconderse, de dar la cara y de responder a cuantas provocaciones le plantearon. En esta ocasión, ha comparecido en cuestión de minutos, ha puesto a Adif a disposición de los jueces, ha activado los protocolos preceptivos, ha estado en el lugar del accidente, pero antes de todo ello ya había quien había redactado el tuit de #PuenteDimisión. 

¿Es responsable el ministro de Fomento de cada traviesa, de cada tornillo, de cada desprendimiento o de cada fallo de cada operario? Es susceptible de debate, pero si no lo fueron antes Álvarez Cascos, José Blanco, Ana Pastor, Iñigo de la Serna o cuantos le precedieron en el cargo, tampoco hay razones objetivas para activar contra él una guillotina automática. Lo que molesta no es su gestión del accidente, sino su manía de hablar claro y de desenmascarar a los periodistas que mienten -que haberlos, haylos-. Por eso, ante cada incidente, sea este un retraso, una catenaria, un robo de cable o un accidente mortal, se convierte en munición de la carroña política y mediática.

Qué tiempos aquellos en los que la decencia exigía al menos 24 horas de luto, hoy no pasan ni 24 minutos cuando los mismos que se llenan la boca con las víctimas, pisotean su memoria para convertirlas en arma arrojadiza. Y, no, defender a Puente no es defender a un partido, ni a un Gobierno, es defender unos mínimos de institucionalidad y de decencia democrática.