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¿Es posible la paz en Oriente Medio?

19 de abril de 2026 21:38 h

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La decisión iraní de levantar el bloqueo del estrecho de Ormuz parecía un paso definitivo para retomar la negociación de un acuerdo de paz en Irán, suspendida tras un solo día de sesiones, e incluso para prorrogar el alto el fuego, que termina el próximo miércoles, y abrir expectativas del fin de la guerra. Esta medida estaba sin duda vinculada al alto el fuego de diez días en Líbano acordado el jueves 16, ya que Teherán había declarado esa tregua como condición indispensable para aceptar el proceso de paz. Detener su ataque a Líbano es lo último que quería el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, porque la guerra de Irán, si termina ahora, no ha logrado sus objetivos y él necesitaba un éxito en ese otro frente para mantenerse en el poder y compensar a los miembros más extremistas de su gobierno como Bezalel Smotrich o Itamar Ben-Gvir, además de que creía poder aprovechar esta oportunidad para cumplir su deseo de ocupar de forma permanente el territorio libanés al sur del río Litani.

Caben pocas dudas de que Netanyahu había acordado con el presidente de EEUU respetar el alto el fuego con Irán a cambio de tener manos libres en Líbano, porque en caso contrario no se hubiera atrevido a declarar que la tregua no afectaba a sus operaciones en este país. La paz en Líbano no era importante para Washington, ni para casi nadie, porque esa guerra, o mejor dicho esa matanza, no influyen en el precio del petróleo u otras materias primas. Pero la firme actitud de Teherán ha terminado por forzar al presidente de EEUU, Donald Trump —que necesita imperiosamente salir de ese avispero en el que irreflexivamente se ha metido— a imponer a Netanyahu esta tregua, demostrando una vez más que todo lo que hace Netanyahu es porque Washington se lo permite, y que EEUU es siempre el responsable último de todo lo que sucede en Oriente Medio, tanto cuando actúa directamente como cuando lo hace a través de Israel.

Las Fuerzas de Defensa de Israel estaban aplicando en Líbano el método Gaza: arrasar pueblos y ciudades, no dejar piedra sobre piedra, con la esperanza de que entre todos los muertos hubiera algún terrorista, o algún familiar de uno, porque la idea de venganza —con un oscuro origen religioso— está presente en todas las acciones militares israelíes. Es sorprendente que haya sido solo Irán, el único país no árabe de la zona, el que haya defendido a Líbano hasta el punto de condicionar su propia paz, después de seis semanas de sufrimiento, a una tregua en ese país. Los Estados árabes han mirado para otro lado, absolutamente indiferentes a los 2.200 muertos, más de 7.100 heridos y un millón de desplazados de esta guerra absolutamente desigual, como hicieron ante el genocidio de los palestinos en Gaza. Por supuesto. Irán trata de proteger a Hezbolá, pero Israel no ataca solo a la milicia chií, ataca al país. Conviene recordar que cuando Israel lanzó sus dos primeras invasiones de Líbano —1978, 1982— Hezbolá ni siquiera existía.

La reapertura de Ormuz es sin duda el objetivo más importante para Trump. Su bloqueo es lo que le impulsa a buscar desesperadamente el fin de la guerra, ya que el incremento en EEUU del precio de los combustibles, los fertilizantes, y consecuentemente de la inflación, está teniendo ya efectos políticos internos muy negativos, que se unen al rechazo en amplias capas de la población estadounidense a una guerra de elección, cuyas razones y objetivos nunca fueron explicados claramente, y que contradice la política de aislamiento y de no intervención en guerras lejanas con la que Trump ganó la presidencia, cuando están cerca las elecciones de medio mandato.

El anuncio del fin del bloqueo hizo a Trump sentirse más fuerte y capaz de imponer mejor sus condiciones a Irán, al menos durante las horas que duró, lo que se tradujo —como siempre— en declaraciones extemporáneas, contrarias a la discreción que requiere cualquier negociación. Decidió mantener su propio bloqueo, porque era un símbolo para vender la victoria, puesto que el rival había cedido antes, y porque además le permitía seguir presionando económicamente a Teherán, sin empeorar las consecuencias para su propio país y para todo el mundo. Por eso era algo sorprendente que los dirigentes iraníes hubieran tomado esa decisión sin haber acordado la apertura total por ambas partes, aunque sí que afirmaron que la anularían si EEUU no correspondía con igual medida. Como Washington no reaccionó, Teherán ha revertido el levantamiento de su bloqueo, que ha durado menos de 24 horas, y sus patrulleras han atacado a barcos en el estrecho. No obstante, si la tregua en Líbano se mantiene, es probable que se ponga fin al bloqueo por ambas partes, aunque el presidente estadounidense todavía no ha dado la orden de levantar el suyo. Si esa condición se cumple, la negociación podría reanudarse muy pronto, quizá este mismo lunes, siempre que el presidente estadounidense no arruine esta segunda oportunidad con su actitud errática y arbitraria.

