El nuevo agente naranja
Una revista judía norteamericana, Opinion, en su número de marzo de 1934, con el título de “A year of Hitler”, ya predecía el Holocausto. En una ilustración interior se observa como de un recipiente abierto, en el que figura el lema Race Hate (odio racial), escapa una multitud de insectos portando cada una su correspondiente esvástica en un largo viaje de Alemania a América en lo que se supone quiere representar la inminente expansión mundial del nazismo. La historia insiste con otros protagonistas.
Como afirmaba Don Hilarión, uno de los protagonistas de la conocida zarzuela La verbena de la Paloma, «los tiempos cambian que es una barbaridad». O no, según se mire. Israel, el estado de los descendientes de aquellas víctimas, se dedica ahora, bajo el gobierno de Nettanyahu, al holocausto del pueblo palestino. Al genocida israelí, como a su compinche, el infame Trump, no les mueve solo el odio racial que de nuevo se extiende por el mundo, sino también su ideología imperialista totalitaria y el insaciable afán de monopolio económico.
En la actualidad, las noticias vuelan, los genocidios se retransmiten en directo y mucho de lo que ocurre se prevé a pesar de las contradicciones del propio belicista, que lo mismo anuncia algo que lo contrario, y de su actividad neuronal —escasa, aunque convulsiva, y unidireccional—.
El Agente Naranja recibió el Premio de la Paz de la FIFA (la primera vez que se concede este invento), otorgado por el presidente de la cosa futbolera mundial, Gianni Infantino, en una acción impropia incluso si su apellido fuera un adjetivo colocado a propósito. El mismo matón, además, recogió el Nobel «en diferido, en forma efectivamente de simulación o lo que hubiera sido en diferido de lo que antes era un premio de verdad» (como lo explicaría Cospedal), entregado por la galardonada María Corina Machado en actitud genuflexa. En el entretanto, el mayor baladrón planetario, agranda el mapa de las guerras, de la destrucción y del hambre apoyado por Netanyahu. Y asegura que ya no le interesa el Nobel (mientras escribo estas líneas, porque quizá en unos minutos cambie de opinión).
La respuesta de Pedro Sánchez al ataque contra Irán, apelando al derecho internacional y negando el uso de las bases norteamericanas en Morón y Rota para la guerra ilegal, ha provocado la ira del matón que ha contestado con varios exabruptos y amenazas como que España es un socio terrible o una perdedora y asegura haber dado la orden de romper relaciones comerciales. El indecente multimillonario Elon Musk ya había afirmado que Pedro Sánchez es un traidor a su pueblo tras conocer las medidas para prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años y combatir los contenidos ilegales online y la desinformación.
Entre los múltiples lameculos del matón se ha colado Ursula Von der Leyen —ya estaba, pero quiere avanzar en la clasificación y colocarse en los primeros lugares, lo que está difícil ante tanto aspirante— con sus declaraciones en las que afirma que Europa «ya no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial», de un sistema «que ya se ha ido y no volverá». ¿Prefiere la guerra la presidenta de la Comisión Europea? Pues si no cree en los valores de la UE, lo que debe hacer es irse. Antonio Costa, presidente del Consejo de Europa le ha contestado con rotunda claridad que la libertad y los derechos humanos no pueden lograrse mediante bombas, así como que el orden internacional debe basarse en reglas y que el unilateralismo nunca es el camino para resolver los problemas mundiales. Ha advertido que «es vital que la UE hable con una sola voz para defender sus valores e intereses». Pedro Sánchez también responde: «El mundo está cambiando, pero los principios de Europa no deberían cambiar». Von der Layen se ha visto obligada a rectificar. La actitud valiente y, en mi opinión, adecuada de Sánchez contra la guerra ilegal desquicia también a la derecha extrema patriótica española, la cual, a pesar del uso de banderas rojigualdas hasta en la sopa, cuando llega la hora de la verdad prefiere la patria del yanqui que la propia. «Trumpadictos» y cipayos de la «fascioplutocracia».
Frente a tanto despropósito, agrupémonos todos por valores que debemos seguir defendiendo, contra este desorden mundial provocado, sin olvidar la lucha contra las desigualdades sociales y en favor de la diversidad y la tolerancia, por el diálogo, los derechos humanos, la justicia internacional y la paz.
¡No a la guerra, coño!