Algo pasa en València
El Centro de Arte Hortensia Herrero de València expone una obra digital del colectivo artístico japonés teamLabs que representa a una sociedad que vive en armonía. En ella, el visitante puede tocar la pantalla generando un malestar, una molestia real en los personajes que la habitan, que se revuelven con la presión del dedo. Los toques de los visitantes van acumulando agresividad en los píxeles humanizados.
Tienen un aguante de molestias programado en una cantidad que nadie sabe cuál es. Un día, un solo toque de alguien genera la guerra total y la destrucción sangrienta de la civilización. El cuadro de València llegó en febrero a este punto de destrucción. Quizás no fue voluntario, ni siquiera con mala idea, quizás no fue el dedo más acusador o el que con más motivos y ganas pulsó la pantalla. Quizás se trató solo de un pequeño roce o un roce accidental e injusto. Pero, por acumulación, fue el definitivo para generar una inercia que ya no se pudo parar.
Estos días, con tantas inercias de sumarios judiciales, surge la pregunta sobre dónde está el punto de no retorno para el PSOE, si resistir hasta 2027 es lógico o se llevará consigo a toda la izquierda al banquillo durante uno o dos ciclos electorales. Si no sería más inteligente un cambio de caballo y una renovación completa –qué difícil de imaginar o creer– mientras la derecha de Feijóo, incapaz de ganar con méritos propios, está esperando a heredar y encuaderna y colecciona autos de juzgados que han gastado el entusiasmo progresista: unos con más rotundidad que otros pero, en suma, decepcionantes. ¿Es este el mejor escaparate? ¿Nos ponemos a analizar el dedo o miramos el estado de ánimo del cuadro?
Mientras el PSOE se afana en parar los golpes y a su izquierda se afanan por montar algo interesante desde cero, las derechas unificadas toman posiciones de mando, abren la ventana de Overton. Y la sociedad civil toma las riendas de la calle y genera, huérfana a veces de representación orgullosa en partidos políticos, otras inercias positivas para un mundo más justo. Un ejemplo estremecedor estos días pueden ser los médicos, las educadoras de escuelas infantiles, la huelga de las cuidadoras, las protestas de los taxistas contra la uberización de todo y, con gran brillo, la huelga indefinida del profesorado desde Infantil a Bachillerato de la Comunitat Valenciana, que suma medio mes de protestas históricas. No se rinden. No decaen. Eso significa algo. Significa mucho. Sostener una huelga tres semanas, que supone pérdida de salario que puede llegar a 1.900 euros en diez días, revela una herida profunda.
Piden mejores salarios (son los que menos cobran de España), pero también mejor atención a la diversidad, más apoyo docente en las clases, climatización de aulas (qué menos), que los alumnos de la dana dejen los barracones (encaran el tercer curso provisional). Opacadas por la M30 y su vibra judicial, estos ciudadanos comunes están haciendo una verdadera oposición a las derechas y sus pretensiones de recortar el acceso a los servicios públicos según raza, nacionalidad o antigüedad en la ciudad. Y lo que es más importante, están simbolizándose. Serán, seguro, ejemplo para otros. Por ejemplo, los sindicatos de Madrid ya han anunciado que van a emular estas protestas. El ninguneo y menosprecio del gobierno del president Pérez Llorca, que no ha sabido leer su importancia, es posible que acabe siendo pagado en las urnas. En València, duele sobre dolido tras Mazón y la dana. Y en el gobierno de la Generalitat no se están enterando.
Son miles de personas con camisetas verdes todos los días, que están contrarrestando en las calles el concepto xenófobo de “prioridad nacional”. No son solo profesores. Están diciendo que el colegio o el médico no son un bien de lujo a conseguir por puntos. Están diciendo, junto a los miles de familias que salen cada día en manifestaciones históricas, que los gobernantes tienen la obligación de no dejar caer el estado de bienestar. Son la semilla de un malestar, pero también de unas exigencias que se están contagiando a otros sectores. Quizás no haya que imaginar inevitablemente un cuadro en guerra para el futuro, quizás haya que parar los dedos que quieren molestar la convivencia y reducir el bienestar. Es lo que están haciendo los maestros y las maestras y el profesorado no universitario junto a las familias: parar las agresiones al sistema público, decir basta.
España era en el año 2000 un país de 40 millones de habitantes. Hoy tiene casi 50 millones. La solución no pasa por limitar el acceso a los servicios públicos a 10 millones de personas como si sobraran. O expulsarlas. O dar clase a 40 grados, o esperar un año para una radiografía. La solución es invertir más y mejor en sostener lo que hace de Europa el continente de mayor bienestar del mundo. Sin excusas. Con trabajo. La política es arriesgarse a hacer algo, no es hacer eslóganes. Como dirigir una orquesta es tomar decisiones musicales, no es mover los brazos.
A los partidos de izquierda les queda un año para coger estas banderas y ayudar a conseguir lo que facilita la vida de las personas y, por tanto, las ata con las instituciones: que haya educación infantil gratuita, agua en fuentes públicas, árboles que mitigan el calor, un transporte público tan competitivo que no valga la pena coger el coche, casas para elegir y no tener que irte de tu ciudad o tu barrio, jornadas laborales que hagan posible cuidar, redes sociales decentes y atentas a normas de salud pública, médicos con más de cinco minutos por paciente, niños con necesidades especiales que las tengan cubiertas, polideportivos para desarrollarse, plazas públicas para reunirse, universidades gratuitas de calidad.
Todas esas banderas las están agarrando por el mástil una ciudadanía que da síntoma de no rendirse ante el discurso descorazonador de que no se puede hacer más. Claro que sí. Y si no es por la vía del voto, acabará siendo por la de la protesta en la calle. València ya lo está esbozando.