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La España que necesitamos

Roberto Montoto

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Se dice que en situaciones extremas sale a relucir la verdadera naturaleza de las personas. Ahora mismo nos encontramos inmersos en uno de los momentos más convulsos y dramáticos de toda nuestra historia como sujetos individuales, como pueblo y como seres humanos. Y afortunada o desafortunadamente, nosotros, los ciudadanos que nos expresamos, opinamos, criticamos y desahogamos nuestras frustraciones en las redes, no tenemos la responsabilidad política de actuar, ni de decidir sobre la aplicación de medidas de tan extraordinaria trascendencia como las que se están adoptando.

Sin embargo, como sociedad sí que nos corresponde un deber de una importancia capital: el de mantener la lealtad, el civismo y la integridad para con nosotros mismos y el conjunto del país. Debemos hacer autocrítica. La opinión y la reflexión siempre tienen cabida en democracia, pero el ataque indiscriminado y el reproche tienen su momento, y este, desde luego, no lo es.

No es el tiempo del oportunismo, ni de las recriminaciones, ni de la confrontación política. No es el momento de las fake news, ni de la manipulación informativa, ni de las actitudes carroñeras. Seguramente no se ha actuado con la presteza y con la eficacia que requería la situación, y así se ha podido comprobar con la descomunal ventaja de la posteridad, pero el error, si es de buena fe, merece comprensión. La situación merece comprensión.

No ha habido nunca un momento mejor para demostrar espíritu de Estado, unión y responsabilidad, pero nuestros representantes no han sabido estar a la altura. Y no se trata de una cuestión de izquierda, de derecha o de centro, esto no va de política, sino de moralidad y de decencia. El ego no tiene cabida estos días, y la reivindicación política, frívola y sin sentido, no tiene ahora mismo ninguna otra finalidad que no sea la de la reafirmación individual de las convicciones. La politización, el radicalismo y la cultura del odio pueden ser más peligrosos incluso que la propia pandemia.

Efectivamente, en situaciones extremas sale a relucir la verdadera naturaleza de las personas, y a pesar de los inevitables borrones de individualismo surgidos en el marco de la conciencia colectiva, la respuesta ha sido abrumadoramente positiva. El compromiso, la solidaridad y el cariño mostrados por la inmensa mayoría de los españoles sí que es motivo de orgullo y exaltación del patriotismo. Porque el patriotismo no es ondear una bandera, ni sentir un himno, ni celebrar un Mundial; el patriotismo es trabajar a destajo sin apenas recursos poniendo en riesgo la propia salud, el patriotismo es ayudar al prójimo, es pensar en el de lado antes que en uno mismo. Por eso yo me quedo con la nueva España de los balcones y no con la del reproche. Me quedo con la España que sale a aplaudir cada día a los profesionales que se dejan la piel, me quedo con la España del ingenio, de los memes, la España solidaria, comprometida y hermanada, la España del trabajador. Ese es el país del que debemos aprender y el que debe permanecer.