El punto más problemático del acuerdo para poner fin a la guerra es sin duda el nuclear. Irán ha declarado reiteradamente su renuncia al desarrollo de armas nucleares. Alí Jamenei lo había prohibido y el plan iraní de diez puntos, que dio origen a la tregua, incluye literalmente este compromiso, como también que el enriquecimiento se mantendría pero sujeto a acuerdos sobre su volumen. La discusión se centra ahora en esa capacidad iraní de enriquecer uranio, y en las reservas que posee de mineral ya enriquecido, 411 kilogramos al 60%, que todavía no tienen la concentración necesaria para fabricar un arma nuclear, pero podrían alcanzarla algún día. Según el ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Badr Albusaidi, que fue el mediador en la negociación que tuvo lugar en Ginebra entre representantes estadounidenses e iraníes, 48 horas antes de que EEUU e Israel lanzaran su ataque, Irán había aceptado ya degradar su uranio enriquecido, reducir sus reservas a cero, y someter su programa de enriquecimiento al control, no solo de la Organización Internacional de la Energía Atómica, sino de inspectores estadounidenses. Según Albusaidi, la delegación de EEUU habría aceptado esta posición y se iba a firmar un acuerdo de principios la semana siguiente en Viena. 

Pero después del ataque, las condiciones por parte de Washington se endurecieron de nuevo: Irán debía entregar todo su uranio enriquecido, renunciar al enriquecimiento para siempre, y desmantelar todas las instalaciones que aún estén operativas, destruyendo todas sus centrifugadoras. A cambio recibiría de EEUU el uranio necesario para operar la central de Busher, la única que tiene, lo que supondría una total dependencia de Teherán respecto a Washington y el fin de la autonomía estratégica y política del régimen de los ayatolás. En la negociación de Islamabad hubo desacuerdo tanto en el destino del uranio enriquecido como en la duración del período durante el cual Irán se comprometería a no enriquecer más. A partir de ahí, una transacción parecía posible, pero Trump resucitó sus exigencias máximas —a raíz de la efímera apertura iraní de Ormuz— poniendo en riesgo el acuerdo. El control del programa nuclear iraní se puede conseguir mediante inspecciones y sistemas de verificación, como se hizo con el pacto de 2015 —dinamitado por Trump por presiones de Netanyahu— así que este asunto parece más bien una excusa para lanzar un ataque cuyo primer objetivo era la caída del régimen iraní. Esto no se ha conseguido, y se trata ahora de centrarse en esta cuestión, como si su solución fuera una consecuencia de la agresión, cuando ya estaba al alcance, aprovechando que el objetivo de que ni ahora ni nunca haya otra potencia nuclear en la zona es compartido ampliamente en buena parte del mundo, incluida Europa.  

Es difícil discutir que Irán tiene que renunciar a poseer armas nucleares. Por supuesto, no debería tenerlas. Pero tampoco ningún otro país del mundo. Son una aberración que pone en manos de unas pocas personas la destrucción completa de la humanidad y del planeta. En este caso la pregunta es inevitable: ¿por qué podría tenerlas Israel y no Irán? Según Trump porque “las usaría inmediatamente”. Pero esta es una más de sus falacias. El régimen de los ayatolás no ha atacado jamás directamente a nadie, solo se ha defendido cuando ha sufrido una agresión, y esto es algo que no se puede decir de Israel, que ha bombardeado repetidamente Irán, y asesinado a científicos y políticos iraníes, sin haber recibido ningún ataque por su parte. ¿Por qué iba a ser diferente la actitud defensiva iraní si tuviera armas nucleares, sabiendo que la respuesta significaría también su propia destrucción? Desde 1945, ninguna potencia nuclear ha osado nunca utilizarlas, ni aun estando en guerra como Rusia en Ucrania, o Pakistán e India en sus enfrentamientos armados, conscientes de sus terribles consecuencias. No, nadie piensa realmente que Irán fuera a emplear alegremente armas nucleares contra sus vecinos, la razón verdadera es que si las tuviera no podría ser atacado impunemente cada vez que Tel Aviv o Washington lo crean conveniente, y —sobre todo— que la hegemonía militar de Israel en la región, que está respaldada por sus propias armas nucleares, desaparecería o se debilitaría, al verse estas neutralizadas por la posibilidad de una respuesta equivalente del régimen iraní.

