¿Una nueva sociedad?
Con frecuencia seguimos usando palabras para definir realidades que han cambiado y ya no se ajustan a lo que significaban en el pasado. Por ejemplo, seguimos usando “familia” para referirnos a personas consanguíneas o unidas por lazos conyugales y que muchas veces conviven bajo el mismo techo, cuando hace ya bastante tiempo que las familias han dejado de ser eso y hay mucha más variedad de formas. Por eso hablamos, por ejemplo, de “familia elegida” cuando engloba a cierto número de amigos o “familia ensamblada o recompuesta (patchwork)” en los casos en los que una pareja convive con hijos de distintas relaciones anteriores.
Me da la sensación de que con el término “sociedad” está empezando a pasar lo mismo. Seguimos hablando de “la sociedad” como si fuera lo mismo que existía hace cincuenta años sin darnos cuenta de que lo que definíamos así ha cambiado tanto (y sigue cambiando a una velocidad enloquecida) que casi ha dejado de existir como lo conocíamos. Según el diccionario de la Real Academia Española, “sociedad” es el “conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo unas normas comunes”, y justamente eso es algo que ya empieza a no ser del todo cierto porque, aunque las leyes nos sigan obligando a todos, las normas están dejando de ser comunes. En su segunda acepción “sociedad” es “agrupación natural o pactada de personas, organizada para cooperar en la consecución de determinados fines”. También nos plantea ciertos problemas eso de “agrupación natural”. ¿A qué se refiere exactamente? ¿Qué es lo natural?
Antaño se vivía en una comunidad en la que todos sus componentes aceptaban como fundamentales y verdaderas ciertas normas que regían la convivencia: había comportamientos correctos, normativos, adecuados, que se basaban en general en la religión, la tradición y las leyes imperantes; y había comportamientos que se salían de esas normas y eran repudiados y en ocasiones castigados por la mayoría. Quienes se comportaban despreciando esas normas establecidas quedaban fuera de la sociedad; incluso en los casos en los que ese comportamiento no fuera ilegal, sino simplemente extraño o poco habitual, los individuos eran apartados de la convivencia social por no ajustarse a sus normas, a lo que se consideraba correcto o no. Me limito a señalar un hecho histórico. No estoy diciendo que me parezca una buena idea.
Mientras tanto, el concepto de aceptación social ha cambiado muchísimo (en general para bien, en mi opinión) y todo el mundo tiene derecho a rechazar normas con las que no se identifica y a hacer o no hacer cosas que unos años atrás eran imperativas y ahora han dejado de serlo: desde cosas de poca monta como ponerse zapatillas de deporte para acudir a un funeral a cosas de más enjundia como no relacionarse con ciertos miembros de la familia porque sus parejas no nos caen bien.
No estoy diciendo que lo antiguo fuera mejor que lo actual. Solo me planteo -porque soy muy aficionada a plantearme precisamente las cosas para las que aún no he hallado respuesta- si no estaremos empezando a dejar de ser “sociedad” para convertirnos en otra cosa. Me explico:
Vivimos en un ambiente (¿social? ¿cultural? ¿político?) en el que la mayor parte de comportamientos y actitudes van encaminados al individuo, no a la colectividad. Desde muy jóvenes educamos a nuestros hijos e hijas a pensar primero en sí mismos, cuando no únicamente en sí mismos. Valores como el sacrificio, la compasión, la solidaridad, la ayuda al prójimo han ido desapareciendo del programa. Los entrenamos (y nos entrenamos a nosotros mismos, no importa la edad que tengamos), a ponerse en el centro absoluto de todo: lo que me sienta bien, lo que deseo, lo que me agrada, lo que no contradice mis opiniones, lo que me hace feliz… mis rutinas, mis horarios, mis necesidades.
