Viva España, carajo
En los últimos años, quizá desde que la crisis de 2008 dio al traste con el mundo que conocíamos, ha ido calando en la sociedad española la percepción de que todo va cada vez peor. Que las últimas décadas del siglo XX fueron las mejores de la historia y ahora vivimos alguna especie de regresión.
Si tú eres de los que piensan que es así, déjame darte algunos datos que te convencerán de lo contrario. En los últimos 25 años, la esperanza de vida al nacer ha crecido en 9 años en todo el mundo, 4 años en España, la mortalidad infantil se ha reducido a la mitad y sigue marcando mínimos históricos, la pobreza extrema es un tercio de lo que era en el año 2000, la alfabetización ha pasado del 80% de la población mundial al 88%, el porcentaje de la población mundial que tiene acceso a la electricidad ha pasado del 78% al 92% y si en 2000 el 20% de los niños del mundo no estaban en insertos en el sistema educativo, hoy son la mitad.
Incluso si atendemos a la desigualdad, que es una de las cosas que más preocupan, según los datos del World Inequality Lab que lidera Thomas Piketty resulta que en muchos países también ha disminuido. Por ejemplo, en España, el porcentaje de riqueza que acumula el 10% se mantiene estable (en el 57,3%) y el del 1% más rico de la población se ha reducido mínimamente (del 24,6% al 24,1%).
¿Entonces por qué tenemos esta permanente sensación de crisis y de peligro?
En mi opinión, lo que le ocurre al mundo contemporáneo no es que sea peor, sino que es más difícil. Vivimos en una realidad cada vez más compleja y más exigente, donde los acontecimientos extraordinarios se han vuelto ordinarios y hace falta mucha más inteligencia —y mucha más cooperación— para estar a la altura. Basta echar la vista atrás para verlo: en los mismos 25 años en que las condiciones materiales de vida han mejorado sin lugar a dudas, hemos vivido el ataque a las Torres Gemelas y la oleada de atentados que vino a continuación, las guerras de Afganistán e Irak, la mayor crisis financiera desde 1929, la primavera árabe y la guerra de Siria, el Brexit, la aparición de los populismos, una pandemia global, la invasión de Ucrania, el genocidio en Palestina y una serie de desastres naturales que pronto tendremos que dejar de llamar excepcionales. Por el camino, las instituciones que debían servir de amortiguador frente a la incertidumbre muestran evidentes síntomas de agotamiento y el resultado es un mundo donde cada vez hay más gente asustada.
En esta tesitura, el eje de la política está virando. Mientras las ideologías clásicas que habían ordenado la sociedad en el siglo XX se desvanecen, vemos emerger los dos grandes bandos de nuestro tiempo. En uno están quienes creen —creemos-– que los seres humanos somos una especie con una creatividad y una capacidad de adaptación extraordinarias y que podemos enfrentarnos a los acontecimientos que están por venir como hemos demostrado en incontables ocasiones; y del otro están quienes insisten en que el mundo es hoy un juego de suma cero, donde los recursos son cada vez más limitados –por más que esto sea falso, como hemos visto– y la única opción que nos queda es la de sacarnos los ojos los unos a los otros por lo que quede.
Todas las refriegas políticas del momento —la vivienda, la inmigración, la igualdad de género, las pensiones— son la misma pelea entre los mismos dos bandos: uno que propone que, si nos lo proponemos, existe una solución mejor para todos y otro que propone que esto es una guerra y lo que toca es defender lo que tenemos con uñas y dientes.
En Ceuta, estos días, vemos otra vez el mismo debate. De una parte, un montón de aprovechados a los que se les debería caer la cara de vergüenza. Hombres de traje y corbata que después de hablar de “invasión” y de hacernos creer a todos que estamos en peligro, ahora se niegan a acoger a un millar de niños solos.
Hagamos las cuentas también de esto. Mil niños en un país de 49 millones de habitantes son el 0,002% de la población: un niño por cada 49.000 personas, uno por cada ocho municipios de España. Repartidos por el sistema educativo, que escolariza a más de ocho millones de alumnos, serían un pupitre más por cada ocho mil. El año pasado, más de 140.000 españoles hicieron las maletas y se marcharon del país — es decir, cada dos días y medio se va de España la misma cantidad de gente que ahora mismo “no cabe”. No hay ningún problema de capacidad. Hay una escenificación: la farsa de la escasez, representada con niños de atrezo.
Al otro lado de esta farsa, afortunadamente, están los españoles que buscan soluciones a los problemas que se encuentran: guardias civiles rescatando bebés del mar, militares abrazando a niños aterrados en la playa, grupos de gente echando a los agitadores populistas de Ceuta, voluntarios dando de comer a las personas que habían cruzado la frontera engañadas, personas comprando comida por encargo en el Mercadona más cercano porque a quienes habían cruzado la frontera no les dejaban entrar. Detrás, toda una estructura social que nos ha permitido, una vez más, superar una crisis sobrevenida en un tiempo récord y con una actitud de país ejemplar. Y además, darle una lección a Europa.
No es la primera vez. Hoy podemos decir que es una constante. Todas y cada una de las veces que este país se ha encontrado con una emergencia —como en el COVID, en el apagón, en la dana de Valencia, en los incendios de las pasadas semanas y ahora, en Ceuta— ha demostrado ser una sociedad extraordinaria: valiente, acogedora, resolutiva, preparada y capaz.
Viva España, carajo. Y vivan los españoles.