El otro punto de discrepancia se refiere a las compensaciones económicas que exige Irán por los daños sufridos. Por supuesto, EEUU no va a pagar reparaciones, eso sería tanto como reconocer una victoria iraní. Pero hay otras formas de conseguir los mismos objetivos, como el levantamiento de las sanciones o el desbloqueo de los fondos iraníes congelados desde hace más de 40 años. La discusión aquí gira en torno al alcance y limitaciones de esas medidas que Washington quiere parciales y condicionadas y Teherán totales e incondicionales. Tampoco Irán va a conseguir la garantía que pide de no volver a ser atacado, ni de que no lo sean sus grupos afines, lo que incluiría a Hamás y Hezbolá. Ni EEUU que Teherán renuncie por completo a su programa de misiles.

Es imposible saber lo que va a pasar a corto plazo en el escenario caótico que ha provocado en Oriente Medio el ataque ilegal y criminal de EEUU e Israel a Irán. Trump es imprevisible y lo mismo puede actuar por la prudencia que le dicta el miedo a su fracaso y declive político, que dejarse llevar por su narcisismo y megalomanía que aparentemente le empujan a creerse sus propias mentiras. Necesita que la guerra termine, pero también poder fundamentar mínimamente un relato de éxito. Los dirigentes iraníes —siempre condicionados por la Guardia Revolucionaria Islámica donde reside el verdadero poder—, parecen dispuestos a resistir hasta que se acepten algunos de sus planteamientos, indiferentes al sufrimiento de su pueblo, al que no representan sino someten. No obstante, ambas partes necesitan la paz, y las dos harán concesiones. Aunque no se puede descartar una vuelta a la vía militar, es posible que, si Netanyahu no consigue impedirlo, en la segunda ronda de negociaciones se llegue a un acuerdo que ponga fin a la guerra.

Pero aunque esto se logre y las armas callen en y alrededor de Irán, eso no significa que vaya a haber paz. Esa es una aspiración mucho más ambiciosa y más difícil, casi una utopía en una región que no ha dejado de estar de una u otra forma en guerra desde que se fundó el Estado de Israel en 1948. Antes o después, Irán se recuperará y de nuevo Israel sentirá la necesidad de volver a debilitarlo. Mientras tanto, esta guerra habrá conseguido que el régimen, lejos de cambiar como proclama Trump, se haya radicalizado y sea aún más represivo frente a los disidentes, las minorías étnicas y las mujeres. En Líbano, ya han sido denunciadas numerosas violaciones del alto el fuego —que solo ha sido acordado por diez días—, mientras Netanyahu ha declarado que no piensa retirarse del sur del país, y que mantiene su derecho a atacar a Hezbolá, al menos en esa zona. Las hostilidades allí no van a terminar ahora, esto solo es una pausa para que Irán negocie. Y por supuesto, el gobierno israelí seguirá con su política de exterminar a los palestinos y expoliar sus territorios, ante la indiferencia del mundo —también de los árabes, también de los europeos—, que es el verdadero corazón y origen de todos los conflictos que se han producido y seguirán produciéndose en la región.

No puede haber paz sin justicia. Y no hay justicia para los palestinos, ni para los iraníes —menos aún para los que se oponen a su gobierno—, ni para los libaneses. Ni siquiera para los países árabes que se han visto arrastrados por EEUU a una guerra que no es la suya, y han sufrido las consecuencias. Tampoco la justicia hará pagar nunca a Trump y a Netanyahu la decisión de empezar esta guerra, inútil además de criminal. La posible paz actual, si se consigue, solo será una tregua —imperfecta— entre dos guerras. 

La paz solo puede ser el resultado de la convivencia pacífica, la aceptación de las diferencias, la búsqueda de intereses comunes o al menos convergentes, la tolerancia. A la paz no se puede llegar nunca por la fuerza, como proclamaron Trump y sus adláteres, la fuerza solo produce dominación, confrontación, odio y violencia. Hasta que todos los actores de la región no comprendan y asuman que les beneficia más cooperar y convivir que enfrentarse continuamente, hasta que no acepten que el respeto a los derechos humanos, políticos, sociales, económicos y religiosos de todos, empezando por el derecho a la vida, es la única base sobre la que se pueden construir un futuro pacífico y próspero para todos, seguirá sin haber paz, continuaremos contemplando horrorizados estas masacres sangrientas que nos encogen el corazón con la impotencia de quien asiste a algo que su condición humana rechaza, careciendo de los medios para ponerle fin.