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La universidad como aplicación

12 de agosto de 2026 23:21 h

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Acaba de publicarse en Estados Unidos un libro singular en el que Theo Baker, todavía estudiante, escribe sobre la universidad en la que estudia, la Universidad de Stanford. El antropólogo Arjun Appadurai, al hacer una reseña del libro propone la imagen de la universidad convertida en aplicación como resumen de lo que explica Baker. No estaríamos hablando de una institución con fines propios que poco a poco se ha ido desviando, sino un dispositivo cuidadosamente diseñado por el cual el decisor real de la institución es externo. Silicon Valley toca la pantalla y Stanford responde.

La metáfora incomoda porque por un lado invierte lo que dábamos por supuesto. En la idea humboldtiana clásica, la universidad es una comunidad relativamente autónoma orientada al conocimiento y a la formación de personas. En la narración crítica de Baker, los estudiantes no son miembros de esa comunidad sino su producto seleccionado, y el valor educativo queda subordinado a la idea de la institución en función de incubadora. Según relata Baker, los fondos de capital riesgo reclutan a estudiantes de primer y segundo curso porque creen que las cualidades que buscan ya las tienen esos estudiantes y que más bien lo que ocurrirá es que la universidad provocará su deterioro. Lo que dicen es que apuestan por el jinete y no por el caballo, ofreciendo así contratos y fondos a chavales que aún no tienen ninguna idea técnica concreta.

La asunción que hay detrás de esa perspectiva y forma de actuar es potente, ya que se infiere que el valor no se adquiere aprendiendo, sino que viene de fábrica antes de cualquier aprendizaje. Uno es o no es. Los años de estudio, el título que consigues, se tornan irrelevantes. En el entorno digital experimental la función educativa sería marginal. El último informe de la OCDE apunta a un aumento de las dificultades de los jóvenes graduados para encontra empleo y, en parte, lo relaciona con la generalización de la IA.

De esa lógica se desprende todo lo demás. El episodio central del libro es la investigación que el mismo Baker condujo, desde el periódico estudiantil de la propia universidad, sobre los presuntos fraudes científicos del entonces presidente de la Universidad de Stanford, que acabó dimitiendo en 2023. Durante años, colegas, donantes y editores de revistas habrían contribuido a amortiguar las acusaciones de fraude y manipulación de artículos científicos del presidente, no por maldad sino por qué proteger la marca resultaba más rentable que acreditar que el dato fuera cierto o no.

Hay una capa más oscura, que aún no está clara pero que sin duda conviene manejar con cuidado. Appadurai ve en el libro la posibilidad de que Stanford acabe concibiéndose como un laboratorio el el que seleccionar y criar a una camada de jóvenes talentos que después producirán las herramientas biomédicas y genéticas que refuercen el dominio de la clase de la que salieron y, conectándolo con figuras como Thiel o Altman lanza una pregunta incómoda, ¿pasaremos de la “meritocracia” a una especie de “clonocracia”? Tomada al pie de la letra, la analogía resulta excesiva, pero con la que está cayendo es difícil de quitársela de encima.

Más allá de ello, conviene resistir la tentación de extender el diagnóstico sin matices. Stanford es un caso extremo, no un promedio de lo que ocurre en las universidades. Su fusión geográfica y estructural con un ecosistema de capital riesgo hiperconcentrado no se reproduce en ningún otro sitio con esa intensidad. El propio Appadurai recuerda que la mayoría de las universidades en Estados Unidos, son más bien el lugar en el que un ejército de aspirantes sirve de telón de fondo a los pocos elegidos. Y, como contraste, resulta significativo que instituciones igualmente técnicas, como el MIT o Caltech, cultiven con esmero sus humanidades y ciencias sociales como un seguro reputacional y diferenciador.

¿Y Europa? Aquí hace falta una cautela doble, para no caer ni en el esencialismo ni en la autocomplacencia. Las diferencias estructurales son reales. La financiación europea sigue siendo mayoritariamente pública, lo que mantiene a la universidad dentro de una lógica de bien común y no de fondo patrimonial y capital riesgo. La tradición continental conserva, por ahora, una finalidad formativa que no es fácil de reducir a una mera incubadora. Y el acceso relativamente amplio choca con la ultraselectividad que hace posible esa especie de invernadero que describe Baker. No es fácil generar una élite cerrada en una universidad que matricula a decenas de miles de personas, pero ya hay aquí quién lo intenta en los nuevos centros privados que algunas comunidades autónomas promueven entusiásticamente.

Lo que sin duda está viajando con facilidad no es el modelo, sino su relato. Europa ha ido importando, en versión diluida, el lenguaje del nuevo gerencialismo, la competición por los rankings, la “universidad emprendedora” o la evaluación por indicadores muy espcíficos. No tenemos un Silicon Valley fundido con un campus, pero hemos adoptado buena parte del software de gestión que presupone, sin disponer de ella. El verdadero problema de la patología europea no es la captura por el exceso de capital, sino la mímesis de una lógica que da por sentadas unas condiciones que no tenemos. Se pide a nuestras universidades que compitan con las mejores del mundo en el idioma de la excelencia y la transferencia, y se les pide que rindan cuentas en cada casilla, que se internacionalicen, que innoven. Pero la financiación no está a la altura. La distancia entre lo que se pide a la universidad y lo que se le da es el núcleo del asunto.

Frente a esa deriva vale la pena recordar que la universidad no puede limitarse a ser una aplicación de selección. No es un dispositivo que alguien, desde fuera, activa con un gesto en la pantalla. O es una infraestructura pública y democrática orientada al conocimiento y a la formación de ciudadanos, o acabará no entendiendose bien cual es su función y para qué la sostenemos entre todos.