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¿Qué pasa en la Ertzaintza?

Alberto Letona

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Vi la semana pasada, unas escenas en el informativo que me produjeron tanta tristeza como amargura, más por su significado que por las consecuencias físicas que, afortunadamente y hasta el momento, han provocado. Las imágenes de un grupo de ertzainas aporreando y arrastrando por el suelo del aeropuerto de Loiu a familiares y amigos que habían ido a recibir a los activistas de la Global Sumud Flotilla fue de una violencia difícil de entender. Menos aún esperada, teniendo en cuenta el tratamiento bestial que los activistas de la Flotilla ya habían sufrido en su “secuestro” a manos de las Fuerzas de Seguridad Israelíes.

Creo, por lo que observé en las imágenes, que no todos los ertzainas actuaron de la misma manera. Hubo quien se empleó con brutalidad y hubo también quien se esforzó en intentar evitar la violencia gratuita. Pero lo que quedó claro del aborrecible retrato es que la actuación de la Ertzaintza fue lamentable. La angustia de muchos de los allí presentes era palpable. La palabra ertzaina, cuidador del pueblo, nunca tuvo tan poco sentido como el otro día. La imagen me retrotrajo a episodios de otros tiempos políticos.

Fuimos una mayoría, allá por los principios de los años 80, los que vivimos con alivio e ilusión la creación de una policía autónoma. Pensábamos entonces, en una policía cercana al ciudadano y titular de un currículum limpio de las fechorías con las que las Fuerzas de Seguridad del Estado, se conducían habitualmente en nuestro territorio. Librarse de aquellos elementos formados en un régimen dictatorial y dar cabida a nuevas promociones de ertzainas se nos antojaba uno de los mejores cimientos para forjar un futuro mejor o quizás, tan solo, menos convulso que al que estábamos acostumbrados. Pensábamos con una buena dosis de candidez, que la creación de la Ertzaintza ayudaría a encauzar el terrorismo de ETA.

Echo la vista atrás, y no puedo dejar de sentir una melancólica decepción. Si no todos, muchos de aquellos naipes se han caído del castillo. Han sido varios los factores que han minado nuestra ilusión primitiva. Entre otros, el propio terrorismo y su continuo hostigamiento social y físico. Me viene a la memoria el caso de Jon Ruiz Sagarna, abrasado en su coche por el lanzamiento de varios cócteles. Un 70% de su cuerpo sufrió las consecuencias de aquella crueldad.

La izquierda abertzale, por otra parte, tuvo siempre una actitud hostil hacia la Ertzaintza, a la que tildó de “zipayos”, comparándolos a los soldados indios reclutados por el colonialismo británico. Ahora, han cambiado de parecer e incluso animan a sus militantes a entrar en ella. Se han dado, por fin, cuenta de que si un día tienen que gobernar no les será fácil tener a todo el colectivo enfrentado a ellos.

Pero si algo ha marcado la historia de la Ertzaintza durante estas últimas décadas han sido sus sindicatos. La que fue la niña bonita del gobierno durante décadas y la mejor pagada de entre los Cuerpos de Seguridad del Estado está en permanente confrontación con sus responsables. En esta ocasión, los sindicatos mayoritarios han justificado la actuación de los agentes en Loiu y han criticado al consejero de Seguridad por su “ tibieza” al declarar que se estudiará la actuación de Loiu. La derechización de los planteamientos sindicales va en aumento. En los últimos años, un autodenominado movimiento asindical “Ertzainas en Lucha” se ha sumado a la división del colectivo y, según parece, ha arrastrado a muchos de los miembros de los sindicatos mayoritarios.

Las imágenes de Loiu han recorrido la esfera internacional con el consiguiente espanto y condena de los espectadores. Incluso el gobierno israelí en un ejercicio de cinismo sin parangón ha protestado por el trato a los amigos de los activistas. Alguien dijo que “se empieza bombardeando inocentes y se termina por no dar los buenos días a los vecinos”. En el caso de la Ertzaintza, el trayecto es inverso, se empieza por dirigir el tráfico amablemente y se acaba apaleando a un colectivo que lo único que pretendía era dar un cariñoso recibimiento a los suyos.

No me gustaría volver a ver y sufrir el modelo policial cruel y arbitrario de mi juventud, pero el autoritarismo, cuando el hostigamiento de antaño ya no existe, parece imponerse en un colectivo que nació con un modelo diferente y que ahora a muchos ciudadanos y ciudadanas vascas nos parece muy poco reconocible.