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¿En qué nos estamos convirtiendo?

Mariana Collado

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Me despierto con alarma aunque sea mi día libre. Miro el reloj para comprobar si he dormido al menos 6 horas, y me levanto de un salto, para que, antes de que se vaya el sol, me dé tiempo a “vivir”.

Quiero meditar, desayunar, leer, beber dos cafés porque si no, no aguanto; estudiar, aprender algo nuevo, tomar el sol, aprender un idioma. También quiero caminar, quiero entrenar, tengo que hacer la comida, la cena. Quiero ordenar y limpiar la casa, ir a comprar para preparar esa receta que vi en Instagram. Y un largo etcétera.

Creo que me despierto más para “hacer” que para “vivir”. ¿En qué nos estamos convirtiendo?

Ya no nos sentamos a mirar el cielo y buscar figuras en las nubes, porque ahora preferimos mirar hacia abajo, para “aprovechar el tiempo”. Le escribimos a ese amigo al que no le hemos hecho hueco, evitando llamarlo porque sabemos que la llamada se alargaría, y entonces no nos daría tiempo de ir a esa clase de pádel a la que nos apuntamos “por probar un deporte nuevo, ya que tenía una hora libre”. Porque ya no nos basta con un solo deporte: ahora el más aburrido practica tres.

O quizás “aprovechamos el tiempo” leyendo un libro que nos enseñe algo, lo que sea, todo nos vale, porque ya no leemos lo que nos interesa, sino porque tenemos que ser mejores que el de al lado: más listos, más cultos, con más dinero, con mejores oportunidades.

Ya no nos damos esos paseos lentos, de los que te dejan apreciar cada mínimo detalle a tu alrededor, de esos en los que te paras a acariciar un perro o a hablar con tu vecino. Ahora hacemos paseos de 30 minutos, de 1 hora, o mejor dicho, de 10.000 pasos, porque hay que cumplir con los pasos diarios, no vaya a ser que nos quedemos en 9.999 y nos sintamos obligados a dar uno más.

Y luego están los que ya ni pasean, porque prefieren correr: así terminan antes y “aprovechan el tiempo”.

Nuestra familia ya no es prioridad, porque antes de ir a verlos tenemos mil cosas que hacer, “que si no, nadie las hace por mí”.

Ya no llamamos a nuestras abuelas para preguntarles una receta y quedarnos charlando sobre su juventud; ahora simplemente abrimos una aplicación que nos da la respuesta exacta que pedimos, aunque no la haga con amor.

Las sobremesas se acortan porque “no me dan las horas del día”.

Hemos convertido el entrenar en una obligación, porque ya no basta con ir: hay que darlo todo en cada sesión. “¿Qué tipo de persona soy si no lo hago?”

Tengo que entrenar 6 días a la semana porque debo demostrarle a mi familia, a mis amigos, a conocidos y no tan conocidos, al mundo entero, lo “disciplinada” que soy, la “fuerza de voluntad” que tengo. Todo para poder enseñar en redes sociales mi “cuerpo trabajado”, mi “cuerpo saludable”, aunque tenga problemas hormonales. Y, por supuesto, sentirme orgullosa porque mi disciplina ha conseguido un “like” tuyo.

¿En qué nos estamos convirtiendo? Si ya no nos despertamos para vivir, sino para producir.