Cuando el sesgo de género da más miedo que Freddy Krueger
Acabo de leer ‘Famesick’, las trasgresoras memorias de la directora y actriz Lena Dunham, donde desgrana con todo lujo de detalles amoríos, rodajes y también su enfermedad. Dunham pasó doce días en el hospital antes de que le practicaran una histerectomía, es decir, antes de que le extirparan útero y cuello uterino. Durante ese tiempo, cuenta, se acostumbró a las exclamaciones de compasión de enfermeras, médicos o nutricionistas. Solo tenía 31 años cuando la operaron, pero dejar de vivir con el dolor de su endometriosis era prioritario para ella. Un dolor parecido a recibir “un disparo en la entrepierna”, un dolor profundamente incapacitante.
Conseguir un diagnóstico de endometriosis sigue siendo una odisea para muchas mujeres. Un estudio internacional situó la demora media en el diagnóstico en 6,8 años, aunque con diferencias entre países. Una odisea que, casi siempre, se palia con algún medicamento hormonal como la píldora anticonceptiva, una especie de aloe vera farmacológico de los problemas femeninos. ¿Te duele la regla? Aquí tienes la píldora. ¿Sangras demasiado? La píldora. ¿Regla irregular? La píldora. ¿Endometriosis? Probemos con la píldora. Si algún día se te acumula cal en el lavavajillas, mira a ver si la píldora también te vale. Todavía hoy seguimos sin conocer del todo las causas de la endometriosis ni disponemos de una cura definitiva. Y esa ignorancia científica viene dada por el hecho de que durante mucho tiempo la medicina ha conocido peor el cuerpo de las mujeres porque ha estudiado mejor el de los hombres. Así de sencillo.
Poco antes de las memorias de Dunham había leído también Mujeres invisibles para la medicina. Desvelando nuestra salud (Capitán Swing), el libro de la médica y política Carme Valls-Llobet en el que desgrana cómo la investigación y la práctica médica han tomado al hombre como modelo, y de ahí las diferencias en diagnóstico y tratamiento o la infravaloración de síntomas femeninos. Sobre esto último, durante siglos el dolor femenino mantuvo (y todavía mantiene) una sospechosa proximidad semántica con palabras como nervios, ansiedad, exageración o fragilidad. No solo en enfermedades ginecológicas, un cuadro que en un hombre despierta inmediatamente la sospecha de un problema coronario puede confundirse en una mujer con ansiedad, estrés o un ataque de pánico.
Como también explica Valls-Llobet, durante décadas las mujeres estuvieron infrarrepresentadas en ensayos clínicos, y el sesgo comenzaba incluso en la investigación preclínica, donde se utilizaban preferentemente animales machos y células de sexo masculino. Básicamente, no se estudiaba del mismo modo nuestros cuerpos.
En 2023, la revista BMJ Sexual & Reproductive Health publicó un estudio en el que se comparara la capacidad de absorción de tampones, compresas, copas, discos y ropa interior menstrual. Las investigadoras utilizaron concentrados de glóbulos rojos humanos, varias unidades de sangre O+ que ya no podían utilizarse para pacientes. El estudio parece normalísimo, ¿verdad? Pues es que las propias investigadoras explicaron que hasta entonces no existía ningún estudio publicado que hubiera comparado la capacidad de los productos menstruales utilizando sangre. Ni un solo. No es una broma.
Me acordé de todo esto después de que elDiario.es se hiciese eco de que la Agencia Española de Nutrición publicó un informe sobre mujeres con menopausia con datos obtenidos en hombres que carecen de rigor científico, según denunciaron varias investigadoras de la Asociación de Mujeres Investigadores y Tecnólogas. Pero, ojo, no podemos decir que todavía existe “sesgo de género” en la medicina y la ciencia porque en cuanto aparece la expresión “sesgo de género” empieza a sonar el organillo del Fantasma de la Ópera y algunos y algunas dejan de discutir los datos científicos y comienzan a escandalizarse por el supuesto uso militante de las palabras.
A mí me encantaría que las mujeres y las niñas tuviésemos más interés en aprender y comprender el funcionamiento de nuestros cuerpos, no solo en temas ginecológicos. Pero, para eso, también tendrían que empezar a escucharse mejor nuestros cuerpos y nuestros síntomas, que seguro que en este momento hay alguna mujer intentando convencer a alguien de que ese dolor que siente es real y no está en su cabeza.