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Los vampiros del duelo

29 de octubre de 2026 22:30 h

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Hace tiempo me inventé el término pesamí para describir esa tendencia a dar un pésame en el que la persona portadora de la condolencia se muestra más protagonista que el propio fallecido, especialmente cuando el fallecido en cuestión es un famoso. Está el pesamí de proximidad, que consiste en aclarar que uno conoció al fallecido, aunque la relación se limitara a un saludo fugaz o alguna mínima interacción. Está el pesamí geográfico, que irrumpe tras cualquier catástrofe, accidente o desgracia para comunicar que uno estuvo en ese lugar hace dos días, una semana, un mes, que pasó por allí el verano pasado o que tenía pensado ir el próximo puente. Y está el pesamí del casi: “Estuve a punto de irme de vacaciones a Japón en la fecha del terremoto, pero al final cambiamos de destino”, que convierte una tragedia en el relato de una salvación particular. 

En todos los casos el mecanismo es el mismo. La anécdota no sirve para iluminar la vida de quien ha muerto ni para dar la medida de lo brutal que ha sido una tragedia o un accidente, sino para demostrar que uno estuvo lo bastante cerca como para merecer un pequeño espacio en ella. 

Personalizar una tragedia es profundamente humano, y a menudo es la única manera de entenderla porque ls cifras son abstractas, pero los lugares y las coincidencias las vuelven concretas. Todos hemos cogido algún tren en los últimos meses, si no en los últimos días. Todos hemos sufrido alguna avería en alguno de ellos, a todos se nos ha quedado alguna vez parado en mitad de la vía, y casi todos hemos hecho alguna vez el trayecto en el que se produjo el accidente o conocemos a alguien que lo hace habitualmente. Es inevitable pensar que podríamos haber estado allí, que una decisión trivial, un billete comprado para otra hora o un cambio de planes de última hora podría haber situado nuestra vida en el lugar de la de cualquiera de las víctimas. 

Esto nos obliga a mirar de frente nuestra propia fragilidad y a pedir explicaciones y responsabilidades políticas, no solo individuales a un operario. Pero cuando se convierte en una representación pública, reiterada y casi competitiva de la propia conmoción, se convierte en otra cosa. Cuando parece imprescindible demostrar cuánto nos afecta, explicar dónde estábamos cuando nos enteramos, recordar que habíamos cogido ese mismo tren dos semanas antes, entonces la empatía empieza a parecerse a una forma de vampirismo emocional que se alimenta del dolor ajeno. 

En el fondo, es un problema de atención. De quererla y, sobre todo, de necesitarla. Las redes sociales han convertido el duelo en una suerte de género, con sus fórmulas, sus plantillas y su recompensa en forma de likes. Basta con asomarse a las cuentas de cualquier influencer tras una desgracia para reconocer una gramática bastante precisa del lamento. Y en esa obligación permanente de tener algo que decir, algunos acaban confundiendo la pena o la identificación con el exhibicionismo emocional. Todos nos sentimos afectados e interpelados por el accidente de trenes, pero no todos ocupamos el mismo lugar en la tragedia. El protagonismo, el dolor y el duelo pertenecen a las víctimas, a sus familiares y a sus amigos.