Es un “yo,mi, me, conmigo” constante que ha empezado a convertirse en el mantra actual. No queremos saber nada de los demás, especialmente cuando los demás no están dispuestos a adaptarse a nosotros. Cada vez resulta más difícil reunirse con conocidos y amigos porque tienen que coincidir los horarios de todos y casi nadie está dispuesto a ceder y renunciar a algo que ya tenía planeado para poder adaptarse a los demás. Hay temas de conversación que se ha decidido no tocar cuando se sale en grupo para que las opiniones divergentes no molesten a nadie. Ya no se acepta un sano debate apoyado en argumentos basados en hechos probados. Es mejor, simplemente, no hablar de ciertas cosas y en paz.
No conocemos a nuestros vecinos ni tenemos el menor interés en llegar a conocerlos. Cuando los hay. Porque cada vez más, si vivimos en una ciudad medianamente grande, puede suceder que en nuestro edificio haya varios pisos turísticos en los que los “vecinos” cambian cada dos o tres días. La mayor parte de las decisiones que nos afectan en nuestro trabajo o en la escuela de nuestros hijos se toman en grupos de WhatsApp o en reuniones telemáticas, lo que nos evita tener que aguantar a la pesada de siempre o tener que inventar una excusa para no ir después de la reunión a tomar un café con este o aquel que no nos cae bien.
Poco a poco, cada uno o una de nosotras se va retirando a una burbuja propia donde la información está hecha a medida de lo que le gusta, gracias a los algoritmos; donde tus opiniones se ven confirmadas gracias a las IA; donde no tienes por qué ver la misma película que quiere ver tu pareja o tu compañera de piso o tu padre, porque cada uno tiene su tableta y puede ver lo que le apetezca sin tener que fastidiarse y compartir lo que quiere la otra persona.
Nos vamos apartando de la sociedad real y a cambio nos metemos en ese sucedáneo llamado “redes sociales” (¿sociales?) que nos confirma en la idea de que lo que hacemos está bien. Sea lo que sea. Porque tú eres tú y tienes derecho.
El último informe PISA ha dejado bien claro que nuestros jóvenes no saben leer. Saben juntar las letras y descifrar las palabras, pero no son capaces de sacarle el sentido a lo que leen y mostrarse de acuerdo o no con el contenido. Están perdiendo la capacidad analítica y, por tanto, la capacidad crítica. Cuando se reúnen, ya no hablan de temas de interés general, porque el interés general ha dejado de existir. Ahora lo que se lleva es el interés particular, lo que da como resultado eso que ya parece un cliché: una familia de cuatro personas, de vacaciones, sentados en un restaurante esperando la comida y cada uno pegado a su móvil viendo cosas que no están allí, cerrando los ojos a las maravillas que están a su alrededor y sin compartir nada con sus compañeros de mesa.
Este comportamiento se está extendiendo a los grupos y lo único que aún une a una masa de gente es el amor común por un cantante o un equipo de fútbol, o el odio común contra un político o un equipo de fútbol.
Se han perdido las tradiciones, las fórmulas de cortesía, el concepto mismo de lo que está o no está bien para convivir en sociedad. El “eso no se hace” del consenso común ha desaparecido. Lo único importante es lo que uno quiere, siente, piensa, lo que le gusta o no le gusta. El individuo como medida de todas las cosas.
Esa deriva hacia el individualismo no me parece casual. Creo que es una manera de aislarnos a unos de otros. La famosa táctica bélica de Julio César, el “divide y vencerás” está empezando a funcionar hoy en día por el procedimiento de separar a los individuos de manera que no tengan grupos en los que apoyarse cuando lo necesiten. Para eso están las IAs que te darán consejos y ayuda a cualquier hora del día o de la noche y te convencerán de que no estás solo. Lo tienes a él, o a ella.
Es un proceso de destrucción de lo que antes llamábamos “sociedad” y que ahora se está convirtiendo simplemente en una masa de gente sola y aislada que no se identifica con normas ni ideales que sirvan para unirnos a todos en un proyecto común.
Quizá sea una evolución natural como dicen algunos, aunque yo veo poco de natural en una evolución orquestada por los grandes billonarios, los nuevos señores feudales de nuestro tiempo. A mí me parece que hemos llevado demasiado lejos ese derecho a la individualidad y que dentro de poco será tarde para retroceder y cambiar la dirección del camino que hemos emprendido. Ojalá me equivoque.