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El sentido común devorando a sus hijos

18 de septiembre de 2026 22:07 h

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Tengo la sensación, espero no ser el único, de que las cosas acabarán yendo bien. Entiéndase “bien” como que, creo, ese inevitable colapso, esa ineludible esclavitud que parece que nos aguarda el próximo cuarto de siglo, ni es tan inevitable ni será tan ineludible. Entiéndase “bien” como que, creo, los malos ganarán, porque están ganando, pero solo ganarán un ratito; que la maldad nos golpeará y nos sacudirá y etcétera, etcétera, etcétera, pero se cansará de golpearnos y le golpearemos de vuelta; que el día menos pensado, Donald Trump se morirá de viejo o, al menos, estornudará en mal momento y le saldrá el peluquín volando; entonces ser el más poderoso del mundo no le valdrá de mucho. Tengo la sensación de que todo va a salir bien, de que cuando la IA se nos vuelva en contra estaremos rápidos, y tiraremos del cable y sacaremos el Trivial; de que todos esos frikis californianos volverán a jugar al Halo y nos dejarán a todos en paz; que ni Palantir ni p'atrás. Entiéndase mi optimismo como una manera muy alegre y muy honesta de no perder los estribos.

Ser pesimista solo vale para llevar razón. O para que al final te digan que algo no fue para tanto. Si yo mañana dijese: pasado mañana las noches serán un poquito más oscuras, un poquito más cada día, hasta el fin de los días, porque hay una cantidad inusitada de tinieblas campando a sus anchas, si dijera todo eso, seguramente llevaría razón. El pesimista acierta, estadísticamente, tres veces más. Por eso, enciendo la tele, o abro Twitter, porque siempre será Twitter, o leo lo que sube ese amigo que hace años que no veo a Instagram, y veo a un montón de gente que antes era muy maja estar podridos hasta los cimientos por la infección ultraderechista; contemplar estupefacto al sentido común devorando a sus hijos, arrancando de un bocado sus cabecitas y escupiéndolas a las profundidades de una fosa séptica, de la que emergen lobotomizados y rumiando maldades.

Por eso el optimismo hoy es una lucha más simbólica que otra cosa, pero no por ello deja de ser una de las pugnas más importantes; el optimismo es lo que nos hace ver los claros entre las nubes negras; es lo que nos hace creer que es posible el contraataque, porque lo es, y que a todo tercerreich le llega su Normandía. Además, la alternativa al optimismo es estar enfadado todo el rato, enfadado al levantarse y enfadado al acostarse, y enfadarse antes de las nueve de la mañana por cosas que uno no sabe ni qué son. Hay que odiar a gente nueva cada semana, porque los de la anterior o se han redimido o se han vuelto irrelevantes. No lo digo por consolarme, es que además es lo que ha pasado siempre. Todos los que aspiraron a la eternidad, todos sin excepción, han tenido a gente detrás escribiéndoles discursos sobre los mil años que les quedaban por delante y han acabado reducidos a cenizas. Los imperios duran lo que dura la paciencia del mundo por soportarlos y después lo estudian chavales de catorce años, desgana en mano, un miércoles por la tarde.

Supongo que asistir a un intento tras otro de suicidio de la civilización no es algo agradable de ver. Supongo que, en realidad, hay razones más que suficientes para tener miedo, para mirar tímidamente por la ventana justo antes de echar la cortina; de mirar los nubarrones oscuros cuando se ciernen sobre nosotros y tener claro que está por venir la tormenta del siglo. Puede que sea cierto; puede que estemos hoy más cerca que hace cincuenta años de un colapso civilizatorio; o de algo que no sea para tantísimo, pero que nos haga vivir peor, tristes y solos. Puede que el mundo se acabe mañana. No lo sé. Pero tengo la sensación de que, al final, todo va a ir bien, no porque tenga pruebas, y no porque tenga un plan; tengo la sensación de que, al final, todo va a ir bien, porque es la única forma que tengo de ser valiente ante lo que viene.